Adios, Florinda

Enviado por Profesor el Vie, 15/04/2011 - 19:44
 
En la calle de Cuchilleros de Don Benito, en la Notaria de Ruiz Bachiller, Don Raimundo Guerrero productor de revista de éxito completa las escrituras de sus oficinas madrileñas. Le gusta hacerlo en Don Benito, confía en Don Antonio, el notario, antiguo compañero de estudios y correrías. Siempre pensó que Antonio, Antón el hijo del coronel, acabó instalándose en la tranquila villa pacense por sabe Dios qué inconfesables razones tan eternas como el cierre de un sujetador.
-        Don Raimundo, ya tiene aquí el documento con todos los sacramentos
-        Muchas gracias, señorita. ¿podría mandármelos a Madrid en correo certificado? Tengo que terminar la gira aun por Extremadura y no quisiera que se me extraviaran.
-        Será un placer, Don Raimundo.
Se levantó de la mesa de mecanografía, apartó ligeramente la Olivetti y depositó los documentos en el casillero de envíos. Don Raimundo no perdió ripio de toda esta maniobra rubricada por unas medias de raya que torneaban unas piernas interminables.
 
-        Señorita, ¿sabe usted cantar?
-        Solo cuando frio las sardinas y mal… ¿Pregunta usted cosas muy extrañas?
-        No se inquiete, sabe usted que soy productor de revista y me he fijado en su figura pinturera y se me ocurre que usted podría funcionar en el teatro.
-        Eso se le dice usted a todas. Además no creo que yo sirva para eso.
-        Peores que usted he conocido que ahora bailan con la Gámez. Con muy poco, algunas clases de canto y baile y un par de vestidos ajustados a ese talle que usted luce y le juro que se lleva al publico de calle, hágame caso.
-        No sé si habla usted en serio Don Raimundo. Déjeme que le diga que me ha costado mucho conseguir este empleo, clases de mecanografía nocturnas y muchas horas de machacarme los dedos. Antes fui vendedora de helados con carrito y todo, modista por horas y otras cosas que ni recordar quiero, así que como usted podrá imaginar ni pensar en dejar al señor Ruiz. Además mi madre, viuda sabe usted, necesita los treinta duros como el comer…
-        Hablo muy en serio pero no quisiera complicarle la vida. En cualquier caso si cambia de opinión me llama a este número de Madrid, estaré allí para final de mes.
Un trocito sobado de cartulina sepia con unas letras y unos números pequeños y amontonados fue capaz de condensar toda la luz de la sala de mecanografía de la Notaria de Ruiz Bachiller en Don Benito.
 
Las sardinas saltaban en la sartén, ahogadas en un aceite requemado mientras un estribillo ligero reverberaba en las paredes enmohecidas.
 
-        Mira hija yo creo que ese Don Raimundo solo pretende propasarse contigo. Que sois todas iguales, unas ingenuas…
-        Pero, madre parecía serio y decente y además conoce a Don Antonio. Y en la Notaria dicen que es de ley. Es un cliente habitual…
-        Hija no te confíes…
-        Total madre no pierdo nada. En Don Benito no saldremos nunca de este cuarto sucio. Aquí no hay futuro, madre. Puedo probar y si luego va la cosa bien me la llevo conmigo y…
-        Bueno hija como tu veas pero ten cuidado que lo tuyo muchos lo quieren…
 
Y unas semanas más tarde una llamada y un sí y unas clases de canto y baile y Zori, Santos y Codeso y la revista y la Gámez y Arniches y las comedias del cine y la televisión con aquello de los Martinez y siempre esa figura pinturera algo mas redonda pero también más rotunda y con esa sonrisa eterna y descarada y ese decir castizo y ese saber hacer tan instintivo. Y después papeles protagonistas en películas sin chachas, en Jarrapellejos (el Berlusconi extremeño) de mantenida con pretensiones, en La Casa de Bernarda Alba la criada que todo lo intuye, en Cría Cuervos con aquellos pechos infinitos y mas que se me pierden…
Leí en el periódico que se había muerto Florinda Chico de una insuficiencia renal y sentí pena, una pena pequeña y tranquila pero pena al fin.