Sucedió en tantos veranos

Enviado por maestresala el Mar, 30/07/2013 - 17:56

Foto de Miguel  González San Martín

 

Ya están aquí otra vez "esos días azules y este sol de la infancia", como decía el último verso de Antonio Machado, que le encontraron escrito en un palelín, en el bolsillo de su chaqueta de muerto. No escribió "esos, ese" sino "estos, este". Los días y el sol son los mismos en el recuerdo de la niñez y en el presente de exiliado cercano a la muerte, que le llegó poco después de cruzar la frontera, días antes de que muriera también su madre. Se instalaron en la pensión Quintana, de Collioure, el pueblecito francés donde están enterrados juntos. Fueron de invierno, aquellos días y aquel sol, fríos y secos como los de Soria y Segovia, sin el reverbero de Sevilla y Baeza, más cercanos seguramente a su carácter y a la imagen general que guardamos de él.
Las promesas de la infancia son tan radiantes que parecen certeras, no importa esperar su cumplimiento el tiempo que sea, que se cree infinito. Cada edad tiene sus promesas, todas son importantes aunque luego parezcan más desvaídas. Deberíamos poner de nuestra parte para que los días azules y el sol nos den alegría a cualquier edad, incluso si los vemos tras una ventana. El tiempo es más lento en verano, ajeno a la prisa y a los asuntos, a la  impaciencia. Igual que no se puede vivir sin esperanzay siempre cabe alguna expectativa, por improbable que sea, sería un imperdonable despilfarro dejar que pasen de largo, sin rendirles el homenaje debido, estos días azules, este sol, que son pero no son como los de entonces. El verano es ahora una promesa en tono menor, que es el tono de las canciones sentimentales, llega con la mejor de las promesas posibles, que diría Pangloss, a nuestra medida, a nuestro alcance. Ahora esperamos menos pero nos apuntamos al senderismo por ese camino de perfección que tal vez algún día nos acabe llevando a merecer verdaderamente el sol, los cielos, el suave abandono, la brisa, el agua del mar, las playas de oro, el paseo hasta el faro o por la bahía, el cine al aire libre, la lectura despaciosa de  alguno de esos clásicos que nos faltan, las cosas buenas, tranquilas, que no tienen por qué ser estupendas ni estupefacientes, que nos vayan trayendo serenamente los días. Ya pasó el tiempo de esperar de modo ansioso el advenimiento del rayo verde, ha llegado el de advertir que el sol se va volviendo más dulce y amistoso con los años. Vamos aprendiendo poco a poco a estar al sol, como perezosos y olvidadizos lagartos gloriosamente inconscientes.
Volveremos a Cabo Sounion, donde ya estuvimos y dejamos de estar una vez, tantas veces. Tal vez nunca veamos ya Samarcanda, ni siquiera llegaremos a Alejandría, que estuvimos tan cerca en una ocasión y visitamos después con Durrell, Justine y Cavafis entre las manos. No fuimos a tantos lugares y sin embargo no tendríamos ya ocasión de volver a todos en los que estuvimos, aunque nos lo propusiéramos. Hubo un tiempo en el que quisimos ir siempre un poco más lejos. Más tarde, ese afán, por fortuna, dejó de tener la menor importancia. Volveremos todavía a algunas ciudades italianas, a Meteora y Atenas, lo prometo, seguramente a la medina del Fez, tal vez a Estambul. Haremos un alto en otras ciudades por las que pasamos entonces precipitadamente. No habrá ocasión de volver a las pirámides de Egipto, ni al palacio de invierno de los zares, junto al Neva, pero una vez estuve allí y lo recuerdo. No creo que me embarque ya en viajes trasatlánticos, ni que navegue sobre ninguna clase de fluidos, salvo en ocasiones el vino blanco y los destilados de enebro, preparados estos últimos sin tonterías, con hielo, corteza de limón verde y un poco de agua tónica, al estilo casi monacal preconizado por Larkin, Bas y Martínez Zarracina, pero he leído un buen puñado de novelas norteamericanas y numerosos cuentos orientales. No creo que vaya a Nueva York, como habría que hacer una vez en la vida, igual que en la Antigüedad todos los caminos llevaban a Roma. Muchos no fueron, por lo que sea, como yo no iré a Nueva York, pero Roma y Nueva York se han extendido hasta los confines del imperio. No iré a Nueva York, pero no me he perdido una sola película de Woody Allen, por ejemplo.
Ahora viajamos más cerca, repetimos a menudo en los lugares de siempre, donde sabemos que vamos a estar bien y las cosas serán aproximadamente imperecederas. Hemos perdido alguna afición por las novedades, pero vamos aprendiendo a disfrutar de las recurrencias, las relecturas, los días azules y el sol de ahora.

Miguel  González San Martín