En una época muy lejana asistí al Hay Festival, el de Segovia, señoría, no el de Hay-on-Wye, en Gales, mis recursos económicos siempre fueron modestos, hace ya mucho tiempo que no se valora a los catedráticos de Humanidades, estamos en vías de extinción, nuestra sabiduría se resume ahora en unos cuantos artículos mal redactados en la Wikipedia y… Sí, disculpe su señoría esta digresión, regreso al asunto, como usted dice. Verá, me temo que ya quedaremos muy pocos capaces de explicar en qué consistía tal festival (un encuentro de escritores y lectores, algo insólito en la actualidad). De todas formas tampoco guardo un buen recuerdo. Cuando conoces a un escritor en persona te das cuenta de que la mayoría son unos pedantes insoportables y engreídos, y en aquella ocasión me encontré a varios. Sé que no es justa mi apreciación, es puramente subjetiva, claro, pero eso ya no importa mucho, ¿no? Ya no quedan escritores, me parece. Un efecto colateral de aquellos días fue la ruptura con mi novia de entonces, ella se decía escritora y todo aquel montaje me abrió los ojos sobre su personalidad. Pero esa es otra historia, señoría, no se inquiete, no creo necesario abordarla en este momento.
Cuando era pequeño mis padres me regalaron una máquina de escribir, una Olivetti Lettera 32, un artilugio fascinante que hace poco conseguí vender por una cantidad muy respetable. No voy a perder el tiempo explicando su funcionamiento, lo pueden consultar en interné. A raíz de aquel regalo me aficioné a escribir cuentos, historias, poemas, pequeñas novelitas de terror, de intriga. Todo de la más ínfima calidad, claro. Como una cosa lleva a otra, pronto comencé a leer obras de autores que sabían escribir de verdad. A partir de entonces me dediqué más bien a plagiar; era el entretenimiento inocente de un niño gordo, sin amigos, víctima de eso que desde ahora se denomina bulling, por usar el anglicismo de turno. Infeliz, en resumen. En aquella ocasión en Segovia a un grupo de escritores les preguntaron qué harían si tuviesen que elegir entre escribir y leer. Su respuesta fue unánime: todos dijeron que dejarían la escritura, pero jamás la lectura. Fue mi segunda epifanía (la primera se produjo cuando deduje yo solito las ecuaciones de Kepler, pero eso no viene al caso, señoría), comprendí la causa de mi desazón cada vez que me sentaba delante de una hoja en blanco. No volví a hacerlo, en el sentido creativo del término, quiero decir. A partir de ese día, la lectura pasó a ser mi única pasión.
Por favor, tenga paciencia, estoy presentando mi defensa, quiero que su señoría comprenda la razón de mis actos, no estoy divagando, es necesario que usted disponga de los antecedentes que dieron lugar al hecho que aquí se juzga. Fíjese, he empleado la palabra pasión; en el diccionario de la RAE se define pasión como apetito de algo o afición vehemente a ello. Es importante conocer el significado exacto de las palabras, su etimología incluso. Fíjese bien de nuevo, señoría, fíjese en la expresión afición vehemente. Si alguien supiese usar un diccionario acudiría de inmediato a consultar el adjetivo vehemente y podría leer en su primera acepción: que tiene una fuerza impetuosa. En su tercera acepción, y referida a una persona: que obra de forma irreflexiva, dejándose llevar por los impulsos.
En conclusión, la lectura es una afición de una fuerza impetuosa que puede llevar a alguien a obrar de una forma irreflexiva, a dejarse llevar por los impulsos. Eso es lo que me sucedió, señoría.
Es cierto que la tarde de autos entré en la cafetería donde sucedieron los hechos que aquí se juzgan; podríamos decir que llovía con vehemencia si pensáramos que algún tipo de inteligencia superior controla los fenómenos atmosféricos. Mi único objetivo era guarecerme del temporal hasta que amainara, jamás hubo un afán de provocación por mi parte. La clientela del local era variopinta, por ello no me sentí fuera de lugar. Es cierto que la edad media era bastante inferior a la mía, pero muy a menudo me sucede que no soy consciente de haber llegado ya a una edad octogenaria. Tampoco deseo que esta circunstancia sea un atenuante, solo quiero dar fe de que mis costumbres pueden ser diferentes, acaso anticuadas, no lo niego, pero en modo alguno voluntariamente ofensivas.
