Campo de retamas

Enviado por maestresala el Mar, 21/07/2015 - 16:47

Lo más sospechoso de las soluciones es que se las encuentra siempre que se quiere.

La verdad de la patria son los himnos: todos son canciones de guerra.

No sé porque la palabra oscurantismo suena tan peyorativa; a oscurantista me apuntaba yo ahora mismo la mar de contento.

La política es una ficción lúdica indiferenciada que llena el contenido del agón exactamente igual con la guerra y con el futbol.

No voy a decir que a mí no me duelen prendas porque no necesita regalo alguno por mi parte, se basta y sobra [Ortega] con su propio talento para acertar meridiana y generosamente con Cervantes, como cuando, escribiendo a Unamuno, dice:"Cervantes simpatiza con todo. No es que Cervantes haya vivido mucho, sino que ha sufrido y no le guarda rencor a nadie".

Lo malo de los viejos es que ya no cambiamos de opinión. Por eso hay que prestar mucha atención a con qué pensamientos se jubila uno a los setenta y cinco años, porque ésa va a ser su renta hasta el fin de sus días.

Esto que llamamos España no tiene posible definición ni descripción. Es, como decía categóricamente don Jacinto, una pieza de museo.

Los que somos llorones sabemos mucho de la extraordinaria superficialidad de las emociones.

Prefiero la leal desconfianza del clásico "Caueat emptor" a la desleal zalamería de "El cliente siempre tiene la razón".

La diligente cerrazón del alma racional no ha dejado de esmerarse en acuñar a la letra sus fórmulas litúrgicas: verdades como puños,  a machamartillo, a rajatabla.

Aumenta cada vez más la tendencia a decir el planeta, en sustitución de la expresión el mundo. Es que notan, o adivinan sin  pensarlo, que el mundo está tan tremendamente desgastado sin duda por el acelerado e incomensurable aumento de los viajes, las comunicaciones, las contrucciones que siempre comportan cimientos y, por lo tanto, erosión, corrosión del suelo, que casi no queda ya más que su soporte astronómico, su desnudo, que es propiamente el planeta.

Las únicas novedades de la cultura actual parece que no son ya más que los aniversarios.

La justicia moderna reverbera la antigua venganza, porque la culpa ya no parece ser el daño, sino la impunidad.

El marcado sentimentalismo anglosajón surge de la necesidad de una esperanza concebida como fidelidad y se esfuerza constantemente por guardarla; la desazón española no ha conocido nunca la esperanza, en su lugar pone una aceptación rencorosa.

Los días felices los pone allí el recuerdo. Por eso son tan tristes.

 

Campos de retamas. Pecios reunidos. Rafael Sánchez Ferlosio

 

El diccionario de María Moliner define pecio como resto de una nave naufragada o de lo que iba en ella. Al llamar así a sus apuntes breves, Rafael Sánchez Ferlosio parece sugerir que, lejos de aspirar a la sentenciosa lapidariedad de los aforismos, estos textos testimonian más bien los naufragios de una voluntad que -por inconstancia, pereza, impotencia, o simplemente por una recalcitrante desconfianza hacia la estúpida arrogancia del convencimiento- ha desistido del esfuerzo superior de perseguir un razonamiento hasta sus últimas consecuencias, conformándose con su sola silueta, su simple amago o fragmento. Los pecios no obedecen a una fórmula homogénea: mezclan reflexiones, esbozos ensayísticos, recuerdos, comentarios, epigramas, donaires, apólogos, poemas... Ingrávidos por naturaleza, permiten adentrarse sin dificultad en las principales obsesiones de Ferlosio, desplegándose en una panoplia de registros que va del humor al lirismo, de la indignación a la ironía, de lo concluyente a lo especulativo.. El más inmediato reproche que al lector impaciente se le viene a las mientes ante la mayoría de los artículos y ensayos de Rafael Sánchez Ferlosio es el de la prolijidad... Pero en ocasiones Ferlosio también sabe ser voluntaria y hasta voluntariosamente breve. Son estos comprimidos de su maestría -que él suele llamar pecios- lo que algunos de sus lectores impacientes pero devotos preferimos de él.

Fernando Savater

 

Rafael Sánchez Ferlosio sigue fiel a sí mismo, que es como decir fiel a un instinto de la lengua como no se ha conocido otro (salvo el de Ortega) en el español del siglo XX. Por instinto de la lengua quiero decir que no hay cosa más importante en este género por él inventado, el «pecio», que escudriñar lo que cada palabra esconde, darle la vuelta, verla por dentro, hallar la huella de la ideología, que es lo que a Sánchez Ferlosio parece importarle por encima de todo.

