Lo intangible

Cuando despertó la idea seguía allí, ahora solo se trataba de elaborar una historia que le diera consistencia y hallar a alguien con la combinación adecuada de inocencia, egolatría y dinero a quien endosársela. Los había que compraban estatuas invisibles, ¿por qué no iban a adquirir su idea? Él les iba a ofrecer algo tangible, un Velázquez. Ni más ni menos.

En el reducido mundo de los millonarios excéntricos y coleccionistas de obras de arte, sin duda el de mayor renombre era Pierre Lambert. Unos meses antes había adquirido un lienzo pintado por un elefante con nombre de kebab turco. Un millón de euros se embolsó el dueño del bicho. Anteriormente había pagado casi cinco millones por un cuadro de Emmanuel Laurent, un esquizofrénico ingresado en el Sanatorio Psiquiátrico Valjan de Lyon. El tipo arrojaba unos cuantos cubos de pintura sobre un lienzo para a continuación tirarse sobre él y rebozarse como una croqueta en pan rallado. El mismo vídeo de la performance del acto creativo, bastante desagradable por otra parte, se incluía en el precio. Henri se frotó las manos mientras entraba en el baño para su ducha matutina. Se palmeó las nalgas varias veces al ritmo de la Marsellesa; Allons enfant de la patrie, canturreó reforzando la última palabra con una sonora palmada en los abdominales. No hay más patria que el dinero, concluyó al sentir el agua caliente sobre su cuerpo depilado.

Lambert aceptó la primera entrevista sin poner ningún impedimento, mencionar un Velázquez desaparecido abría cualquier puerta a pesar de la lógica prevención. En ese punto era donde entraba en juego su labia, su elegancia de experimentado marchante y su genuina cara dura. ¿Cuánto podría pedirle a aquel cretino? ¿25 millones? Menos sería un insulto para el difunto genio. Mientras aguardaba en una salita de decoración pretenciosa, recargada con estucos dorados, brocados y oropeles, Henri repasó sus argumentos y tácticas. En el combate que se avecinaba cualquier factor podía ser decisivo. Lambert, además de rico, ingenuo y engreído era un reconocido miembro de la comunidad gay, en realidad una locaza sin remedio. Ataca por ahí, Henri, y lo tendrás en tus manos. Comienza tu historia en la Nochebuena de 1734, en los aposentos de Jean Ranc…

–… pintor de Corte de Felipe V, el rey español de la época.

–No me es desconocido el nombre del artista, Monsieur…, perdone, no recuerdo su nombre… –dudó el coleccionista.

–Henri, Monsieur Henri Mistral –le aclaró la duda mostrándole su espléndida dentadura y marcando los pectorales debajo de la camisa.

–Sí, sí, perdone –se disculpó Lambert con un brillo en los ojos muy prometedor–. Creo que algunos de los cuadros de Ranc se hallan en el Museo del Prado, El retrato de Felipe V, si no me equivoco.

–En efecto, Monsieur Lambert –Henri le dedicó una luminosa sonrisa en reconocimiento a su sabiduría pictórica.

–Pero usted me habló en su carta de Velázquez…

Henri se lanzó sobre la presa. Jean Ranc, además de pintor de la Corte, era uno de los más afamados libertinos del Madrid de la época, libertino en el sentido… joyeux del término. Hizo una breve pausa aguardando algún gesto de entendimiento del otro.

–No se ande con circunloquios, Monsieur Mistral, me está usted diciendo que Jean Ranc era homosexual. Desconocía ese punto.

Henri se aclaró la garganta. Era cierto, la Historia ha eliminado ciertos datos de sus páginas, pero si tenía paciencia comprendería cómo disponía él de tales informaciones. Por aquel tiempo el pintor de Felipe V andaba ya por los sesenta años, aunque el ardor de la carne aún no se le había extinguido y la lujuria ocupaba gran parte de su pensamiento. Le atraían sobremanera los jovencitos, y en la Corte abundaban los camareros, sirvientes, guardias y demás ralea de las tiernas edades que eran del gusto y solaz de Monsieur Ranc. Muy consciente de su posición y privilegios, Ranc no se privaba de ejercerlos y así disponer de unos buenos traseros cuando le apetecía.

Lambert se acomodó en el asiento y se cruzó de piernas, a buen seguro ya tenía una buena erección. El ataque progresaba por buen camino.

La Nochebuena de 1734, ya finalizada la cena, Ranc alegó una indisposición para eludir su presencia en la Misa del Gallo junto a Sus Majestades. Y es que aquella noche había convocado a una decena de adolescentes en sus aposentos. Cerca de la medianoche, cuando las campanas de San Ginés llamaban al rezo, debían de estar todos bastante bebidos; Ranc, en paños menores, se dedicaba a perseguir a los desnudos jovenzuelos por las estancias. Al parecer, en su lúbrico desenfreno, en sus alocadas carreras, algunos leños ardientes de la holgada chimenea rodaron por el suelo. Tan apasionados e intensos debieron ser los ayuntamientos de todos ellos que cuando se quisieron dar cuenta las llamas ya habían prendido en las colgaduras de la gran habitación.

