Almas calmas

Entonces no sabía qué era yo, no sabía excavarme

aún no sabía

Ahora tampoco pero estoy más cerca.

Blanca Sarasua

 

 

Según parece me he ganado mi alma y, con unos lápices de colores que llevaba en mi maleta, he bosquejado un relato corto, demasiado corto (pudiera ser que contuviera una semilla de más calado); llevo unas cuantas cosas más en ella pero para qué enumerarlas. De tarde en tarde me acerco al café, a tomarme algún espiritoso que me permita sacar lo que llevo dentro; las cosas pasan por encima o por nuestro través pero, a veces, no dejan huellas o, al menos, eso damos en pensar. Mientras el cuerpo elija caminar, estaré aquí guardando los recuerdos.

Hace mucho tiempo, en tal entorno atemporal, comenzaron las escaramuzas literarias de nuestras almas. Aunque las fuerzas del tiempo consiguieron que el establecimiento se transformase y convirtiese en otra cosa con ecos más comerciales, el sino de más de un siglo de tradición, aconsejó que volviera a ser lo que era y había sido siempre: parada y descanso de la vigilia, pequeño templo con mesas donde departir, tomar y cavilar; y también refugio del mundo que venía siendo cada vez menos habitable.

El ramillete de elegidos para la misión había sido reclutado entre los lectores impenitentes de aquella antigua y recia industria que se resistía a desaparecer; amen de algunos oficinistas (aquí me brota oscuros pero no lo voy a escribir) que archivaban sus papeles, tras haberlos leído con detenimiento, en el centro de Babel, en la dársena solitaria de no haber barcos ni mar que contuviesen sus anhelos. Eran capilla en el tráfago del mundo y, nadie lo niega, se podría aventurar que no se trataba sino de una serie de almas mal contrapesadas que se habían hecho fuertes acodándose unas en otras.

Las heridas invisibles no habían conseguido desangrar al cuerpo motriz que vivía, lloraba, quizápensaba, y, por qué no augurarlo, sufría sin saber el motivo de tal silencio pero en comunión. Los paquebotes hace tiempo que no atracaban en el café porque sus días habían terminado; surcaban otros mares desconocidos y en calma, mares que quizá ya Conrad llevara en su interior y que iba describiendo poco a poco en los obras como libros que creaba. Sólo un remolcador, viejo y oscuro, quedaba a la deriva atado a un café solo, un coñac ambarino y un puro enano que aparecería en las postrimerías de la puerta giratoria.

Aquel resuello largo había dado para escrituras y lecturas por doquier, y para esa risa manantial que se coronaba de tal sabiduría incandescente desconocida para la mayoría de las gentes. En las paredes repintadas una y mil veces tal vez se hubiera remansado un brillo reflejo de tardes de encuentro, pero no se sabe a ciencia cierta pues ni los diarios y ni las luminosas pantallas han dado fe de ese extremo. Sólo podremos encontrar un débil resquicio en alguna mirada perdida que añora, en un alguna mano que atusa el lomo de un libro y se conmemora ella sola; y es menester que ciertas palabras, oídas tras los bastidores de madera que delimitaban las áreas de mesas, fueran indicio de algo oculto que servía para vivir (aquí me surge y para morir pero como tan solo es una divagación sin valor, debo desestimarla hasta que empíricamente seamos capaces de recitar a coro ese axioma).

El futuro, pura distopía sin esperanza y ni prerrogativas de mejorar, yace vacío y oscuro en la sentina; nuestro capitán lo sabía y por eso, antes de partir a la más larga singladura, nos sonrió después de reconvenirnos por alguna lectura que lo estragaba pues pienso que no entraba en sus cánones, y nos lo quería hacer ver de forma estruendosa.

Releo los párrafos que he escrito y veo que no han mejorado mucho estas letrillas, zumo del alma que cobijo, aunque bien es verdad que algo puede colegirse tras leerlas. Y rememoro y pienso que me he elevado un tanto sobre aquel personaje al que Melville dio vela en este entierro; y cómo farfullaba sin falsedad aquello de preferiría no hacerlo a modo de culminación terrible de la inacción, a la que casi todos vencimos año tras año horadando la dura piedra de la pereza. Este escritor se me encadena a aquel esteta loco que nació en Buenos Aires, que sin saber la razón, me viene al corazón pues venció a la loca e inmunda blancura del papel pensando en que su única misión era desvelar el novelón que en algún lugar estaba ya escrito.

