Cuando alguna vez me he puesto a considerar las diversas agitaciones de los hombres y los peligros y trabajos a los que se exponen en la corte, en la guerra, de donde nacen tantas riñas, pasiones, empresas aventuradas y a menudo con mal fin, etc., he comprendido que toda la desdicha de los hombres se debe a una sola cosa, la de no saber permanecer en reposo en una habitación. Un hombre que tiene lo suficiente para vivir, si supiese quedarse en casa con placer, no saldría de allí más que para embarcarse o para vivir el asedio de una plaza. Si se compra un grado en el ejército a buen precio es porque resulta insoportable no moverse de la ciudad; y si se busca el rato de los demás y las diversiones de los juegos es porque no sabe permanecer en su propia casa placenteramente.
Pero cuando profundizo más en la cuestión, y después de haber encontrado la causa de todas nuestras desdichas, quiero descubrir su razón, advierto que existe una muy efectiva que estriba en la desdicha natural de nuestra condición débil y mortal y tan desventurada que nada puede consolarnos cuando pensamos detenidamente en ella (…)
De ahí que el juego y la compañía de las mujeres, la guerra y los altos cargos sean tan deseados. No porque proporcionen efectivamente la felicidad ni porque nadie se imagine que la verdadera dicha consiste en tener el dinero que se puede ganar en el juego, o en la liebre que se persigue: todo eso se rechazaría si nos lo dieran. No es su goce (…) lo que nos atrae, ni los peligros de la guerra, ni los conflictos de los cargos, es el aturdimiento que nos evita pensar en nosotros y que nos divierte.
Por eso los hombres gustan tanto del ruido y de la agitación, por eso la cárcel es un suplicio tan horrible, por eso el placer de la soledad es algo que no se comprende (…).
Blaise Pascal