Ernesto Onofre y marcó el número de su contacto en la policía municipal. Este ya le había procurado valiosísima información sobre la ubicación y rutinas de una tribu de indigentes que había despertado su curiosidad, así como algunas referencias de varios fulanos que podrían ser de su interés, al objeto de facilitarle la empresa que se llevaba entre manos. Necesitaba concretar unos pocos detalles para ultimar la inminente visita a los infiernos.
La breve conversación que mantuvieron lo satisfizo plenamente.
–¿Todo listo, entonces?
–Sí.
–Que sea hoy…
–O.K.
Al día siquiente, se relamía de contento, recostado en el sillón del escritorio, con el periódico abierto de par en par. El titular que destacaba en la página de sucesos era sobrio y explícito: “MUEREN OCHO PERSONAS EN EL INCENDIO DE UN EDIFICIO ABANDONADO EN BOLUETA”. La noticia detallaba que se trataba de indigentes y “okupas” que dormían en las antiguas oficinas de una fábrica de lámparas. Señalaba que ya se habían iniciado las investigaciones, que no se descartaba ninguna hipótesis, pero que algunos indicios hallados en el lugar de la tragedia apuntaban a que podría haber sido provocado.
“Qué sabrán ellos. Solo hablan y hablan para caldear el cotarro. Pero ni la huelen, ni la olerán nunca””, farffulló entusiasmado por los primeros resultados de la operación que había puesto en marcha. “Todo va bien, el plan funciona, soy un auténtico ángel”, se halagó ufano.
Se sabía a buen recaudo de cualquier sospecha. La organización que dirigía era monolítica, sus integrantes obedecían ciegamente a sus dictados. Era el líder, el padre ideológico que proyectó los principios y los fines de la causa que unía al grupo. No en vano, se había forjado como intelectual en los colegios más prestigiosos y en la mejor universidad privada de Madrid. Y puso todo este bagaje de conocimiento al servicio de una cruzada en pos de la consecución del individuo humano perfecto que, a su vez, conllevaría a la conformación de una sociedad de seres supremos.
Cerró el diario y acarició el lomo del libro que reposaba sobre la mesa. “Esto si que es la gloria, una obra inmortal”, se dijo. Y comenzó a rumiar la reciente lectura del mito de Sísifo. Le había producido una sensación más placentera que la de la ingesta del más rico de los dulces que jamás degustara. “Los clásicos son la fuente de la sabiduría. Hay que acudir a ellos para palpar la verdad”, pensó jactancioso. Y predicaba con el ejemplo. Le interesaba afianzar ciertas ideas acerca de la selección natural de los individuos humanos, de la pertinencia de la estratificación social que ddimanaba de esta y de lasoledad existencial a la que todo sujeto está abocado. Y para el caso, recurrió a la obra de Albert Camus.
No entendía por qué no se quiere admitir que todo individuo está solo, desnudo en su individualidad, y que la sociedad, el supuesto ámbito de las relaciones y la comunicación entre los individuos humanos, es una constelación de soledades en competencia, algo así como un circo donde abundan los magos de las ideas, los prestidigitadores de los derechos y deberes, los domadores de inadaptados, los contorsionistas de la formación-deformación-información, los funambulistas de la utopía, los equilibristas de los títulos de propiedad y capitales bancarios, los saltimbanquis de la política, los trapecistas de las palomitas y toda suerte de mercaderías y los payasos de la apariencia. Un circo que ofrece una única función ininterrumpida, que entretiene, despista, anima, aburre, subyuga, lacera, sobrecoge, solivianta, adocena, obnubila, adormece o mata; pero nada más, no libera a nadie de la soledad.
¿Resultaba tan grotesco convenir que la soledad era una derivada de la individualidad? ¿Entrañaba algún trauma saberse y gustarse solo? No, claro que no, Justamente, este era el principio vital, el punto de partida en el reto de la humanidad plena que, según él, pasaba por la adquisición y posesión de bienes materiales y el ejercicio del poder sobre los otros miembros de la sociedad para marcar terreno, establecer una jerarquización de los individuos humanos por razón de su potencial económico o poderío fáctico y distinguir entre personas con derechos y privilegios y entre individuos con entidad meramente numérica y nominal.
“Es tan evidente”, se decía. La lucha diaria por la supervivencia, la brega por la prosperidad y la pelea por la prevalencia sobre los demás representaba el exponente de la selección natural de los individuos humanos, sujetos de materialidad y de poder, antes que personas. La confrontación se producía en el portal de cada vivienda, en cualquier acera o parque, en cualquier rincón de la ciudad, allí donde trasiegan sus vidas los afectados por las dentelladas del infortunio, allí donde transitan por la vida en sentido contrario a las agujas del reloj del orden social preestablecido.
El panorama se presentaba poco halagüeño. A los gurús modernos les había dado por el buen rollo de la armonía social, basada en la equiparación de derechos para todos los individuos humanos, a los que ahora consideraban ciudadanos con todas las de la ley, en el desarrollo de un proyecto de humanidad integral. Pero esta ocurrencia no era sino anhelo de lo imposible, una tentativa de romper los límites y querer que todo el mundo sea lo que no es.
¡Vaya desatino! ¿Por qué iba él a hacer ningún amago siqiera de acercarse a los náufragos en su propia mar de soledad e impotencia? ¿Por qué debía amar al prójimo, cuando este adolecía de la dignidad de persona, cuando no se amaba ni se gustaba a sí mismo, y si lo hacía, era de un modo desnaturalizado o enfermizo?
