Se ha perdido el gusto por recorrer los caminos, los viejos caminos que articulaban el paisaje. Han desaparecido cuando no han sido suplantados por carreteras o permanecen sepultados bajo la maleza que borra su huella. Ya no es posible detenerse ante una de esas encrucijadas, que en nuestra lengua llamamos bidekurtze, y dudar cuál tomar. Ni tampoco contar con la ayuda de un hombre que trabaja en una heredad cercana, para que nos indique el camino deseado aprovechando la ocasión para hablar del tiempo y de la cosecha. Todo parece que está abocado a morir en estos tiempos liquidadores en que nos ha tocado vivir. Muere el camino de ventrudas y pulidas piedras, muere la tapia de grises sillares que lo bordea, mueren los añosos árboles que cubren sus márgenes de doradas hojas. Y con estas muertes también muere uno de los temas más entrañables de nuestra poesía.
No sé qué significado tiene el divagar sobre los caminos. Vivimos imbuidos de tanto progreso o seudoprogreso y de tanta ciencia o seudociencia, que andamos empeñados en hacer desaparecer todo aquello de aire viejo y caduco en pos, creo, de un hipotético progreso y bienestar. Anulamos geografías ensoñadoras marcadas por el estrecho vínculo del hombre con el medio natural. El pesaroso y atribulado hombre corre asustado, a gran velocidad por unos inciertos caminos de asfalto cerrados con mallas metálicas a las que asoman sugerentes vallas publicitarias. Ahora nadie recuerda, que un tanto de misterio es necesario para la fantasía... No hay misterio en la vida, ni en el ambiente... (Pío Baroja).
Los viejos caminos, repito, ponían al hombre en contacto inmediato con escenarios llenos de misterios, donde las caprichosas formas de la naturaleza escenificaban sus temores y creencias. La fantasía y la realidad se confundían. El entramado de sinuosos caminos se desvanece. También es verdad que es distinto el hombre que aún transita por ellos, tanto si pertenece al medio como si haraganea nostálgicamente. A lo sumo el desocupado alegrará su caminata con el devaluado relato de una historia de caminos de boca de un campesino. Y con mucho esfuerzo imagina que allí acaecían sucesos fantásticos. A pesar de todo siento la vital necesidad de recorrerlos en este agradable tiempo de otoño.
Una soleada tarde cualquiera mientras uno se entretiene en recoger unas castañas desparramadas entre el esponjoso musgo de los márgenes de un camino, se encuentra con un hombre que va de camino a casa después de trabajar en el monte. Anuncia su presencia un perro de enmarañadas lanas, que ladra sin descanso. Nos saludamos, y me dice que ya son pocos los castaños, encinos y robles. ¡Daba miedo andar de noche! Contaban mis abuelos que de vuelta de un banquete de bodas, que se celebró en el solitario al que lleva este sombrío camino, al llegar a ese cruce de ahí abajo, vieron un gran fuego en torno al que bailaban unas sombras en forma de personas. Al poco pasan dos ruidosas motos, que rompen bruscamente el misterio del camino. Vuelvo a la realidad, y pesaroso repito para mis adentros:
¡Ay de mí! El invierno ya viene y ya se marcha,
pero el dolor retorna con el girar del año.
Percy Bysshe Shelley.
Maltrechos y solitarios caminos de los que van desapareciendo los últimos ecos del aliento humano. Sepultados quedan entre las espinosas zarzas, que tejen una oscura y tupida mortaja. El tiempo al que vivimos encadenados trae el olvido. El padre no podrá transmitir la magia del camino al hijo. No se detendrán cansados de la caminata en un recodo umbroso, ni habrá ocasión para sacar del bolsillo un manoseado libro de poesía y leer al niño, por ejemplo:
Mira los concentrados avellanos que ciñen
esa vieja y gris piedra, guardad del fulgor
del sol de mediodía...
Wordsworth
En ese mágico momento los signos del poema se mutan en cimbreantes varas de avellano.