
Desde los doce años, Bitoriano Gandiaga vivió bajo la disciplina religiosa del santuario de Arantzazu. Recordaba que lo peor de todo, en un primer momento, fue aprender el latín y el castellano que apenas conocía. Cuando empezó a escribir, decidió que lo haría en lengua vasca. El fraile franciscano tomaría muy pocas deciciones en su vida, pero la de escirbir poesía en su lengua materna sería capital. Junto a Gabriel Aresti, Bitoriano Gandiaga es el gran poeta vasco de mediados del siglo pasado.
Las decisiones importantes son pocas y deben ser tomadas con premeditación y sin pedir permiso. El fraile pide un día autorización para comprarse un par de botas, pero no le contestan. Y cuando le contestan la respuesta es que para qué diablos quiere un par de botas. El poeta (que es fraile sin botas) se pasa el día andando, pensando y caminando (caminar es pensa) por el monte, no pensando en las botas que no tiene, sino en la poesía qu ya entonces comienza a poseerle y en la lengua que siempre ha utilizado para hablar con sus padres y con Dios y que empleará para escribir sus versos.
¿Para qué necesitra unas botas de monte si no es un montañero, sino un fraile de Arantzazu, un fraile franciscano? No tiene un par de botas para andar por el monte, pero tiene una lengua en la que escribiría los sencillos poemas fulgurante de Elorri (espino). Para entonces (1962) ya ha empezado a plantar un árbol detrás de otro. ¿Para qué necesita un par de botas Bitoriano Gandiaga? Cuando fallezca décadas más tarde, los frailes del santuario contabilizarán 4.400 árboles plantados en el valle por el poeta sin botas. Sus hermanos tenían razón: realmente al poeta no le hacían gran falta aquellas botas que pedía con insistencia. El hombre que planta árboles no necesita botas.
El poeta sin botas era madrugador, casi tanto como Paul Valéry. No había fraile en Arantzazu que se levantase más temprano que él. Saltaba de la cama a las cuatro y media de la mañana para oler el día. En uno de sus poemas escribe :
Eguneko argitan
ez da ikusten
eguneko argia.
(No se ve / la luz del día / a la luz del día.) A veces (casi siempre) los poemas no requieren interprétes ni exegetas.
Se ha querido observar en Gandiga un existencialismo del que queda muy lejos. Su amigo Blas de Otero, huésped de Arantzazu en los años sesenta junto a Lucio Muñoz y Jorge Oteiza (autores respectivos del ábside y de los apóstoles del santuario) le influyó como poeta, pero no consiguió (ni lo intentó) traspasarle los desasosiegos que él ya había superado gracias a la sustitución de su fe antigua por una nueva fe cuyos apóstoles nada tenían que ver con las figuras talladas por Oteiza.
Bitoriano Gandiaga, que es fraile sin botas, es un poeta y un hombre amoldado por la fe religiosa. Creo que todavía permace inédito un himnario de santos franciscanos, distribuido según el calendario romano, que podría convertirse con el tiempo en un moderno cantoral en euskera firmado por el poeta de Orbelaun. El ideario evangeĺico y su propia experiencia cristiana informan, inevitablemente, la poesía toda de Gandiaga.
Con botas o sin botas, rotura el valle en el que está enclavado el santuario y escribe su cuaderno de bitácora. Hay días de borrasca y cielos claros, mañanas luminosas que aparecen igual que algunos versos. El poema aparece en el espino que arde en pirmavera, sobre un montón de estiércol congelado, en la ortiga y en el pico de cuervo que acecha, fatalmente, bajo la luz de agosto. Pero el poeta no es un mero panteísta, es otra cosa. Su valle no es la Arcadía. Ningún valle lo es. El mundo está mal hecho, es evidente. Pero también es cierta y clara la sorpresa, su pasmo jubiloso ante la tierra simple, ante la roca, bajo la hermana lluvia que le sigue como fiel compañera en tantas caminatas. Entonces el poeta sólo puede asombrarse, detenerse y quedarse de piedra. La piedra es importante. La piedra es el asombro, la piedra es harri y el asombro, lo recuerda Felipe Juaristi, es harridura. De manera que el poeta sin botas, el poeta descalzo de Arantzazu se detiene en la piedra, es decir, en el mismo corazón del asombro.
