Las cosas de Mariano

Enviado por maestresala el Dom, 12/08/2012 - 14:17

 

El estupor, la consternación y, por qué no decirlo, el miedo a un rebrote terrorista conmocionaron al país cuando se supo que Valeriano Setién, ministro de Fomento y Obras Públicas, había sido asesinado en su barco de recreo durante las vacaciones estivales.
Valeriano había nacido tierra adentro, en las hermosas soledades castellanas; no obstante le gustaban los veranos húmedos y ligeramente frívolos de la Costa del Sol. Y fue allí que vino a agarrarle la muerte, en un discreto barco de recreo que tenía atracado en el puerto deportivo de Marbella. Cuando la policía entró en el camarote comprendió que aquello había sido obra de unos profesionales con muy mala leche e indudables intenciones sancionadoras. No eran solo los dos balazos en la cabeza, sino todo el repertorio de cortes, amputaciones y quemaduras que presentaba el bronceado cadáver del señor ministro. Al pobre hombre no le habían concedido ni siquiera el alivio de gritar. Antes de amordazarle con cinta de embalaje le habían introducido un trapo ponzoñoso en la boca para que solo pudiera respirar por la nariz.
Inevitablemente, una sombra de sospecha vino a mancillar la imagen pública de Valeriano. ¿Qué habría hecho? ¿En que turbios asuntos estaría metido para merecer una muerte tan tormentosa? ¿Se trataba de mafias eslavas, sudamericanas o autóctonas?
Las especulaciones ganaron terreno y la policía no pudo evitar que ciertos detalles escabrosos se filtraran a la prensa; sí consiguió, en cambio, que nada se supiera de los dos gramos de cocaína encontrados en la mesita de noche, de los consoladores fluorescentes ocultos en el armario y del tanga de leopardo que Valeriano vestía en el momento de su muerte.
Quién podía imaginar entonces que el promotor de tanto sufrimiento, el cerebro maquinador de aquella barbarie no era un magnate rencoroso y vil sino un anciano sencillo y atormentado que pasaba las horas en una silla de anea contemplando melancólicamente la dorada llanura castellana.
El anciano vivía con su perro en un caserón desvencijado que había conocido mejores tiempos cuando la antigua carretera nacional pasaba por allí. 'Casa Mariano', así se llamaba la fonda que el anciano regentaba junto a su difunta esposa, y cuyo cartel permanecía ahora descolorido, herrumbroso y mellado de letras.
En el antiguo transistor escuchó Mariano lo que le había ocurrido al ministro. Palmeó cariñosamente el lomo de su perro y dijo: «Ya está hecho, Canelo». Dos días más tarde un par de hombres llegaron para recoger la parte del trato que se les adeudaba. Mariano les dio el dinero, un apretón de manos y miró cómo el coche se perdía en el horizonte crepuscular de la llanura.
La mañana siguiente amaneció bochornosa. Las piedras no habían soltado todavía el calor del día anterior cuando ya recibían los nuevos rayos abrasadores. Mariano desayunó frugalmente, asomó la cabeza por la ventana de la cocina y comprendió que dentro de poco el calor sería infernal. «Vamos, Canelo», dijo, «no sea que nos pille la chicharra» y el perro lo siguió con inquebrantable fidelidad.
Anduvieron apenas un kilómetro, hasta llegar a una encina que llamaban 'La centenaria'. Una vez allí Mariano cogió a Canelo en brazos, le pasó una cuerda por el pescuezo y lo ahorcó como si llevara a cabo una labor aburrida y cotidiana. Después se colgó él mismo junto a su perro. El pastor que los encontró dos días más tarde contó que ambos cuerpos se bamboleaban al capricho del viento. Fue ese mismo pastor quien le explicó al juez:
- En realidad, al Mariano le sobraba la vida desde hacía un par de años, cuando enviudó de la Justina; aunque a decir verdad ya venía amargado de antes, cuando cerraron la antigua carretera general y construyeron la autopista. La fonda se le volvió ruinosa en poco tiempo, «donde no hay camino no pasan caminantes», le advertí yo. Cogió una perrera grande con lo de la autopista, que tenían que indemnizarlo decía; se hartó de escribirle cartas al ministro de las carreteras para contarle su situación. Decía que tenía que ayudarle, que era castellano, como nosotros, y que solo por eso tenía que ayudarle. «Quía», le explicaba yo, «gallegos o castellanos esa gente no repara en pobres como nosotros». «Pues más le vale reparar», me decía el Mariano «más le vale».
 

ALEJANDRO PEDREGOSA