Levanto el rostro sobre las gentes que entran del yermo Babel; pausadamente (aquí se me presenta ¿fuera del tiempo? y lo dejo entre interrogantes) dejan sus esmorfones quietos y silenciados en el bolsillo de la chaqueta y no le echan ni una triste mirada en las horas muertas que les esperan; por el contrario se acercan al anaquel bendito y toman algún clásico que ponga coronación al licor y al café, a la prisa enferma que atenaza ya toda el alma. De tal suerte que las cabezas miran hacia abajo durante un excurso de dilatada duración – diríamos, una nada en la eternidad – que salva sin haber sido jamás crucial en la misma antesala del pensamiento.

Hay cada vez más cabohorneros en este templo, y curiosamente han aceptado vivir otras muchas vidas leyéndolas; ya, ni por asomo han cruzado el Cabo de Hornos aunque su estética lo recuerde, y sus rostros metálicos parezcan mostrar las putadas de la existencia; pero salvo alguna honrosa excepción, son simples seres desmadejados que quieren puerto seguro mientras pasa el temporal – que no amaina. Las jornadas de estiba y desestiba continua han debilitado el Norte y han hecho perder de vista la estrella Polar, el lejano Sur existe pero ha desaparecido de los mapas y no habrá cómo encontrarlo… Además, hay mezclados entre ellos ancianos como en actitudes secretas (¿seré yo uno de ellos?) los cuales han perdido el regusto del mundo y ya no quieren recuperarlo. Sentados leen o dormitan con un ínfimo consumo que se renueva con la ginebra que de tarde en tarde celebran y los hace ajenos al mundo. En consumiéndola sacan papeles y lápices para registrar detalles sobre los restos del naufragio, tan magnos que es imposible no recordarlos.

Mi alma ahora palpita; el relato necesita un final que sorprenda y no es fácil, compañeros de las armas convertidas en letras. Qué contare que pudiera interesar a esos ojos tras las monturas doradas, ojos fieles y viejos que se cerrarán leyendo (tal vez el embozo cubra la faz pensativa sobre las vergüenzas del tiempo y aquestos ojos puedan ser despedidos con esperanza o al menos con fe en ella). Qué escribiere que a todos convenza o, al menos, cuente algún cálido (¿o pálido?) secreto sobre la existencia. Y el momento viene a salvarme porque, aunque me creía solo, no soy todavía esencia…

Respira el local por la puerta giratoria que al girar hace mella en mis recuerdos: un extraño extranjero entra sonriendo con traje ajado, sombrero fiel y bigote despierto; más que caminar flota sobre las viejas baldosas y sus anteojos relumbran como recordando la luz del Tajo y la vista lejana que la conmueve del Alentejo; su sonrisa es sardónica y graciosa a un tiempo. Detrás, también de oscuro y tocado con sombrero, un ser alargado y pálido, de cara huesuda, de profunda mirada y de cara huesuda, que se acerca y se acoda en la barra con el primero; aunque su interior parece movido por la incandescencia, rezuma una tranquilidad tal que si se hubiera agarrado a un haz de la infinita esperanza que desechó en otro tiempo. El último, nuestro capitán, entra sonriente y con los brazos abiertos como para proteger a sus amigos que ya están pidiendo vino de Oporto. Se miran y no pronuncian palabra en su perfecta comunión. El alcohol les suelta la lengua y no importa que hablen las diferentes lenguas de Babel que se entienden misteriosamente y el diálogo se hace tan brillante que deciden sentarse en los escaños. Piden una ronda más de oportos para continuar con sus asuntos que no sé por qué presumo literarios; es inútil interrumpirles y romper el encanto de esa reunión que se alargará sin duda. El más atento a esa mesa, servidor que como en un sueño debe marcharse no sin antes observar de pie, a una distancia prudencial, a los tres hombres en sus gesticulaciones magnificas y en sus tonos suavemente convincentes. Ríen y peroran con displicencia al tiempo y sus efectos. Excepto el hombre pálido de traje oscuro, los otros dos empiezan a fumar y se hace una nube que todo lo transfigura y casi los hace desaparecer; pero el que desaparezco con tristeza soy yo mismo, y con mi cojera vago caminando por la Gran Vía hasta el lecho, que descansa del tiempo y sus efectos. Babel desaparece y sueño que comparto con los tres hombres mesa y vino de Oporto en mi propio escaño; pleno en mí mismo he sido salvado por mis sueños que duran una eternidad...

 

El maestresala