–Vaya, una lástima –murmuró Lambert con la lengua seca de excitación. A Henri le quedó claro que no era por el incendio en ciernes sino por la orgía interrupta.

­–Quizá lo desconociera, Monsieur Lambert, pero en España es un hecho famoso.

–¿El qué, las orgías del maestro Ranc? –se extrañó el coleccionista.

El incendio, el incendio del Real Alcázar de Madrid. En unas pocas horas la residencia del monarca se convirtió en una tea para quedar reducida a un tizón humeante al amanecer. Esa noche unos 500 cuadros desaparecieron en el incendio, por fortuna unas 1.500 obras consiguieron ser salvadas. La pasión sodomítica de un anciano y unos cuantos jovencitos ocasionaron la mayor tragedia de la Historia del Arte de la que se tiene noticia.

–Ignoraba esos hechos… Entonces, Monsieur Mistral, usted dispone de uno de los cuadros supuestamente desaparecidos, me atrevo a suponer…

–En efecto, Monsieur Lambert. Permítame que le muestre esta imagen…

Con un pase de prestidigitador extrajo de su cartera un portafolio con un retrato de Felipe III, de perfil y con la mirada elevada.

–Tiene cara de bobo en esa pose, ¿no cree, Monsieur Mistral?

–Como casi todos los monarcas españoles, pero eso no nos interesa ahora. Si se fija bien, la imagen no representa un retrato al uso; los monarcas generalmente posaban de frente. En realidad esta imagen es solo un boceto preparatorio para una composición mayor del maestro Velázquez. Precisamente la que vengo a ofrecerle, Monsieur Lambert.

–Mon Dieu! –exclamó el otro, más excitado aún, si ello era posible, que con la historia de desenfreno del pintor Ranc –. ¿Qué obra es esa de la que usted me habla?

–¡La expulsión de los moriscos! –casi gritó Henri–. ¿Se da cuenta? Después de casi 300 años está usted a punto de disponer de esta obra maestra perdida. Tendrá la esencia del maestro entre sus manos.

–Pero…, ¿cómo ha llegado a su poder? –era la pregunta esperada. Como decían los taurinos españoles, había llegado el momento de entrar a matar.

Uno de los antepasados de Henri era un soldado de la Guardia Valona del Rey, en realidad uno de los jovencitos que habían participado en la orgía. Enfrentado al incendio, acabó comportándose de una manera heroica, quiso cumplir penitencia por sus desafueros y participó en la extinción de las llamas. Su gesto se había transmitido en la tradición familiar de los Mistral de generación en generación.

–Fascinante, Monsieur Mistral –gritó Lambert con los ojos brillantes mientras le acariciaba la rodilla. Henri no la retiró y prosiguió con la historia.

Su antepasado logró arrastrar el lienzo fuera del Salón de los Espejos, donde se encontraba. El fuego ya había prendido en el marco y la tela. Él trató de apagarlo con sus propias manos desnudas, pero no hubo manera.

–Pero, ¿qué me está contando? ¿El cuadro se quemó de verdad?

–Así es, Monsieur Lambert –respondió Henri impasible

–Entonces…

Henri volvió a abrir su cartera, extrajo otra fotografía y con aleteo afectado de sus manos se la extendió al millonario. Allí aparecía La expulsión de los moriscos: un marco vacío y chamuscado, con algunas trazas de pan de oro fundido, colgado en una pared blanca que resaltaba aún más el color negruzco de la madera. Sobre el suelo, justo al pie del marco, unos montoncitos de ceniza distribuidos a lo ancho de la obra. Lambert examinaba la foto sin pestañear, con el ceño fruncido y la lengua asomándole entre los labios. Henri examinaba cada variación en el rostro del coleccionista. Su propia cara solo traslucía seriedad y trascendencia, sin embargo por detrás de sus ojos pasaban los recuerdos de aquella jornada gloriosa con Armand durante la que habían pergeñado el engaño. Armand, su último amante y ebanista consumado, había tallado el marco copiando descaradamente las volutas y retruécanos del de Las Meninas, lo habían dorado con pan de oro, le habían colocado un lienzo comprado en Leroy Merlin pintado de cualquier manera y después le habían pegado fuego mientras se bebían una botella de champagne. Después habían echado el mejor polvo de su vida. Y ahora, todo estaba a punto de concluir, la sonrisa que afloraba en los labios de Lambert así se lo anunciaba.

–Esto es fantástico, único, el colmo de la originalidad. Las cenizas de un Velázquez…

–Así es, trecientos años en nuestra familia, conservado con primor. Le puedo asegurar que cada gramo de la ceniza original se ha conservado. Además pondré a su disposición todos los análisis químicos y certificados que avalan la antigüedad de la madera, la probable composición del lienzo y los pigmentos, todo, por supuesto, confirmado por los más importantes laboratorios de la empresa Roche Deutschland Holding GmbH, en Grenzach-Wyhlen.

Firmaron el acuerdo de compraventa, 25 millones de euros y un rápido encuentro sexual en el fastuoso dormitorio de Lambert.

–Querido Henri, todo esto ha sido muy satisfactorio. Para celebrarlo deberíamos recrear el origen de su historia. A los jovencitos invito yo…

 

Roberto Sánchez