Cambiazos

Enviado por maestresala el Mar, 28/02/2012 - 13:47

 

No parece que ‘eso’ tenga nombre en castellano. El Bächtold-Stäubli –el Diccionario Manual de las Supersticiones Alemanas–, en su crecido artículo ‘Wechselbalg’, dedica dos columnas a los equivalentes en distintos pueblos y latitudes de Europa, al norte de nuestro paralelo. Casi todos aluden al cambio. Changeling en inglés, Wechselbalg en alemán, dieron el neolatino cambio, -onis, algo así como ‘cambiazo’ o niño revezo.
Como el otro día escribí, el folclore universal registra el motivo del cambiazo del bebé. Un motivo con raíces en la psicología maternal. Un paso más, y esa preocupación se transforma en superstición: el hurtador es un maléfico, y el sucedáneo una criatura diabólica; un bebé llorón, glotón y apático, que la mamá cría por puro instinto, venciendo el horror y la repugnancia mientras ‘aquello’ viva, que no suele ser mucho. Ella no sabe, y aunque lo sospeche jamás reconocerá que lo que lleva en brazos no es lo que salió de su vientre. Alguien le dio el cambiazo.
A finales del siglo XV –traspasado el umbral de la Edad Moderna– la realidad de los Wechselbälgen era ya indiscutible, desde que el Martillo de brujas se ocupó de ellos, con el nombre de campsores (cambistas), en alemán Wechselkinder o ‘niños de recambio’.
El libro estaba avalado por bula papal de Inocencio VIII. Los autores, Institoris y Sprenger, eran inquisidores dominicos, pero también profesores universitarios. No por casualidad.
Y es que el tema de los Wechselbälge viene de perilla para entender por qué la Universidad Europea padeció alergia crónica a la Ciencia. Su ‘ciencia’ era sólo un Wechselbalg, un paquete sucedáneo pesado, devorador de energía, inútil y sin futuro. Por eso la verdadera Ciencia se crió, más o menos saludable, primero en semisótanos clandestinos, luego en academias, pero casi siempre fuera de las Facultades. O en ellas, pero de tapadillo, y nada bien vista. La disección de cadáveres humanos tuvo en jaque papal a facultades médicas heterodoxas, como Salerno. Galileo se llevó mal con el Santo Oficio, pero también con Pisa. El pobre Kepler, perseguido al alimón por católicos y protestantes, sobrevivió vendiendo horóscopos. Entre tanto, las grandes universidades bastante tenían con amamantar y mecer sus ‘cambiazos’: la tardo Escolástica en París, el Derecho bartolino en Bolonia, e cosi via.

 

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