Una historia de dolor

Estábamos acabando de comer cuando sonó el interfono de la puerta de la calle. Era don Julio, el profesor de gimnasia, que venía a buscarme para una competición de atletismo del torneo escolar: me costaba asistir a las mismas y siempre esperaba que se olvidasen de mí, pero con el profesor esperando abajo no me quedaba más remedio que ir. Remolón, me levanté de la mesa, me cambié, cogí las zapatillas de clavos y bajé. Ahí estaba don Julio y, en el coche, algunos otros compañeros de 5º de bachiller.

Me costaba acudir a aquellas competiciones, sobre todo cuando tenía que correr los 300 m lisos. Antes de empezar la prueba me ponía muy nervioso y pasaba un agobio grande. Quizá era la misma emoción de la competición pero eso no era tan intenso cuando corría otras distancias. En esos momentos quizá se me hacía vivo lo que iba a pasar en los metros finales de la prueba, cuando dolían muchos los muslos de las piernas y los glúteos. Nos explicaban que era debido a la falta de oxígeno en los mismos. Años después aprendí que gran parte del entrenamiento que se hacía en atletismo iba encaminado a aumentar la capacidad y musculatura del corazón para que suministrase una mayor cantidad de sangre en esos momentos. En mi caso, las últimas semanas me quedaba al acabar las clases y don Julio me entrenaba para que cuando llegase ese dolor siguiese corriendo.

Ese sábado del mes de marzo, hacía bastante frio y en la zona de salida, antes de la prueba, me asaltó el nerviosismo habitual en esas ocasiones. Años más tarde, entrenábamos tres del mismo equipo para una prueba similar, 400m. Uno de ellos era el mejor en los entrenamientos. Sin embargo, cuando llegaba una prueba dormía mal por los nervios y el rendimiento en la competición disminuía. El otro de los tres fue olímpico y llegó a ganar dos campeonatos de Europa. Cuando suena el disparo de salida, me olvido de los nervios y toda la atención está en correr. Al empezar la curva cojo un poco de inclinación en la misma para correr mejor. A la salida de la curva y empezar los últimos 100 m me encuentro con que estoy en primera posición y con distancia respecto a resto. No bajo el ritmo. Cuando faltan unos 40 o 50 m empiezo a notar el dolor habitual, pero sigo adelante, sin bajar el ritmo. No me llega el aire y trato de aspirar todo el aire posible. En una ocasión me enseñaron una foto mía corriendo esos últimos metros y la cara que llevo es de ver. Llego a la meta con cierta distancia sobre el resto y sigue el jadeo compulsivo. Se acerca un profesor del colegio, cronómetro en mano, y me dice que he hecho muy buena marca y que podría batir el record nacional. Cuando dicen los tiempo por los altavoces el mío es 37.4”: 37 segundos y 4 décimas. Una décima más que el record nacional de 37.3”

Unas semanas después se repite la escena de don Julio tocando el interfono para que baje. Los nervios antes de la prueba, la carrera y de nuevo los 37.4” una décima de segundo más que el record nacional.

El colegio se clasificó para el campeonato nacional de atletismo, balonmano y baloncesto. El primer día por la mañana tenía la fase clasificatoria de los 300 m. era un día de primavera soleado. Ese día no había habido la escena del portal. Para entonces el dolor en las piernas no era tan intenso, o no le hacía el caso de antes. Al finalizar la prueba, que había ganado, me senté en la tribuna delante de los jueces. El profesor del colegio del cronómetro, se acerca para decirme que esta vez sí había batido el record, a mí me sorprende porque no había puesto un empeño especial en la prueba. A los jueces se les veía hablar entre ellos y cuando anuncian los tiempos me dan 36.6”: nuevo record nacional. En esos campeonatos corrí varias pruebas más de atletismo y el colegio quedó campeón nacional de atletismo. También jugaba al balonmano en el que quedamos terceros.

Unas semanas más tarde bajé el record a 36.6”. Como cosa anecdótica, unas semanas después en los campeonatos nacionales federados, en el mes de julio en Oviedo, bajé ese tiempo a 35.6” algo imposible. Y tanto que era imposible, el juez de salida se había equivocado y habíamos corrido 10 m menos.

Por qué cuento estas cosas tan personales, ante un público intelectual, ajeno al deporte. Pues porque tengo que escribir un relato y espero que la gente sea discreta. El plazo de entrega acabó ayer y no se me ocurre ninguna otra cosa. También porque de esta manera puedo despertar un cierto agradecimiento a don Julio, que me enseñó a vencer el miedo al dolor que pueden surgir en determinadas situaciones. He escuchado recientemente a un médico decir que es el miedo al sufrimiento lo nos hace sufrir más en la vida. Me he acordado de don Julio en otras ocasiones, como cuando he tenido que hacer presentaciones en Congresos y cosas similares. También me he acordado cuando a un aficionado al ciclismo le he oído comentar, hablando de un ciclista de la zona, que era bastante bueno y no llegó a destacar, que la causa era que no sabía sufrir. Que ninguno se quede con la idea de que los ciclistas somos masoquistas: se disfruta mucho de las vistas y con el propio ejercicio. Hay otros deportes, como las carreras de maratón, en las que he oído decir que a una determinada distancia empiezan a doler las piernas y uno tiene que lidiar con el pensamiento de abandonar la prueba, sobre todo cuando pasa al lado de un banco, y que ese es el momento crítico de la carrera, si se supera las posibilidades de llegar son grandes.

 

Gonzalo Alvarez de Toledo