
Empezamos mal, lo sé. La detestable herencia de 2012 proyecta una borrasca de negros nubarrones sobre nuestras cabezas. Hemos dado sangre, sudor y lágrimas, a cambio de más sangre, de más sudor y de más lágrimas, pero todavía quieren más, aún dicen que no es suficiente. Que, de momento, no van a subir el IVA, así que lo subirán. Que quizás ha llegado el día de revisar el derecho a la huelga, así que lo limitarán. Que tanta manifestación da muy mala imagen de nuestro país, así que buscarán una fórmula para seguir despojándonos de nuestro patrimonio, vendiendo empresas públicas, desmontando servicios, deteriorando la democracia y endureciendo las condiciones de vida de los más débiles, sin que la gente salga a la calle a protestar. Ahora la estupidez sucede al crimen. Nada tan oportuno como este viejo verso de Luis Cernuda para saludar al año que empieza.
Y sin embargo, yo les voy a pedir que sean felices. Que busquen en su interior la llama de una ilusión pequeña, pero tenaz, y la alimenten con mimo durante los 365 días que nos esperan. Que se cuiden, y cuiden a los que tienen cerca. Que sonrían a los adultos, que les hagan cosquillas a los niños. Que canten viejas coplas, alegres o nostálgicas, y bailen agarrados, que se besen mucho, todo lo que puedan, y se esmeren en cocinar platos sabrosos, barrocos, para disfrutarlos juntos en mesas vestidas con manteles blancos. Que aprovechen las mañanas de sol y las tardes de lluvia. Que se muestren orgullosos de su amor. Que lo derrochen.
La amargura nos hará débiles. La indiferencia, la desesperanza, la desunión de las víctimas, fortalece siempre a los culpables. No lo consientan. No les dejen entrar en su casa, emborronar sus paredes, secar sus macetas, acechar el sueño de sus hijos. Sean fuertes, por favor, y sean felices. Porque la felicidad es la mejor manera de resistir.
Almudena Grandes
El curriculum de todos (magnífico)
Homenaje al gran Miguel Gila (emotivo)
Hasta nunca 2012
Hemos aprendido que no podemos confiar en los políticos ni creer en ellos
Piérdete. Quizá me equivoque, pero no recuerdo otro año peor que este. Y ha habido algunos años malos, ya lo creo. Dejémoslos donde estén. Pero este 2012 ha sido demoledor. Nos ha afectado mentalmente. Nos ha destrozado el estado de ánimo. Nos ha restado salud y alegría. Hemos perdido toneladas de esperanza. Hemos visto cómo se pueden arrojar las personas a la basura. Hemos visto y seguimos viendo a los jóvenes mejor preparados obligados a buscarse la vida en otra parte. Y hemos aprendido que no podemos creer en los políticos ni confiar en ellos. Y eso no tiene fácil arreglo. Me molesta lo que sugiere el presidente del Congreso de los Diputados cuando dice que los ciudadanos deberían ser más benévolos y no juzgar a los políticos por «pequeñeces», entre las que incluye sus gastos. Vamos a ver, los ciudadanos pueden y deben juzgar a los políticos conforme a sus propios criterios. A los que sean. Y el criterio del ‘gasto’, en el que aún se ocultan dudosos privilegios, es en estos momentos y por razones obvias, el que suscita mayores suspicacias. Y el que más puede indignar a la gente normal. Sobre todo cuando ellos, la mayor parte de los ciudadanos, están siendo no juzgados sino sojuzgados en sus puestos de trabajo (quienes no los han perdido, claro), un día tras otro y sin derecho a rechistar. En rigor, un ciudadano tiene que vigilar siempre y en todo momento la honestidad y coherencia de sus representantes legales. Pero aún más: también deberían poder elegirlos en listas abiertas y en función de la capacidad y la credibilidad de cada uno y no en el saco de los partidos a los que se arriman. En los momentos de crisis económica extrema como el actual, en el que las víctimas del sistema se cuentan por millones, no se puede adoptar un tonillo contemporizador y amable con los señores diputados supuestamente honrados y diligentes que se dedican a hacer crucigramas en el iPad durante las sesiones. Lo primero que se les debería poder exigir es ejemplaridad. Si la pérdida de poder adquisitivo de la ciudadanía se acerca a un 20%, los políticos deberían asumir eso y un punto más por el plus de ejemplaridad. Y aquellos que con voz solemne claman en la tribuna «austeridad para los demás», deberían tener la decencia de pedirla en primer lugar para sí mismos. No sé cómo ni cuándo saldremos de este entorno de catástrofe social, pero una cosa sí sé: que al final, sorprendentemente, los países consiguen ir saliendo poco a poco adelante, a pesar de la precipitación, la ineptitud y la displicencia de su clase dirigente. Y que, en gran medida, eso es posible gracias a los gestos de la gente normal. Y a la iniciativa de colectivos y movimientos organizados desde abajo, sin ánimo de lucro e impelidos por una suerte de solidaridad elemental. Hasta nunca 2012. Piérdete.
F.L. Chivite