De cómo Andres Hernando llegó a ser asesor legal del alcalde de Muniatín

Acontecía aquella temporada que dos amigos de buena tesorería y un tanto ociosos, prestaron atención a las consejas del diablo que no descansa y vieron por construir una gran chanza a costa de otro buen amigo que cerca malvivía pues no disponía ni de oficio ni de beneficio, no en vano había sido despedido de su ultimo empleo hace ya una buena pieza.

Ginés y Pedro, que así se llamaban los dos burladores, frecuentaban al alcalde de una villa más grande que pequeña que no queda lejos de su lugar. Y con el convinieron los detalles y los actuadores.

Citaron al bueno de Andrés en una venta cercana a la villa y mientras daban buena cuenta de vino y queso, Ginés que pasaba por gran discreto, le dijo: “Andresito, el alcalde de Muniatin te requiere como asesor y tú no le puedes hacer de menos. Sabe de tu discreción y sentido y te quiere a su lado para los casos de difícil resolución”. Andres, vizcaíno de cuna, le contestó mirándole de lleno. “Ginés, sabes bien mi condición, si me quieren me encuentran, aquí está Andrés el de Mallabia, para lo que sea menester”.

Una gran comitiva del consistorio y de los naturales de la villa recibieron a Andrés como al virrey del Perú e, incluso a los que estaban al tanto del busilis de la argucia, se admiraron de su traje, gordura, barbas y pequeñez, poco acostumbradas en autoridades y señores de alto rango.

“Querido Andrés, caes en este consistorio como agua de Mayo, tu sabiduría y discreción son bien conocidas y no hemos sido ajenos a ellas. Te agradecemos tu generosidad al aceptar venir a darnos luz. Seas bienvenido”. Así se expresó el alcalde Muniatín, Don Cosme Alcaucín, en el cortejo de recibimiento a Andrés. Y éste le dijo, “No hay por qué darlas. Feliz vine y feliz sigo”.

Se disolvió la comitiva, se inquietó Andrés e invitó el alcalde al interior del noble edificio. Al final de un lóbrego pasaje junto a una pequeña pieza de aparejos, un billete sobre una seca puerta rezaba: Andrés Hernando, Adviser. Andrés miraba circunspecto el mensaje y el acalde extrañaba la espera. “Aviser, no entiendo bien esa palabra. Yo me llamo Andrés Hernando, así es desde que vine al mundo, pero mi madre que en gloria esté, se llamaba Lujandio y no Aviser como canta el legajo ese”. El alcalde algo mohíno ante la queja de Andresito, explica ex catedra, “Andrés, “advaiser”, que se dice así, significa en legua anglosajona, consejero, lo que tú eres”. Andrés no encaja bien la locución del mandamás y sugiere. “Alcalde, me llamo Andrés y soy lo que soy, respiro, como y hablo y si me llaman voy, no hace falta alguaciles presentadores, ese chandrío está de más”. Don Cosme admirado de la disposición llana de su consejero, incómodo y algo corrido, le señala el salón de plenos, próxima estación de la chanza.

El alcalde preside la sala encofrada y oscura y a su alrededor se dispone el cabildo concejil en pleno y autoridades de diferentes negociados. Andrés toma asiento en un escaño lateral escoltado por sendos alguaciles festonados. El regidor se entiesa y se dirige solemne a los allí congregados. “Se abre audiencia de probatura de oficio para Andrés Hernando. Comisario de Villa, proceda cuando lo desee”. “Gracias señor Alcalde. En mi función de comisario de Villa solicito respuesta de los dos siguientes casos de decisión jurídica al pretendiente. Caso primero, la plaza de secretario del consistorio quedó vacante ante la baja de por jubilación de Don Pedro Garcia Vara, tres opositores presentaron oficios de idoneidad para cubrirlo. A su derecha los cartapacios con los talentos y recorrido de cada uno de ellos. ¿Quién a su juicio presenta mejor disposición y discreción para la plaza? Andrés atendió algo amoscado a toda la retahíla del vocero y dijo. “Señor Comisario, mucho me temo que no podré responderle en este mismo momento tal y como usted desea”. “Y ¿cómo puede ser eso así, Don Andrés o por otro nombre Don Andresito?” “Señor comisario, váyase poco a poco y no andemos ahora a deslindar nombres y sobrenombres. Andrés me llamo, y no Andresito, pregunte usted si así lo debe hacer pero no falte donde no hay dónde.” El Comisario, al cabo de la burla y gran discreto y conocedor de mofas y befas, encogió el gesto y volvió por su camino. “Conteste por favor y dejémonos entonces de rodeos”. “Ya le dije que no podría contestar ahora que preciso de una prueba previa”. “Y ¿a qué prueba se refiere el Señor si no es molestia?”. “Necesitaría ir con los tres a la taberna y con un plato de queso y un vaso de vino en poca pieza sabría quién es digno para tal plaza”. Se admiraron todos de una respuesta tan discreta y justa y se levantó un murmullo de aprobación.

