El castillo de Hartheim y la memoria

Enviado por maestresala el Mar, 03/05/2011 - 08:56

Dos de mayo de dosmil once

 

 

Estimados:

 

Durante estos días me he dado cuenta de algo importante, algo en lo que nunca me había parado a pensar detenidamente; nuestros mayores han sufrido, y lo han hecho por que no les quedó más remedio y también para que nosotros tuviésemos una vida algo más llevadera que la que a ellos les tocó en suerte. Es triste que quizá nuestros hijos o nietos vuelvan a donde estuvieron nuestros padres y abuelos. Decía lo del sufrimiento porque durante esa peregrinación laica de la que os hablaba en un correo anterior, he comprobado que mis mayores se emocionaban menos que yo ante los restos del infierno. Supongo que ellos ya lo han vivido; sin embargo yo tengo que recrearlo.

En 1940, en algún momento del mes de agosto, un tren se detuvo delante de las puertas de Mauthausen. Allí se quedó mi abuelo, republicano y exiliado. Mi madre, mi tío y mi abuela se quedaron en el vagón de ganado; después de pasar por Ravensbruck, tuvieron la suerte de poder regresar a España. Vivos. Mi abuelo se quedó entre los muros del campo de concentración hasta enero del año siguiente, cuando fue transferido a Gusen. El 19 de diciembre de 1941 tuvo el honor de ser trasladado de nuevo, en esta ocasión al castillo de Hartheim, donde algún doctor muerte experimentaba las diferentes formas de exterminar a seres humanos con mayor rapidez y eficiencia.
Después el silencio durante casi 70 años.

El viernes 29 amaneció un día soleado, primaveral, cálido. Salimos de Linz, bordeamos la suciedad siderúrgica de Voestalpine y nos adentramos en una carretera encorsetada entre árboles. Unas cuantas curvas y comenzaron a aparecer bellas casitas de madera, almacenes domésticos de leña, alguna pequeña e idílica posada. Al poco, unos prados verdes y amarillos con bosquecillos punteando sobre las suaves colinas. Después, casi de repente, al coronar una loma, una excrecencia de piedra, como una muela podrida y hedionda en medio de una boca adolescente y virginal. Nuestro destino.

El horror del lugar se vio mitigado durante esa mañana por las voces de decenas de adolescentes, por sus miradas curiosas, por sus risas contenidas, por su respeto casi innato a la memoria de lo que allí había sucedido. Porque se trataba de eso mismo, de recuperar la memoria, de no perderla acaso, de que nunca se olvide para que no se vuelva a repetir. A más de uno de parecerá discutible esa filosofía. A mí no, y me alegré de que a tantos colegios de Alemania, Austria e Italia (eran las nacionalidades que escuché esa mañana) tampoco les parezca algo que deba ser puesto en duda.

Un profesor italiano hablando de Primo Levi sus atentos alumnos, un enternecedor y casi octogenario hombrecillo tratando de explicar en castellano a una profesora y sus alumnos que él era hijo de un asesinado allí, y que deseaba rendir tributo a un padre que nunca llegó a conocer (ese era mi tío), unos orientales sobrecogidos al entrar en la cámara de gas, un operario austriaco que en su alemán apenas inteligible nos ayuda a poner una placa allá donde están las de otros tantos españoles, polacos, italianos, checos, italianos..., que se ofrece a hacernos unas fotos a todos nosotros juntos. A la memoria de Eufemio García, de tus hijos y nietos. Ya lo dijo Proust, los muertos no existen salvo en nosotros, por eso aquel hombre aún existe aunque muriera de la forma más espantosa que podamos imaginar. Era el destino de los habitantes de Hartheim. Fue su destino. Hay algo que no puede dejar de pensar durante toda la visita; ¿qué se siente al quedarse uno solo en un lugar tan espantoso como aquel? Y sobre todo, ¿cuál fue el último pensamiento de mi abuelo? ¿Fueron su mujer y sus hijos? ¿Fue su propio dolor? ¿Pensó en que por fin el infierno desaparecía? Mejor la muerte. Quizá sólo eso fue lo que pensó. Después de setenta años ha vuelto a vivir.

Unas ideas desordenadas, escritas a vuelapluma en esta noche también primaveral, entre las nieblas de un tremendo dolor de cabeza. Sólo eso.

Buenas noches.

R.