
Queridos amigos,
Una nueva entrega de las 100 mejores poesías de la lengua castellana (entregas dominicales hasta ahora, Dios dirá en las próximas) según Don Luis Alberto de Cuenca.
En esta ocasión nada más y nada menos que un romance viejo de esos de elegía o de caballeros que relatan acontecimientos heroicos, militares o incluso derrotas deshonrosas, así eran los juglares. En este caso nos cuentan la asombrosa historia de don Beltrán al que perdieron durante la batalla, acaso la de Roncesvalles en el desfiladero de Valcarlos (Val Karoli, por Carlomagno), legendaria derrota de los doce pares de Francia -más bien de su retaguardia- según volvían a su tierra con el gobernador de la Marca aragonesa Beni Qasu (de los renegados Casios visigóticos y convertidos a Alá) secuestrado por razones politicoestratégicas complicadas de
explicar. Pues bien una alianza vascocordobesa o acaso solo los vascones o quizá los protoreyes de Pamplona, quí sá, atacaron a los Pares en Valcarlos. Los apedrearon vilmente y los pusieron pies en polvorosa, hete tu nuestros antepasados como se las gastaban. Allí murió Roldán y algunos más y surgieron las conocidas canciones de gesta (algunas llevaban deshonrosamente al cine) que se introdujeron por La Rioja y acabaron convirtiéndose en Romances como este que os presento. El prota lleva por gracia don Beltrán caballero francés (Bertrand) que muere en la batalla ante los sarracenos, el autor anónimo obvió a los vascones, qué infamia.
Rima en asonante en versos octosílabos (procedentes de anteriores versos de dieciséis silabas partidos para evitar asfixias innecesarias). Veréis que algunos no riman porque quizá se hayan perdido versos en el transcurso de la historia (tened en cuenta que se ataban con cordeles y así resulta difícil que nos alcanzaran
completos).
Son bellos estos cantares que no se paran en detalles inútiles, ni descripciones innecesarias y nos lo cuentan al oído.
Dejadme que os repita algunos de los más bellos: Por la matanza va el viejo,/por la matanza adelante; o aquel del árbol que de rama ni de hoja no le dejaban gozar y el cuerpo sin el alma ni un dinero vale. Don Beltrán murió como un héroe tras siete lanzazos alevosos. ¡Viva Don Beltrán!

Carlomagno llorando a Roldan
Con la grande polvareda
perdieron a don Beltrán.
Nunca lo echaron de menos
hasta los muertos pasar.
Siete veces echan suertes
quién lo volverá a buscar,
todas siete le cupieron
al buen viejo de su padre:
las tres fueron por malicia
y las cuatro por maldad.
Vuelve riendas al caballo
y vuélveselo a buscar,
de noche por el camino,
de día por el jaral.
Por la matanza va el viejo,
por la matanza adelante;
los brazos lleva cansados
de los muertos rodear;
no halla al que busca,
ni menos la su señal;
vido todos los franceses
y no vido a don Beltrán.
Maldiciendo iba el vino,
maldiciendo iba el pan,
el que comían los moros,
que no el de la cristiandad;
maldiciendo iba el árbol
que solo en el campo nace,
que todas las aves del cielo
allí se viene a asentar,
que de rama ni de hoja
no lo dejaban gozar;
maldiciendo iba el caballero,
que cabalgaba sin paje:
si se le cae la lanza,
no tiene quien se la alce,
y si se le cae la espuela,
no tiene quien se la calce;
maldiciendo iba la mujer
que tan sólo un hijo pare:
si enemigos se lo matan,
no tiene quien lo vengar.
A la entrada de un puerto,
saliendo de un arenal,
vido en esto estar un moro
que velaba en un adarve;
hablóle en algarabía,
como aquel que bien la sabe:
-Por Dios te ruego, el moro,
me digas una verdad:
caballero de armas blancas
si lo viste acá pasar;
y si tú lo tienes preso,
a oro te lo pesarán,
y si tú lo tienes muerto,
desmeló para enterrar,
pues que el cuerpo sin el alma
sólo un dinero no vale.
-Ese caballero, amigo,
dime tú qué señas trae.
-Blancas armas son las suyas.
y el caballo es alazán,
en el carrillo derecho
él tenía una señal
que, siendo niño pequeño,
se la hizo un gavilán.
-Este caballero, amigo,
muerto está en aquel pradal.
Las piernas tiene en el agua
y el cuerpo en el arenal;
siete lanzadas tenía
desde el hombro al calcañal
y otras tantas su caballo
desde la cincha al pretal.
No le des culpa al caballo,
que no se la puedes dar,
que siete veces lo sacó
sin herida y sin señal
y otras tantas lo volvió
con ganas de pelear.
Con cariño
J.