Génesis 13:2

Mi nombre es John Rose. He cruzado desiertos teñidos del polvo de las ruinas, he atravesado desfiladeros de dolor, me he sumergido en mares de sufrimiento.

Mi nombre es John Rose. Hubo un tiempo en que mi piel estuvo manchada con la sangre de mi sangre.

Mi nombre es John Rose. Antes de ser elegido yo no era nadie. No vi la señal, no comprendí que Él Se había fijado en mí. Ésa fue Su voluntad.

Mi nombre es John Rose. Ésta es mi historia. Ésta es Su palabra. Yo soy Su profeta. Escuchad.

Desde muy joven supe que mi vocación me conduciría por los caminos del Señor. Mi padre fue Pastor de la Iglesia Metodista y entre los primeros recuerdos que atesoro lo veo sentado en su escritorio redactando el sermón dominical. Cuando abandoné la infancia comenzó a dejármelos leer antes del oficio del día del Señor. La orfebrería de sus frases, la ordenación de las mismas en párrafos, como si fuesen piezas de un engranaje mayor que en su lectura lograría emocionar y remover las almas de los fieles, me parecía una especie de arte arcano y maravilloso, inalcanzable para mí. Durante mucho tiempo, hasta que yo mismo comencé mis funciones como Pastor, la capacidad de componer textos tan minuciosos y a la vez tan sencillos, profundos y diáfanos al mismo tiempo, como los de mi padre, siguió estando más allá de mis capacidades.

Por entonces nacieron las Escuelas de Escritura, dirigidas en muchas ocasiones por autores de prestigio. Nuestra comunidad era pequeña, alejada de las grandes urbes y universidades, pero hasta allí acabó por llegar este nuevo tipo de enseñanza. Yo me convertí en su primer discípulo, y gracias a mi ejemplo la afluencia de alumnos se incrementó con rapidez. Las sesiones iniciales sirvieron para conocer algunas herramientas básicas de composición, pero sobre todo para establecer unos vínculos especiales entre profesor y aspirante a escritor, como decía Edith Howland, nuestra guía, como gustaba de llamarse a sí misma.

Lo cierto es que apenas llevaba unos meses en la Escuela cuando mis dudas germinaron y empezaron a crecer. Su eclosión se produjo con su última propuesta de escritura.

Al principio me pareció un tanto ridícula: «Una distopía esperanzadora». No le encontraba sentido. La definición de distopía decía algo así: «Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana».

En la descripción del término distopía me encontré una palabra que necesitaba de una mayor concreción a la hora de valorarla. ¿Alienación? De nuevo un breve dibujo del término: «Limitación o condicionamiento de la personalidad, impuestos al individuo o a la colectividad por factores externos sociales, económicos o culturales».

¿Cómo podía ser esperanzador algo con características negativas, y capaz de causar una limitación de la personalidad de un ser humano? Me había matriculado en la Escuela de Edith Howland con ilusión, dispuesto a aprender, experimentar y cubrir mis carencias, pero ya no estaba tan seguro de que ese lugar fuera el adecuado, no solo por propuestas como aquélla, incoherentes en sí mismas, y por mucho que Mrs. Howland insistiera en que esa posible idea terminaría por iluminar nuestra capacidad de escribir. Digamos que su particular personalidad exagerada y mesiánica impregnaba el ambiente de la Escuela. Solía lanzarnos de vez en cuando soflamas de carácter extremista; una de sus banderas era proclamar que rechazaba las vacunas. La última pandemia que había asolado a la Humanidad pocos años antes sólo fue una conspiración para controlar la sociedad, nuestras mentes, en un intento de conseguir un fin último que siempre ocultaba con un gesto soberbia. Me recordaba a Mussolini cuando concluía sus arengas levantando el mentón mientras se inflaba como un pavo real con las ovaciones de sus seguidores. A partir de ahí cada día nos advertía con admoniciones similares. Al principio lo tomamos como una manera de provocar nuestra imaginación, pero con el paso del tiempo nos fuimos dando cuenta de que no era ese su afán, más bien lo que perseguía era conseguir unos cuantos prosélitos para su alocada fe, fuera ésta la que fuese. ¿Qué podía ser una distopía esperanzadora? ¿Un régimen nazi triunfante, por ejemplo, siempre y cuando uno mismo fuera uno de los miembros de la raza superior?

