Lenguaje

—¡Hasta luego, Ernesto!

Ernesto acodado en una barra más bien estrecha y corta, rodeada de armarios repletos de sándwiches, dulces, ensaladas plastificadas y otras viandas de consumo rápido se gira como un resorte e inicio un gesto de complicidad.

—Alberto, vente pacá, tenemos que hablar, campeón.- Y le engarfia un brazo, jalando de el con fuerza para detenerle en seco.

—Me pillas con un poco de prisa tengo que revisar un caso que me urge…

—Venga tío te hagas el ocupado que ya sabemos que los que os dedicáis a eso de las enfermedades raras o estáis esperando o de brazos cruzados.- Le interrumpe el acodado.

El detenido por la fuerza asoma un gesto de fastidio casi imperceptible y se gira para disponerse a escuchar a su compañero.

—¿Qué quieres tomar? Yo he pedido un americano doble.

—No sé, ya he tomado café antes.- Vacila - …Pídeme un té con limón, por favor.

—Papito, ya has oído, sácate un té con limón…y para llevar como el mío.- Se dirige a un camarero de porte elástico y tez cobriza.

En el agostado jardincillo que precede a la cafetería, los dos colegas se aculan en el poyo de un ventanal ciego y de un bolsillo interior de su caqueta, el del café americano, extrae un objeto brillante, plano y deseable.

—¿Gustas?- Ofrece con media sonrisa.- Yo lo utilizo como desestresante.

—No, gracias Ernesto, con el té no combina bien

—Tú te lo pierdes.- Responde mientras vierte el contenido de tapón y medio de un líquido tostado en el café.- Seguro que ya te han puesto al día las cotillas de tu planta sobre los detalles del nuevo caso que nos ha llegado al Departamento, el chaval ese de los problemas de lenguaje…

—Sí, algo me han dicho pero todo por vía oficial, tu jefe nos informó a unos cuantos responsables de área…

—¿Raul?, jode, el tío como le gusta fardar…- Aprecia el del bolsillo interior de la chaqueta con un gesto impostado.

—Pues fue muy parco en detalles. Temía que algo se pudiera filtrar a los medios y prefería que los supiéramos de primera mano.

—Sí, será como tú dices o parecido.- Responde con un balanceo arrogante de su mano derecha.- En fin, al lio… me gustaría que le echaras un vistazo al chaval en cuestión y me des tu opinión, estamos un poco despistados y no sabemos cómo atacar el problema. En todo caso por si te sirve de aliciente, si acertamos y publicamos algo en Nature o así nos cubrimos de gloria, un subidón, macho.

—Eso es cosa tuya.- Le mira atónito y corta por lo sano.- ¿Cuándo quieres que me pase?

—Esta tarde estaría bien, estoy de guardia y nadie nos molestará.

—¿A las seis te parece bien?

—Mejor mas tarde para evitar moscones.- Acompañado por un giro copernicano de su dedo índice.

—¿Siete y media?

—Mejor a las ocho

—Es un poca tarde para mí pero si es importante, entonces…

—Pues claro, hombre, total para lo que hay que hacer en casa pronto…-Y así cierran la cita unilateralmente

Ernesto recibe a su colega sentado en una butaca reclinable de una habitación casi en penumbra de la segunda planta del área de Neurología. A su derecha tumbado con descaro en una cama de mecano-tubo, un adolescente manipula un móvil frenéticamente en un aparente juego sin fin. Viste un pijama azul hospitalario que deja descubierto el hombro del móvil. Pálido y con un flequillo de cazo, no se inmuta cuando Alberto entra en la habitación.

—Hola Ernesto, gracias por venir, tío.- Se levanta, le palmea la espalda con criterio y le dirige insistentemente hacia el pasillo exterior.- Mejor hablamos fuera un poco antes de que examines al chaval, ¿te parece?- No le deja responder y entorna la puerta al salir con habilidad.

Por el pasillo iluminado hormiguean familiares de los pacientes en un murmullo incesante, avanza la pareja de especialistas en dirección a la sala de enfermeras en la que irrumpe el neurólogo sin ser anunciado.

—Dejarnos un rato guapas, aprovechad para tomaros un café y relajaros.

Salen las enfermeras, apresuradas, precipitadas, dejan caer en su desbandada pequeños objetos del atrezo de la sala que rivalizan en ruido con los pasos decididos del invasor.

—¿Has leído el informe que te envié? –Se deja caer sobre una silla blanca debajo de una fotografía de una enfermara pidiendo silencio. El invitado asiente y se mantiene apoyado en la pared contraria a la derecha de un panel con los turnos de limpieza.- Perfecto, entonces habrás leído todos los análisis y observaciones realizadas al chaval, ¿cómo lo ves?

—No he encontrado referencias sobre el asunto, ni conozco casos que se parezcan lo más mínimo. Es raro. No creo que sea una enfermedad, patología o infección. Me inclino por un síndrome evolutivo con afectación genómica y…

—Vamos que no tienes ni puta idea.- Le interrumpe sin compasión el líder.- Lo mismo nos pasa a nosotros, estamos sobrepasados.