No, él no estaba para rescatar a individuos a la deriva en el lodazal de la sociedad. Solo faltaba eso… Muy al contrario, se había propuesto, en la medida de sus posibilidades, hacerlos desaparecer del entorno. ¿Qué era ese cuento de la burbuja enajenante de la circunstancia social, de la desintegración del individuo en la masa social y de su radical incomunicación? ¡Patochadas de “lamecharcos”! ¿A él qué le importaban los “tuercebotas” de Bilbao? Obviamente, nada. Eran simple gente, figuras sin rostro, habitantes anónimos o fantasmas que pululaban por las calles. El nacimiento y la muerte de cada uno de ellos, la vida cotidiana de cada individuo, con su ir y venir, sus ocupaciones o sus aficiones, los sentimientos, las preocupaciones, las alegrías, las frustraciones, las desgracias, los proyectos, los sueños, las creencias, las costumbres y las pasiones en absoluto eran de su incumbencia.
Cada cual debía arrostrar su existencia y posicionarse ante la propia vida. La mayoría sucumbía a la tentación de compartirla conviviendo en sociedad y participaba en el juego de forma interesada, solapando su soledad con pautas de conducta formales y danzando al ritmo impuesto por los creadores del baile de máscaras social. Otros individuos se empeñaban en la reconstrucción de proyectos vitales ajenos truncados, se erigían en los valedores de la caterva de miserables que abundan en la sociedad y les servían de cordón umbilical con el entorno social. ¡Ilusos! ¡Como si fuera posible conformar una comunidad uniforme o un marco de relaciones igualitarias!
Le repugnaban unos y otros: los primeros, por conformarse con ser comparsas en su propio periplo vital; los segundos, por postularse de quijotes verbeneros. Él se sentía muy por encima de ellos. Tomó el camino correcto, ese que conducía a encerrarse en sí mismo, a prescindir del resto de los seres humanos y a convertirse en un ángel. “Dios siempre estará solo, los ángeles también lo están, y la soledad es su grandeza”, escribió eufórico en su bloc de notas.
Desde bien joven, tuvo conciencia de que la vida se descubría simultáneamente como un amargo cáliz y como un bien. Quería vivir, por mucho que se avinagrara con la savia acídula de la vida y padeciera en propia carne la parte sórdida y profundamente aciaga de la existencia. Quería vivir para disfrutar del capital de la vida. Ahora, que ya era cuarentón, sabía que este consistía en alcanzar a ser dios, el único dueño de su destino. No había otra posible dignidad de persona, tanto que quien declinaba ser dios, no sería nunca persona. La lucha a ultranza por la vida no era otra cosa que el afán por lograr este objetivo.
No podría hallar mejor referencia que la del Mito de Sísifo para refrendar estas convicciones. Se veía reflejado en este personaje de la mitología griega que fue castigado por los dioses a transportar por la eternidad montaña arriba una pesada roca. Nada más ganar la cima, la roca se volvía a caer por su propio peso, de modo que debía llevarla de nuevo a la cumbre. Una vez en ella, la roca se despeñaba sin remedio. Indefectiblemente siempre sucedería así. Era el fatídico pago por la afrenta hecha a los dioses.
Camus desarrollaba la idea del ser humano absurdo, ese ser insignificante condenado a sufrir la consciencia de la inutilidad de su vida. Para Ernesto Onofre, es lo que le ocurría a la práctica totalidad de los mortales. El esfuerzo incesante y baldío de Sísifo tenía un parangón en las vidas de los individuos modernos, vidas que se consumían en trabajos estériles de toda índole y que resultaban tanto más infructuosas y fútiles cuanto más eran malvividas sin pasión de vivir o discurrieran anodinas al albur de un conformismo denigrante.
Nadie debería discutirlo, vivir era la razón última y radical de los individuos humanos, pero no vivir por pura pervivencia, sino vivir para constituirse en dios. Vivir era recomenzar, no abandonarse a la suerte de los designios dictados por otros. Significaba ser uno mismo, autocrearse. La vida debía ser vivida lejos de corrupciones deshumanizantes, dependencias castrantes y filiaciones miserables. No había que darle más vueltas.
De la misma manera que Sísifo comprendió que lo que constituía su tormento suponía también la infinita satisfacción de saberse señor de su propio hado, al igual que lo crucial era recoger la roca a pie de montaña y subirla a la cima, él se persuadió de que lo que realmente importaba era el empeño por llegar a la cúspide de la existencia. Eso era ser dios.
Quien no quisiera llevar a lo más alto la pesada carga de su propia humanidad o quien fracasara en esta ascensión a la cumbre de la vida, en la consiguiente caída y en la ineludible vuelta al principio, no merecía la dignidad de persona. Este era el caso de los parias, los golfos, las putas y los mendigos de la ciudad. Le parecían detrito humano que sobraba y que había que erradicar del espacio urbano. ¿Qué aportaban a la sociedad? Suciedad, molestias, vicio e incomodidades. ¿En qué contribuían a la convivencia ciudadana? En nada, solo generaban gastos e inseguridad. ¿Acaso producían algún bien útil? No, eran parásitos inveterados o predadores de prestaciones públicas. ¿Mejoraban siquiera un ápice la condición humana? Vaya pregunta… Categóricamente, no.
¿Quién podría cometer el disparate de proyectar la excelencia de la humanidad contemplando semejante tipología de individuos? Un perturbado, un caradura o un demagogo. Solo de barruntarlo, le entró la risa. Se le iluminó el semblante. El camino estaba expedito. Iría más allá que Sísifo, no solo hollaría el pico de la humanidad con el pesado pedrusco de la individualidad al hombro, sino que, una vez en el vértice, lo arrojaría para aplastar a todos los seres insignificantes que hallara en su recorrido. La primera pedrada había surtido ya efecto.
Nicolás Zimarro