La tregua de un café

Enviado por maestresala el Vie, 24/01/2014 - 23:24

"¿Qué sería de uno sin sus diez o doce horitas de café?" Se lo decían a Cañabate en su tertulia del madrileño Lyon D'Or. Eran otros tiempos. concretamente, era el final de una época en la que la vida espiritual del país se escribía con cercos de café sobre el mármol de un velador gastado. La España urbana fue durante décadas un enorme café mal ventilado, un paisaje de poetas, limpiabotas, tabaco y sabañones. Por la calle, guardias y tranvías. Y Ortega en la mesa del fondo pidiendo recado de escribir para tumbar un ministerio, un gobierno, un reinado, lo que tocase esa semana. Bastaba medio folio en llamas antes de recoger el abrigo y salir para los toros.
De todo aquello no queda nada, excepto quizás la certeza colectiva de que en la mesa de un café uno puede estar un rato a salvo. Mantenemos como tribu una notabilísima confianza en las virtudes reparadoras, dialécticas, inspiradoras del café. Quién no se ha refugiado en uno para detenerse un momento en esos días frenéticos y decisivos, para tratar de encontrar allí un poco de calma y claridad, para planear cómo dar el siguiente paso o simplmente olvidarse de todo. Y no deja de ser curioso que, en la época de las comunicacioness instantáneas, al encontrarnos con un amigo de un modo inesperado, todavía expresemos la necesidad insustituible de  quedar, cuanto antes, para "tomar un café".
Ocurre porque los cafés continúan siendo puertos favorables en el océano de tensión que es la ciudad. Cierto que la modernidad ha ido transformando los viejos locales en franquicias escasas de alma y que cada vez cuesta más encontrar un café, un bar, una taberna en la que no haya  alguien emponzoñando el ambiente con un teléfono y una conversación amplificadamente inane. Pero también es cierto que uno entra en un  café y consigue que el tiempo se detenga y se suavice, que se decrete una tregua de calma en el breve espacio que ocupan esa mesa y esa silla, mientras afuera no deja de llover y pasa gente con prisa que nos mira, no se sabe si con envidia o con reprobación.
Aseguran los sabios en minúsculas que la receta para conseguir la felicidad consiste en desechar las grandes aspiraciones insatisfactorias y en disfrutar de los pequeños lujos cotidianos. Como en el de parar un momento y desviarse del curso de la calle y los horarios para tomar un café. Se trata de un gesto de autonomía y hedonismo. La concesión de un premio accesible. íntimo, que suele causar un inmediato efecto benefactor.

Bilbao inédito Pablo Martínez Zarracina