Dibujos de don Miguel

Enviado por maestresala el Mar, 21/08/2012 - 13:04

 

 

Liberado de la zozobra que las cadenas del infierno me producen, disfrazo mi alma con el cuerpo de un joven para poder visitar el homenaje que mi ciudad, Bilbao, me tributa mediante mis dibujos.

Abandono mi pena perpetua para adentrarme en las nuevas calles de mi vieja ciudad. Recorro un paraíso ordenado y desalmado, de luces y sombras, hasta llegar a la que un día fue la Gran Vía Don Diego Lopez de Haro, convertida ahora, por esa prostituta fea llamada economía del lenguaje, en la Gran Vía. Mi única intención, pienso, es llegar al edificio que guarda el saber y el conocimiento que un día necesitó del papel y que ahora viaja libremente por las mentes, que no las almas, de las personas de este lugar. El soberbio edificio al que me refiero es el llamado en mis tiempos Archivo, Biblioteca e Imprenta Provincial, llamado ahora Biblioteca Foral.

Entrando en el edificio, unos señores de orden me solicitan mi identificación. Sorprendido me quedo de que para entrar a una zona de cultura y conocimiento sea necesario identificarse, pero esta vez, guardo mis modales, pues no olvido que la persona, en su libertad individual, necesita de un orden social para mantenerse cuerdo.

Así pues, visito la exposición con los dibujos que elaboré durante muchos años en mis ratos libres. Admiro con vehemencia la creatividad que mi inteligencia y sabiduría acompañaban, dudando, de que si pensar y escribir fueron mi mejor opción. Hago esto sin olvidar que, tras estudiar en el taller de Antonio Lecuona, abandoné la opción del dibujo por mi incapacidad para manejarme en los colores.

Tras repasar aquellos dibujos que realicé durante mis viajes a París, La Palma e incluso mi granja, me detengo frente al de un caballero que poco a poco se transforma en un ave. Intento recordar si el dibujo era una persona transformándose por alcanzar la libertad o por carecer de ella. Recorro los dibujos de mi bella mujer Concha, acariciando con mi mano el vidrio al igual que acariciaba sus mejillas. Juego con la ironía de un Quijote crucificado junto a un Sancho rezándole, cuan hago yo con mi España, viéndola ahora crucificada por los bisnietos de los que vencieron. Y añoro, y recuerdo, y lloro.
Tras recorrer la exposición, abandono el edificio con la cabeza baja. Abro las puertas del infierno para seguir con mi eterna pena. Me desnudo del cuerpo joven y mi alma se introduce de nuevo en el paraninfo de la Universidad de Salamanca para revivir, día tras día, los acontecimientos del 16 de Octubre de 1936. Pues ésta es la pena impuesta a este Viejo: revivir el día que comprendí el enorme error que había cometido al apoyar a los Alcistas, ahora, bien llamados, fascistas.

Tras saludar al resto del rectorado, me siento en mi sillón para escuchar, como llevo haciendo desde hace más de 70 años, el inicio del discurso de José María Pemán. Aunque no quiera, mi ojos se pierden en el auditorio buscando el ojo de ese repugnante Millán-Astray. Pero esta vez sufro, pues esa es la mejor manera de definir mi sentimiento, una enorme diferencia: tras mi visita, dudo de que sino es verdad, de que al final, aunque solo sea un poco, también convencieron.

Fin.

M. de Unamuno

 

Tomado de esta página

Cartel de la Exposición

 

Cristo unamuniano mal fotografiado