
Un combate que no se lleve a cabo con armas espirituales me da asco. El adversario muerto sólo da testimonio de su muerte.
No quiero infundir miedo alguno, no hay nada en el mundo de lo que me avergüence tanto. Es preferible ser despreciado que temido.
Dios es la mayor presunción del hombre, y cuando la haya espiado, jamás se econtrará otra más grande.
El escritor es quizá el hombre que siente aquello que fue, para predecir aquello que será. Por eso no sufre realmente, tan sólo recuerda, y no hace nada, porque antes debe predecirlo.
Ya nunca podremos odiar a quien hayamos visto dormir.
La fe en Dios tiene en sí algo que pesa muchísimo: creemos en la existencia de un ser al que nos resulta muy difícil matar, ni siquiera con nuestros esfuerzos más perversos.
La novela no debe tener prisa alguna. Antiguamente, la prisa también podía formar parte de su ámbito, ahora ha pasado al del cine; comparada con éste, la novela presurosa tendrá que resultar siempre insuficiente.
El hombre será eterno mientras se interese por lo eterno, y siempre que no se ahogue en ello.
Se muere demasiado fácilmente. Morir debería ser mucho más difícil.
Los ingleses no han puesto sus leyes por escrito, las llevan consigo a todas partes.
Esas almas de gusano, ¡cómo podrían comprender que es importante despreciar el dinero, aunque sea necesario!
Nunca he oído hablar de un hombre que haya atacado el poder sin desearlo para sí, y los moralistas religiosos son en esto los peores.
No podemos hacer nada. Podemos lamentarnos. Podemos mejorar.
Las guerras se hacen por mor de sí mismas. Y mientras no admitamos esto, será imposible combatirlas de verdad.