El comisario de Villa voceó el segundo caso tras una seña del Alcalde. “Caso segundo, donde el concejal de urbanismo y alcantarillado fue sorprendido en maniobras truculentas respecto a los dineros, alcabalas y portazgos de esta Villa ¿Qué propone nuestro pretendiente Don Andrés? Afearle el gesto en privado, ignorarlo y exigirle promesa de contrición o acaso pedirle renuncia con sueldo honorario. Andrés se mesó las bravas y frunció algo el ceño, se levantó del escaño deteniendo el movimiento de los escoltas con su mano abierta y dijo: “Nada de eso Comisario de poco fuste, yo le propinaría tal paliza que no pudiera levantarse en al menos tres semanas y ya repuesto lo arrojaría a los brazos de los pagadores de esta Villa que creo estarán felices de conocer al que roba sus esfuerzos. Y dicho esto me voy a comer que ya va siendo hora, ¿no lo creen así, sus señorías? Se levantó ante el alborozo general y salió de la estancia seguido a paso de marcha por el alcalde y demás autoridades.

Se sentaron a comer todos los presentes durante el acto de probatura, el comedor de techos altos y mesas de nogal pulido lucia como en las mejores ocasiones, manteles de hilo, vidrios de la Granja, porcelana de Manises, cubiertos de plata de La Rábida y tremendos manjares dulces y salados, de la mar y del monte, de la huerta y del campo. El Alcalde obsequioso pero algo amoscado tras la exhibición del nuevo asesor le entrego una licencia municipal como asesor del Regidor, Andrés la recibió de buena gana entre los parabienes de los comensales cercanos (los demás ya daban buena cuenta de las viandas). El nuevo asesor municipal quiso imitar a estos últimos pero un personaje algo verdoso y de chaqueta amarilla que manejaba una vara de avellano con destreza le paró la mano ya casi tocando la pierna de un gorrino asado con su manzana en boca y todo. “¿Qué le pasa a usía que no me deja coger porción de este suculento animal?”. “Señor Don Andrés, sepa usted que yo soy el nutricionista encargado de su salud y porte y observo que su condición de carnes no es la más adecuada para su nuevo cargo y le ruego se abstenga de catar ese alimento porque no le conviene en absoluto.” Andrés se decidió entonces por una brillante pieza de fruta que lucía en bandeja de plata como un apolo encendido. Y nuevamente la vara le tuerce el brazo. “Señor Andrés, sepa usted que esa fruta tan apetitosa es fuente de azucares muy mucho peligroso para su sangre y vísceras”. Andrés más que colorado ataca una porción de queso de buen curar que había un poco más lejos y una vez más la vara llegó antes que su mano a la golosina. “Señor Andres, tampoco le conviene ese queso tan blanco y tan oloroso, no le dejará asentar el estómago y le producirá enormes gases sulfúreos.” “Y dígame usted señor Mayor de la Marca, me puede decir entonces que puedo comer porque ya me ronca la tripa desde hace ya un rato”. “Pues yo le recomendaría un poco de leche fría para refrescar el cuajo de las glándulas y acaso una uva que le saciará sin duda”. El caballero de amarillo miraba de cuando en vez al Alcalde que le sonreía con aprobación y regocijo. En estas y tras un rato de reflexión en silencio y sin poder llevarse bocado a las quijadas, Andres se levantó con mucho ruido de silla y asiento, se sacó del costal un documento y se aproximó al Alcalde que comía a cuatro manos y reía sin parar. “Señor Alcalde” gritó Andres y el regidor se levantó sorprendido y algo acosado por el burlado. “Sepa usted que renuncio a esta birria de trabajo que usted y mis dos falsos amigos me han agenciado”. Y le deja el papel de la licencia al lado de su codo izquierdo. ”Renuncio porque un trabajo que no te da de comer, que precisa de identificaciones solemnes, que no sabe de la vida, los afanes y del honor y que solo produce risa y burla alrededor no es trabajo ni es nada. Y si quieren ustedes reírse mírense al espejo o pregunten a sus mujeres y encontraran buena chanza en poco que se afanen”.

Vale.

Joseba Molinero