—Ernesto, te traduzco, podría ser una alteración no necesariamente perniciosa de la región peri-silviana del hemisferio izquierdo del cerebro. Me decanto a pensar que es un trastorno evolutivo que no se ha manifestado hasta esta generación y en este chico con incentivos culturales. ¿Está claro ahora o te hago un esquema sencillo?- Se muestra algo cínico el asesor por primera vez y encaja mal el giro el asesorado. Se rebulle en la silla, incómodo y dolorido.

—Jode, Alberto, que mal toleras las pullas humorísticas, que poco aguante, como se nota que no te relacionas casi con los colegas.- Sonríe cáusticamente el ignorante.

—Bueno dejemos las menciones personales y si te parece déjame hablar con el muchacho y extraer mis conclusiones que con mucho gusto compartiré contigo.

—Vale, tu mandas, compañero.-Y salen algo escocidos, las enfermeras los ven y se amontonan hacia esa dirección.

El muchacho continuaba aporreando el dispositivo y la luz de la pantalla creaba un curioso patchwork en la cara. Entró Alberto decidido y saludó sin éxito, segundos después se asomó Ernesto, sigiloso y se acodó en la puerta.

—Hola, me llamo Alberto Landís y soy médico jefe del Departamento de enfermedades Poco Frecuentes de este hospital.-Reoja ligeramente hacia la puerta.- El Doctor Veiga que se encarga de tu caso me ha pedido que venga a verte.- El chico no levanta la cabeza ni da muestras de haber recibido mensaje alguno.

—¿Podrías ser tan amable de decirme tu nombre completo, edad y lugar en dónde vives?- Pregunta algo confuso.

Varios minutos de un silencio metálico atrapado entre el tecleo digital y como fruto de una fuerza mágica que surgiera de algún centro telúrico, el chico arroja el aparato sobre las sabanas, levanta la cabeza con dignidad austrohúngara y habla.

—Por el interés, lo más feo hermoso es. De bien nacido es ser agradecido. A su pregunta mi padre decía que a buen hijo, buen nombre y oficio y me puso Ismael, el que escucha y Lopez me apellido, el hijo del Lobo, el que ama a su familia. Ismael Lopez y tengo quince y si no los tuviera los veinte no esperaría. Vivo cerca de aquí, con mis padres y guardo mi casa para que mi casa guarde.- Y calló.

—Y ¿dónde están tus padres ahora?- Pregunta el especialista sin hacer pie aun.

—No los necesito porque ando abrigado, como poco y duermo en alto para estar sano. Descansan, la noche está hecha para dormir y el día para descansar.

El asesor mira para a su colega insistentemente, buscando confirmación y este asiente y adelanta un paso hacia el perfil derecho del primero.

—A que es acojonante, ¿verdad?- le musita al oído de ese lado.

—Ernesto, ¿me haces un favor?

—Claro Alberto, pide por esa boquita de piñón.

—Vete un ratito a hacer cosas de neurólogo y déjame solo con Ismael, ¿quieres? - Puso cara de no comprender y el perito aprovechó el desconcierto y le desplazó suave pero firmemente hacia el pasillo, ya algo menos bullicioso.

—Ismael, ¿me dejas que te llame por tu nombre?

—Más vale el buen nombre que las muchas riquezas. - El enfermo miraba directamente a los ojos de su interlocutor, sin atisbo de turbación.

—Gracias, Ismael, dime ¿por qué hablas así? ¿lo sabes?

—Paréceme, señor, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la misma experiencia, madre de las ciencias todas.

—Ya, entiendo. - Con una media sonrisa mal disimulada. - Y ¿sabes por qué estás aquí?

—En prisión y enfermedad, se conoce la amistad.

—Sí, pero ¿te han informado de qué tienes? - El interrogador comenzaba a notar cierta incomodidad y le costaba mantener la mirada del adolescente.

—El oro hace soberbia y la soberbia necios. Te respondo más, no se puede decir lo que no se sabe, aunque, ya se sabe, la ignorancia es atrevida.

El especialista bajó la cabeza, reflexionó unos segundos y liberó su garganta.

—Creo que ya no tengo nada que hacer aquí. Gracias por tu sinceridad Ismael y deseo que te vaya bien. - Volvió la cabeza y añadió. - No creas casi nada de lo que te digan. Adiós Ismael.

—Espera no te vayas, déjame decirte algo. - Se detiene y escucha.

—El que nunca quiere equivocarse no hará jamás nada. La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar.

—Alberto, coño qué bien que hayas terminado ¿qué hacemos, entonces?

El desalojado tomaba café en la sala de enfermeras rodeado de algunas de ellas. Tras la pregunta se hizo un silencio oscuro en la estancia. Alberto detuvo su apresurado paso, se giró y se asomó.

—Pues yo me voy a casa que aun llego a ver Cachitos con mi hija. A Ismael dale el alta ya y déjale en paz. -Las enfermeras comenzaron a murmurar entre ellas, Ernesto apuró el café hasta las heces, Alberto tras unos instantes de vacilación termina. - Y tú, quizá convenga que pidas una excedencia para hacerte el camino de Santiago o algo así...

Joseba Molinero