Desde que escribió su libro de ensayo fundamental, Las semanas del jardín, y empeñado como está en negar la evidencia de que El Jarama es mucho más que la invención de José María Castellet o de los manuales de literatura, Sánchez Ferlosio sigue, entre atrabiliario y genial, dando importancia suma a lo que parece no tenerla. Por ejemplo, estos pecios son un homenaje a una especie antigua y a punto de extinguirse: el lector de varios periódicos al día.

Singularmente son artículos de ABC y El País los que le sirven como campo de pruebas; le proporcionan el corpus de donde principalmente nace cada pecio. Esos giros de lenguaje, esa acepción de un vocablo, aquella afirmación dicha como de pasada por este articulista o aquel reportero: cosas en las que pocos se detienen pero que tienen en Ferlosio un agudo detector deideologemas, como si las palabras que decimos fuesen ventanas privilegiadas por las que asomarse a lo que la religión, la política, el deporte, el periodismo, la moda, han ido modelando hasta hacernos ser los que somos.

Me parece que Antonio Machado –mejor dicho, su álter ego, Juan de Mairena– es el personaje en el que Ferlosio podría reconocerse como en ningún otro. Pero no debemos olvidar el estatuto que Machado da a esa criatura suya: el de maestro de retórica, ciencia antigua y siempre nueva, porque de las que nos regaló el mundo grecolatino, ninguna otra ha permanecido tan necesaria e idéntica a como fue siempre, sin apenas cambio. Enseñaba la Retórica que somos lo que decimos y decimos lo que somos.

«Vendrán más años malos»

Detrás de una afirmación aparentemente inocente, en la trastienda de una apelación a un valor cualquiera, sea este la patria, la razón, el progreso, hay otro valor escondido, menos evidente, que Ferlosio desmonta. Su desmontaje tiene el sesgo, humilde solo en apariencia, de hacer ver las paradojas del buen sentido, como si la doxa, el aparato del sentido común, anduviera necesitado de aceite reparador.

Hasta ahora los pecios de Ferlosio habían venido adheridos a otros ensayos suyos, como el memorable Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1994), título que ahora descubrimos fue verso de un poema suyo. Esta edición, depurada revisión de sus pecios completos, informa de muchas cosas, trae novedades sustanciosas. Por ejemplo, que abra el libro un poema de su hija Marta Sánchez Martín, titulado «In memoriam», de la que hasta ahora sabíamos casi solo por las emocionadas y contenidas páginas que su madre, Martín Gaite, le había dedicado en los Cuadernos de todo. También informa de la importancia creciente que ha ido teniendo la filosofía extraterritorial de los que, como Hannah Arendt o Walter Benjamin, eran sobre todo creadores, escritores. El verdadero pensamiento (Ferlosio aborrecerá de este sintagma) lleva siempre a la literatura

Hace preceder cada pecio de algún lema o motivo medular, como «Ojo conmigo», que advierte sobre su propia condición de gruñón sabelotodo, que nunca se ve satisfecho con nada, porque siempre sospecha, incluso de su propia profundidad. Este espíritu de la sospecha, profundamente nietzscheano, se edifica en la devoción por el mundo de la Filología. Los verdaderos espíritus de la sospecha en la nueva filosofía –Nietzsche, Barthes– construyeron la eficacia de su nervioso escalpelo en la retórica antigua.

No todos los pecios tienen la misma extensión. Algunos son breves aforismos que parecen sentencias, poemas o bien podrían haber heredado la forma de los apotegmas y lemas que se sitúan al pie de los emblemas barrocos. Otros, como los de la última parte del libro, tienen la extensión de un artículo.

Yo prefiero los breves, o al menos los que no superan la media página. La razón es que Ferlosio tiene tendencia, ya se vio en su novela El testimonio de Yarfoz, a una sintaxis contradictoria, llena de quiasmos, y estos son más eficaces y expresivos cuando se concentran y no se dispersan. Porque Ferlosio parece tener que doblegar su propio estilo. Lo hace. Hay una lucha con su propio lenguaje. Es consciente de que el estilo no es el hombre, sino el idioma. Los pecios son la herencia de un novelista que quiso dejar de serlo, consciente de que todo lenguaje es ficción y ningún género la atrapa por entero.

J. M. Pozuelo Yvancos