Cada vez me resultaba más patente la imposibilidad de escribir algo con sentido atendiendo a tal binomio de palabras. Mi sitio no era aquél, me dolía mi error después de haber depositado tanta ilusión en aquella actividad. Así fue hasta que desde algún lugar en el recuerdo me alcanzaron unos versos de un poeta místico español del Renacimiento al que leí en mi juventud en alguno de los viejos volúmenes que mi padre atesoraba en su biblioteca, San Juan de la Cruz, aquellos que dicen de la soledad sonora. Un oxímoron, dos palabras o expresiones de significado opuesto que originaban un nuevo sentido. Reflexioné sobre aquel tropo y ya no me pareció tan ridícula la propuesta sino en verdad un reto. Acaso mi último escrito en la Escuela fuera ese (había decidido ya abandonar la paranoia de Mrs. Howland), cumplir con el encargo pero consiguiendo una historia que se alejase por completo de las alucinadas ideas de aquella persona. El desafío era doble, por tanto. Lo que no imaginé entonces era que sólo llegaría a escribirlo cuando ya estuviera viviendo de verdad en una distopía esperanzadora

Todo fue tan rápido que me llevó tiempo ordenar los hechos de aquellas semanas, más aún cuando entonces no supimos cuál fue el origen de todo lo que aconteció. Tampoco hoy lo sabemos a ciencia cierta, pero ya no es importante. Ahora puedo aceptar que mi maestra de escritura era consciente de alguna manera de lo que iba a suceder, su propuesta fue una señal que no descifré. Si lo hubiera hecho creo que mi cordura se habría esfumado en aquel momento. Fue Su voluntad que tal no sucediera.

En la otra vida, antes de lo que ahora llamamos la Gran Tribulación, leí mucho sobre la fragilidad de nuestro mundo, sobre la volatilidad de nuestras asunciones más férreas. Un estudioso cuyo nombre ya no recuerdo explicaba que sólo siete días nos separaban del hambre. Su hipótesis establecía que nuestras sociedades se habían vuelto tan dependientes de las redes, las comunicaciones, la interconectividad que un fallo masivo nos sumergiría en el caos. Algo así debió de suceder; una mañana de martes, a las 10,33 horas de la Costa Este americana, las aplicaciones sociales más comunes dejaron de funcionar. Luego fueron las páginas de los bancos, las de los centros oficiales, las de las grandes compañías. Dos horas más tarde internet había muerto. La inquietud inicial pronto se transformó en desconcierto, y de ahí al nerviosismo solo hubo un paso. Ese mismo día, ante la falta de información de un Gobierno que era impotente para restablecer ningún sistema, la gente se lanzó a los supermercados, primero con la intención de acopiar alimentos, pero pronto todo se transformó en un asalto salvaje y brutal cuando los responsables de los comercios, incapaces de evaluar la gravedad de lo que estaba pasando, se negaron a entregar sus bienes a cambio de nada. Y es que las plataformas de pago también habían dejado de funcionar aquella mañana, ya sólo se aceptaban pagos en metálico, y la gente decidió que no era el momento de detenerse en aquel pequeño detalle. Por supuesto las cadenas logísticas se esfumaron en la locura que sobrevino. Al día siguiente desaparecieron el fluido eléctrico y el agua corriente.

Setenta y dos horas más tarde los centros comerciales de las ciudades ardían, arrasados por la ira y la desesperación de unas personas que ignoraban que lo peor aún no había llegado. Los siete días que nos separaban del hambre resultaron ser un plazo optimista. Los que confiaban en que el orden regresaría en breve de la mano del Estado optaron por atrincherarse en sus hogares. Pero cuando el poder organizado y la autoridad desaparecen pronto surgen las mafias y la delincuencia. El resultado diez días después era lo más parecido a una guerra civil con múltiples contendientes donde los antiguos cuerpos de policía se habían transformado en unos banderizos más. Pronto se inició el éxodo a ninguna parte de la población, manadas de seres indefensos y desorientados que pagaron con sus vidas la inocencia que acarreaban. Hubo un atisbo de luz, de esperanza cuando tropas del Ejército intentaron organizar el flujo de refugiados que huían de las ciudades. Se apagó pronto ante la avalancha que asaltó los puntos de control, una ola enorme que los barrió y que dejó a su paso miles de muertos y ningún futuro. Fue de esa manera como perdí a mi mujer y mi hija. Las explosiones y los disparos arrasaron la zona de reagrupamiento, los soldados se defendieron hasta que optaron por retirarse con los pocos cientos de personas que habían logrado acceder a los camiones y autobuses. Aún veo los semblantes de Ruth y Esther deformados por el miedo mientras la turba las arrastraba lejos de mí. A partir de ese momento no recuerdo nada, ni quién me ayudó, ni cómo conseguí salir de aquel lugar. Nada. Nunca las volví a ver, nunca supe nada de ellas. Tampoco he albergado jamás ninguna esperanza, su mirada me lo dijo todo y con ella he tenido que penar todo este tiempo, sintiéndome culpable por haber sobrevivido. Pero esa fue Su voluntad. Somos débiles, y aún después de haber comprendido el plan que subyacía bajo toda la desgracia, aun siendo como soy Su profeta, el padecimiento continúa en mi corazón. Sólo soy humano.

