Merlin y familia

Enviado por maestresala el Vie, 25/02/2022 - 12:28

Alvaro con Aurora y Pilar de Moirón

Álvaro Cunqueiro fue una presencia permanente en mi infancia, pues salía en los periódicos a menudo y había ambientado su libro Merlín e familia en el pazo de mis tíos de Cachán, aquella casona a la que Felipe de Amancia se acercó con nueve años recién cumplidos para servir al mago Merlín y que se encontraba a menos de cien metros de la casa donde nací y viví hasta los diez años. Lo que yo no sabía por entonces es que el mago no era Merlín, sino Cunqueiro. Allí me llevaba mi padre de visita todos los domingos para jugar a las cartas con mi abuelo José María y con el tío Moirón, que era el primo hermano más querido del escritor de Mondoñedo y se había casado con Cándida, la hermana de mi abuelo. Los cuatro hijos de Moirón, por su parte, eran los hermanos que mi madre no había tenido, porque era hija única, de manera que fueron siempre nuestros parientes más cercanos y queridos. Cunqueiro, tras una larga cura de silencio y retiro después de la negra sombra de la posguerra, era ya por entonces un escritor famoso y reconocido. Había ganado el Premio Godó de Periodismo en 1967 por un artículo dedicado a Sánchez Mazas, y el Nadal en 1969 con Un hombre que se parecía a Orestes. La prensa, cuyos recortes coleccionábamos y guardábamos como oro en paño cada vez que salía una noticia suya, así como los ejemplares del Sábado Gráfico donde publicaba todas las semanas, le daba trato de héroe nacional y hasta había quien lo citaba como futuro premio Nobel. En su infancia, Álvaro había venido mucho a Miranda de vacaciones, incluso en una ocasión se vio obligado a pasar una larga temporada allí por culpa de una epidemia de tifus en su Mondoñedo natal. De hecho, en algún artículo recuerda cómo iba a la taberna del Rulo, en As Rodrigas, a echar cuentas cuando era un niño espigadillo y feble, y narra la noche en que cerca del pazo vio también con los ojos abiertos como cuncas a un mensajero del rey Herodes que iba camino de Finisterre con el terrible mandato. Pues bien, en mis años de pantalones cortos, Cunqueiro todavía regresaba a la casa de sus abuelos maternos para disfrutar truchadas con amigos como Castroviejo, Molina y Del Riego, y para celebrar las fiestas patronales de San Pedro y San Pablo. Cuando yo supe de su existencia, sin embargo, ya había abandonado Mondoñedo y vivía en Vigo, donde dirigía el periódico local. El uso de seudónimos relacionados con la familia (Patricio Mor o Benito Moirón, entre otros) y las muchas veces que cita a nuestro tío Moirón y las estancias del pazo en sus escritos dan fe del enorme aprecio que sentía por sus parientes de Cachán y por aquel hogar donde nació su abuela.
[...]
El escritor Charles Dickens escribió que Caperucita Roja fue su primer amor. El mío fue Álvaro Cunqueiro, o mejor dicho, su mago Merlín. Álvaro descubrió a Merlín en los tiempos del instituto leyendo aquel capítulo del Quijote que trata sobre la bajada a la cueva de Montesinos, y yo descubrí a Merlín leyendo a Álvaro. Por eso dije alguna vez que Álvaro es como Cervantes o, por lo menos, mi Cervantes. En honor a la verdad, sin embargo, debo aclarar que, antes de conocerlo en forma de libro, yo ya tenía tratos con Merlín, pues mi abuelo, que era un narrador oral de muchos quilates (algo así como el cuentacuentos en jefe de la familia y mi Sherezade particular), todas las noches me contaba un cuento para que me quedase dormido e incluía la historia de Merlín junto a las clásicas de lobos y de hadas. Normalmente, sin embargo, era mi abuelo quien se dormía, y yo me quedaba soñando despierto. Por entonces yo solo conocía a Álvaro Cunqueiro de oídas y no tenía ni la más remota idea de que el escritor de la familia había usado el pazo de mis tíos para ambientar allí la primera de sus grandes historias, pero, gracias a los relatos de mi abuelo y a mi imaginación levemente cubista, ya creía en Merlín con la misma fe ciega con que creía en Dios y en la Virgen María. De manera que Merlín, aquel santo laico, fue una presencia permanente en mi infancia y nadie cuestionaba su existencia ni su pasado. En realidad yo tenía que haber titulado este capítulo Merlín y mi familia, porque Merlín formaba parte de nuestra mitología doméstica. Cuando yo era un crío, en mi casa para referirnos al pasado remoto no hablábamos de la época de María Castaña ni del general Prim, ni tan siquiera de Cristo, sino de los tiempos de Merlín.

José Besteiro

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