Café solo con lágrima

...las sirenas poseen un arma

mucho más terrible que el canto: su silencio.

Franz Kafka

 

Sucedió... dicen que sucedió... un verano de hace ya... bastantes años, en un pequeño pueblo costero cercano a la frontera, a última hora de la tarde, un jueves víspera de festivo... San... San Yanomeacuerdo. Aquel jueves los termómetros eran pequeños alambiques compitiendo por llegar al punto de ebullición. Los coches aparcados en las aceras se cocinaban lentamente al pil-pil. Desde lo alto de los tejados las tejas chorreaban rojo por las fachadas. Hasta las lagartijas se quedaban pegadas, derretidas como chicles sobre las tapias.

El bochorno y el viento de fuego habían arrastrado a la gente a la orilla de las playas, vaciando calles y tiendas. Los pocos turistas que osaron desafiar la ola de calor –cargados con absurdos souvenirs, cartones de tabaco, botellas de todo tipo de licores...– ya habían terminado de cruzar la aduana. Aquel atardecer abrasador solo unos pocos camioneros pasaron por la cafetería Salazar... llegaban sudorosos y jadeantes, con sus andares entumecidos recién apeados del camión, con sus miradas taciturnas de eternos exiliados, sus manos llenas de pequeños cortes y heridas, sus líneas de la vida ensombrecidas con tizne de neumático y grasa caliente de motor.

Hasta que poco antes de empezar a anochecer, justo en el momento en que se encendían las farolas, al fin estalló la tormenta.

No esperaba más clientes aquel día, así que Ignacio, hijo del dueño de la cafetería Salazar, había apagado el equipo de música, había terminado de limpiar el mostrador y ya se preparaba para cerrar... Todavía se entretuvo un rato admirando el fabuloso espectáculo de las cascadas de granizo incandescente, que sacaban humo al estrellarse contra la acera. Algunos truenos hacían tintinear al ejército de cucharillas y cruasanes en formación sobre las baldas del mostrador. A través de los ventanales del Salazar Ignacio podía contemplar los relámpagos que desde el cielo arponeaban con sus tridentes el lomo de cetáceo del monte Jaizkibel...

Pero entonces llegó una pareja. Un hombre y una mujer. Entraron como una tromba, sacudiéndose lluvia y granizo del pelo y las camisetas. Dejaron las bolsas que llevaban sobre una mesa. Ella esperó junto a las bolsas, el hombre se acercó hasta el mostrador. Pidió un whisky. No había whisky, era una cafetería, como mucho una lata de cerveza. Pues "una latá bien fgiá de cegvezá" para él... y un café para ella. Ignacio sirvió la cerveza y el café y se puso a fregar unas tazas ya limpias.

El hombre y la mujer se sentaron uno a cada lado de la mesa donde habían apoyado las bolsas, frente a frente. Pero no se miraban. Hablaban en afilados susurros. Discutían. Desde el mostrador Ignacio no podía entender lo que decían; estaban demasiado lejos y su pobre francés tampoco daba para tanto.

Ignacio calculó que tendrían alrededor de 35 años; diez o doce más que él. El hombre era alto, rubio, musculoso, tenía la piel de la cara enrojecida por el sol y un ancla tatuada en su enorme brazo. Ella era pequeña, de formas suaves, su pelo color de otoño –a juego con sus ojos– estaba engalanado con perlas de granizo, y su piel mojada era tan blanca que brillaba; tenía una cicatriz con forma de luna en cuarto creciente junto al labio... (una cicatriz como la que un día de pesca se hizo su hermano Santiago en la pantorrilla, por culpa de un anzuelo...) con cicatriz y todo aquella mujer era tan bonita... tan condenadamente bonita... como una sirena.

Ignacio pensó que si esa mujer le pidiera dejarlo todo y marcharse con ella no lo dudaría, le diría "sí", oui, "amor mío", mon amour... dejaría la cafetería en la que su padre le obligaba a trabajar en verano para pagarse la carrera de empresariales, y no le importaría mandar a paseo también la carrera. Se enfrentaría a la tormenta de ahí afuera, a todas las tormentas del mundo, y en compañía de su sirena francesa surcaría los mares verdes del Norte, los cielos azules del Sur, a bordo de ese velero que tantas veces ha armado en los astilleros de su imaginación... y navegar, para siempre navegar... con la camisa abierta y el nombre de su sirena tatuado en el pecho...

De pronto el hombre pronunció una palabra fea –hay pocas palabras feas en francés, pero aquella fue una de ellas–, se levantó de golpe y a grandes zancadas se largó. Ignacio vio cómo una lágrima comenzaba a brotar en el borde de uno de los ojos de la mujer. La lágrima fue creciendo… hasta que rebosó su pozo, bajó por la mejilla, se encauzó como en un tobogán por la cicatriz con forma de luna creciente del labio, colgó un momento aferrada a la barbilla y finalmente saltó plib al vacío… convertida en diamante... para caer a morir plob dentro de la taza de café.

Al rato, sin terminar el café, ella también se levantó, y sin decir adiós au revoir a nadie se marchó.

Ignacio se secó las manos, salió del mostrador y, despacio para no hacer mucho ruido, bajó las persianas metálicas de la cafetería. Al pasar junto a la mesa en la que la pareja había estado se demoró un rato. Aún gravitaba un leve perfume a salitre, a océano; era el olor de la sirena. Entonces Ignacio tomó la taza sin terminar, donde ella había vertido su lágrima, y con los ojos cerrados bebió... café solo, con lágrima.

Pasaron los años. Bastantes años. Ignacio terminó la carrera de empresariales. Su padre se jubiló y él se quedó a cargo de la cafetería Salazar. El negocio iba bien; hasta se pudo comprar un pequeño velero con el que los fines de semana salía a navegar en solitario por la bahía. Dejó de fumar. Engordó unos kilos. Volvió a fumar, en pipa. Adelgazó. Se dejó barba, rojiza y algo arremolinada. Empezó a utilizar gafas para leer (leía mucho, sobre todo libros de marinería). Las primeras canas ya habían comenzado a esbozar unas pinceladas de nieve en su pelo... pero todas las noches, antes de cerrar la cafetería, Ignacio se quedaba mirando hacia la puerta, como hechizado, esperando ver entrar a aquella imposible mujer con perlas de granizo en el pelo, aquella sirena con la cicatriz de luna en cuarto creciente sobre el labio... y después de bajar las persianas, despacio para no hacer mucho ruido, Ignacio se tomaba un café solo, con lágrima...

Hasta que hace un par de semanas, una noche de viernes, a punto de cerrar la cafetería, sobre el eco de la tormenta de verano a Ignacio le pareció escuchar una melodía que creía ya olvidada... La canción no provenía del equipo de música porque acababa de apagarlo... Era una pálida voz de mujer... que desde la caracola de su memoria le cantaba suavemente, en francés...

Entonces Ignacio suspiró, apuró de un trago su café solo y apagó para siempre las luces de la cafetería Salazar.

La última vez que lo vieron iba silbando, ligero y sonriente, camino del puerto.

 

Victoriano Alcalde Azcune