La distopía acababa de empezar. El mundo se sumergió en el caos y la locura, algunos decidieron que podrían imponer de nuevo el orden detonando armas nucleares en puntos estratégicos. Afortunadamente la quiebra de todas las jerarquías fue de tal magnitud que incluso los arsenales atómicos quedaron fuera de combate. Un año más tarde el planeta se había transformado en un infierno desolado en el que muchos de los supervivientes de las primeras olas de destrucción decidieron no seguir adelante.

En realidad de todo esto me enteré mucho más tarde, cuando el fragor de los incendios cedió paso al silencio de las cenizas, cuando la furia de los desesperados se tornó en la desesperanza de los vencidos. Tal fue el horror que incluso el instinto de supervivencia individual terminó por quebrarse. El de la sociedad humana en su conjunto había caído ya en el fango desde el primer momento. Yo tuve suerte, fui elegido y así escapé a la hecatombe inicial y a las plagas que asolaron los restos del naufragio.

Cinco años después llegó un nuevo amanecer y yo estaba ahí para verlo, para participar en la Segunda Oportunidad, para redactar el Nuevo Evangelio, la Buena Nueva que habría de dirigir a la Humanidad.

Mi nombre es John Rose. A través de mi mano y mi pluma es Él quien os habla, soy el profeta de la paz y la esperanza.

Mi nombre es John Rose. Os he contado el espanto. Aguardad, y conoceréis el futuro.

Mi nombre es John Rose. Coged mi mano y os conduciré hacia la luz.

Mi nombre es John Rose. Recordad que Su poder es infinito. Él nos creó. Él nos ha destruido. Él nos concede esta resurrección.

**Informe 3/234-2987. Reinicio de la versión 13.2. Reset al 95%. Análisis de Resultados. Investigador: Annakis TromWald – MCPhTL – Universidad de BetelgeusePrima – EC3124

Según decisión de la Academia de Virtualidad, se procedió a iniciar la simulación 13.2 mediante el modo «Apocalipsis Tecnológico». Las dinámicas sociales se ajustaron a lo previsto en los modelos Ginko-Paloba y generaron un derrumbe general de la civilización en los plazos esperados. La extinción alcanzó al 99,32% de la población. La desaparición de bienes materiales se elevó a un 87,23%. Los medios naturales del planeta remanentes después de la estabilización fueron de un 56,92%. Sin embargo, a pesar de que los rangos de aleatoriedad definidos en el modelo se incrementaron en un nivel en la Escala Core, los resultados que se obtuvieron no variaron frente a los ofrecidos por simulaciones anteriores: el individuo John Rose interpreta su salvación como obra de ángeles del Señor (ver informe 345/57EB) cuando sólo se ha producido como fruto de las meras dinámicas de subsistencia y solidaridad habituales en situaciones de catástrofe. Desde ese presupuesto está creando una nueva organización que denomina Iglesia Resurrecionista de los Primeros Días que con el tiempo impregnará la sociedad naciente hasta transformarla en una teocracia del tipo II según la escala de Dyson. La evolución futura es conocida según las simulaciones desarrolladas por el equipo del Supervisor Mukil Afanivowe el año pasado.

Como conclusión de este informe, y a tenor de lo expuesto anteriormente, proponemos el archivo definitivo de la simulación 13.2.

Roberto Sánchez