
El ser humano se ha colocado fuera de la obra, se ha salido de ella; ésta se ha vuelto autónoma, y ahora aquél deviene cada vez más sustituible y prescindible. Se lo puede cambiar como se cambia una parte de una máquina, y también los resultados a que el hombre llega y aun sus conocimientos han nacido fuera de él; más que intervenir en los acontecimientos, lo que esos resultados y conocimientos hacen es orquestarlos. A medida que va desapareciendo la originalidad del ser humano dasaparece también su imprescindibilidad; con ello desaparece asimismo el respeto a él.
Simultáneamente se multiplican los aparatos, es decir: el arsenal de las armas del tiempo. En esto estriba el error de pensar que los aparatos — y en especial la tecnología de las máquinas — aniquilan el tiempo. Sucede lo contrario: los aparatos crecen sin medida y se nos acercan mucho porque otra vez ha vencido el plazo de la pregunta hecha al ser humano. Los aparatos son los testigos que el tiempo necesita para mostrar de manera sensible la superioridad de su poder. Si el ser humano da una respuesta correcta, los aparatos perderán su brillo mágico y se plegarán dócilmente a su mano. Es menester que se conozca eso.
En el camposanto, que se hallaba en plena floración. También me causa siempre deleite la estampa de niños jugando en un camposanto mientras sus madres se atarean en las tumbas. En una de éstas la planta llamada "corazones con lágrimas" o "corazones de María", que cuando echa flores resulta apropiada para las sepulturas. Un leve viento hacía que las rojas flores con lágrimas se columpiasen cual medallones. Estuve meditando sobre la losa de mi propia tumba, en la que desearía únciamente el nombre y las dos fechas; reflexionar sobre ello me resulta agradable.