Ir a Madrid en en el verano de 1974 también era asombroso. Verse en Madrid de pronto, en la plaza de España ante la estatua de don Quijote y su escudero Sancho, era algo soprendente. El poeta se quedaba de piedra, lo mismo que Cervantes. Ellos tres, se decía, eran tres perdedores. No sabía si incluir en el grupo al autor de la inmortal novela. En todo caso, a los vascos, pensaba, les tocaba perder en la novela lo mismo que en la vida. A los vascos que hablaban euskera. Eso es lo que pensaba el poeta sin botas en Madrid. Se decía también que para conquistar aquella capital harían falta, al menos, varios pares de botas.
Claro que el poeta había ido a Madrid no a comprarse unas botas, sino a hacer unos cursos de teología que nunca llegaría a terminar. No es lo mismo el asombro madrileño que el asombro de Arantzazu. La ciudad le ha dejado de piedra, ha tenido sus más y sus menos con Cervantes en la plaza de España y ha decidido abandonar el estado sólido y levantar el vuelo. En 1977 Gandiaga publicará Uda batez Madrilen (Un verano en Madrid), uno de los mejores libros de poemas.
La vuelta al valle no es la vuelta a la calma. Cuentan que el profesor Gandiaga atemoriza a sus alumnos del colegio de Arantzazu. El poeta franciscano puede ser un maestro irascible, duro e intransigente, un auténtico hueso de piedra. El Deanxit y el Tranxilium no acaban de ablandarle ni aplacarle. Los psiquiatras redactan sus informes pero no siempre leen los poemas del fraile sin botas. En algún lado escribe el poeta que se siente lo mismo que la piedra de un molino, siempre girando sobre el mismo punto, sin avanzar un ápice. ¿Para qué necesita un par de botas? ¿Para qué necesita un par de botas? ¿Para qué necesita una piedra unas botas? No hay modo de avanzar. El euskera, la lengua que ha elegido o, mejor dicho, que le ha elegido a él, es también una losa, una piedra. Ni con un par de botas ni con nada - piensa en sus malos días el poeta - avanzará su lengua. Una lengua de piedra.
Le angustiaba el futuro de un idioma que había caminado tanto tiempo descalzo. Le angustiaban también los días que se iban, uno detrás de otro, sin dejar huella, como ligeras páginas en blanco, sucesión implacable de minutos y de días para haber ensayado en la tierra un paraíso posible, diseñado por Dios con la ayuda de Francisco de Asís, hermano de la lluvia y de las cosas. Pero el cielo de Arantzazu se transformaba a veces, demasiadas, en un cielo de piedra.
En las últimas décadas, que Gandiagaera el mayor poeta vivo de la literatura vasca era algo que se daba por supuesto de una manera, tengo para mí, un tanto cicatera y automática. Se daba por descontado que todos conocían a Gandiaga y que todos, en virtud de algún raro atributo, conocían sus versos aunque jamás hubiesen leído un libro de poemas ni de él ni de nadie en lengua alguna. Quizás es que se había convertido en un clásico en vida, y los clásicos no hace falta leerlos, ya se sabe, salvo por prescripción facultativa.
Conocido por todos y, por eso mismo, desconocido por la mayoría dentro de los estrechos ámbitos de la literatura escrita en lengua vasca. ¿Para qué necesita un par de botas un poeta en lengua vasca? Después de aquella petición de calzado pasaron muchos años. El poeta sin botas prosiguió su camino, plantó cientos de árboles y no dejó de andar. Para andar, se decía, hace falta algo más que un par de botas. Con el tiempo el poeta pudo corroborar que tampoco bastaba un par de botas, ni una zapatería entera, para hacer que una lengua caminase de modo natural y no a empujones.
Bitoriano Gandiaga murió descalzo el año 2001, bajo el cielo de piedra de su pequeño país. Había escrito versos como éstos :
Begiok zeiñen itxu
direan bagenki,
ez geunke begituko
begiokaz beti
(Si supiésemos qué ciegos / son los ojos, / no miraríamos / siempre con ellos).
Tiempo muerto de José Fernández de la Sota