
En treinta años, en España, hemos pasado de los ejercicios espirituales en el colegio de curas al coaching empresarial (es decir, a los ejercicios espirituales del Gran Espíritu Capitalista). A muchos eso les parece un progreso indudable.
La religión se sustituye por tecnología, y la politica por marketing. El resultado es el degradado y degradante desastre que constituye nuestro presente.
Bulimia de mercancías, de sentidos, de experiencias, de músicas, de libros, de informaciones, de reuniones, de contactos, de emisiones televisivas, de instalaciones artísticas, de sensaciones, de emociones, de catástrofes; otra vez de mercancías, como la envolvente del conjunto, a prueba de fugas. Una sociedad tan enferma de bulimia que no logra siquiera imaginar a qué podría parecerse la salud.
Y así, estragados por el extravío y la saturación de estímulos, perdemos de vista los placeres básicos: contemplar. Caminar. Paladear. Hacer el amor. Aprender.
El disfrute de la vida es asunto de intensión, no de extensión.
Aprender a morir para aprender a vivir.