
Ni la furia salvaje del mar, ni la adormecedora quietud del bosque, ni la sugestiva soledad del atardecer lo podían liberar de aquel estado de profunda nostalgia melancólica en el que, más que acercarse a su amada, lo único que hacía era apartarse más y más de ella. Su error era irremediable. Y este error suyo consistía en creer quw ya había alcanzado el fin sin haber comenzado todavía. Un error semejante constituye, fatalmente, la ruina del hombre.
Sostengo, no obstante, que su estado de ánimo es legítimo en cuanto disposición erótica, tan legítimo que quien no haya experimentado lo mismo cabalmente al comienzo de su enamoramiento, no ha amado en realidad nunca. Lo malo, por tanto, en el caso de nuestro muchacho no estaba en que sintiera tal emoción típicamente erótica, sino en que junto con ella no tuviera otras disposiciones como recursos defensivos. Porque ese recordar potenciador es como la expresión eterna del amor en sus comienzos y señal evidente de amor auténtico. Pero, por otra parte, también es necesaria una cierta elasticidad irónica para manipular debidamente el recuerdo. Cada uno debe de hacer verdad en sí mismo el principio de que su vida ya es algo caducado desde el primer momento en que empieza a vivirla, pero en este caso es necesario que tenga también la suficiente fuerza vital para matar ese muerte propia y convertirla en una vida auténtica. En el alborear de la pasión amorosa luchan entre sí el presente y el futuro con el fin de alcanzar una expresión eternizadora. Esta forma de recordar es cabalmente la proyección retroactiva de la eternidad en el presente, en el supuesto de que el recuerdo sea sano.
La repetición de Sören Kierkegaard