Tomé asiento y oteé alrededor. Las luces del sitio eran tenues, quizá por ello me fijé en que casi todas las mesas estaban ocupadas por grupillos de jóvenes pendientes de sus teléfonos móviles; sus rostros se mostraban macilentos, azulados, estroEn una época muy lejana asistí al Hay Festival, el de Segovia, señoría, no el de Hay-on-Wye, en Gales, mis recursos económicos siempre fueron modestos, hace ya mucho tiempo que no se valora a los catedráticos de Humanidades, estamos en vías de extinción, nuestra sabiduría se resume ahora en unos cuantos artículos mal redactados en la Wikipedia y… Sí, disculpe su señoría esta digresión, regreso al asunto, como usted dice. Verá, me temo que ya quedaremos muy pocos capaces de explicar en qué consistía tal festival (un encuentro de escritores y lectores, algo insólito en la actualidad). De todas formas tampoco guardo un buen recuerdo. Cuando conoces a un escritor en persona te das cuenta de que la mayoría son unos pedantes insoportables y engreídos, y en aquella ocasión me encontré a varios. Sé que no es justa mi apreciación, es puramente subjetiva, claro, pero eso ya no importa mucho, ¿no? Ya no quedan escritores, me parece. Un efecto colateral de aquellos días fue la ruptura con mi novia de entonces, ella se decía escritora y todo aquel montaje me abrió los ojos sobre su personalidad. Pero esa es otra historia, señoría, no se inquiete, no creo necesario abordarla en este momento.
Cuando era pequeño mis padres me regalaron una máquina de escribir, una Olivetti Lettera 32, un artilugio fascinante que hace poco conseguí vender por una cantidad muy respetable. No voy a perder el tiempo explicando su funcionamiento, lo pueden consultar en interné. A raíz de aquel regalo me aficioné a escribir cuentos, historias, poemas, pequeñas novelitas de terror, de intriga. Todo de la más íboscópicos bajo la luz de las pantallas. De vez en cuando unos se inclinaban sobre el teléfono de sus compañeros y hacían algún comentario. En algunos rincones unas cuantas parejas se relacionaban con amistades lejanas, quiero suponer, porque entre ellos no se hablaban ni miraban. Me acomodé, dejé sobre una silla mi abrigo y delante de mí la novela que estaba leyendo en ese momento, Casa desolada, de Dickens. Se trataba de un volumen en tapa dura repujada en cuero y cantos dorados; ya no se encuentran ni en las librerías de lance, señoría. Siempre salgo de casa con mi lectura del momento, nunca se sabe cuándo puede hallar uno la oportunidad de disfrutar de algunas de sus páginas.
Mientras aguardaba al camarero abrí el libro por su punto de lectura, me ajusté las gafas y me sumergí en la historia. Mi tranquilidad fue breve. A los pocos minutos percibí una variación en el ruido de fondo del local. El leve murmullo que me acompañó al principio se había ido transformando en un bisbiseo desagradable; subió en decibelios y pareció que un enjambre de langostas revoloteará en torno a mí: eran los chasquidos de decenas de móviles fotografiándome cada vez con mayor descaro. El secreteo de los jóvenes iba quedando de lado, sus voces se elevaban iracundas. A mis oídos llegaron unos cuantos “puto viejo”, “de qué iba”, y otras lindezas que no deseo repetir. La verdad es que hacía tiempo que no entraba en una cafetería, así que no acertaba a comprender la causa del creciente alboroto que me impedía continuar con la lectura. El encargado del sitio tardó poco en plantarse delante de mi mesa, me tocó el hombro con más fuerza de lo que la buena educación hacía aconsejable y sin mayores introducciones me espetó que qué cojones creía que estaba haciendo. Supongo que mi rostro expresó mi incomprensión porque el hombre se avino a aclararme su anterior exabrupto. ¿No me daba cuenta de que mi actitud era asocial, ofensiva, una agresión para el resto de los clientes? Seguía sin entender nada, ¿qué había hecho yo? El tipo me arrancó el libro de las manos, lo meneó ante mi cara sujeto por algunas de sus hojas y me gritó que eso era lo que estaba haciendo, cómo se me ocurría mostrar mi desprecio hacia el resto de los clientes aislándome de aquella manera. ¿Es que no me daba cuenta? Me encogí de hombros al no verme capaz de seguir sus razonamientos. Pero ellos hacen lo mismo pendientes de sus pantallas, quise defenderme. El tipo me miró como si fuese una mierda de perro que acabase de pisar, incluso arrugó su nariz, apestado por mi supuesto tufo. Me tildó de cretino; ellos están interactuando con otras personas, usted es un egoísta que insulta al resto con su aislamiento patológico (esta es mi traducción de las palabras del camarero; en realidad se limitó a calificarme de puto anormal, señoría).
Durante toda la charla el hombre había estado agitando el libro ante mi cara. Subrayó sus últimas palabras, lo de puto anormal, señoría, con una sacudida del brazo; entre sus dedos se quedaron varias páginas arrugadas mientras el volumen se desplomaba inerte en mi regazo. Se giró hacia la penumbra del lugar y me lanzó su última amenaza, lárguese y deje de molestar si no quiere que le dé dos hostias. Varios clientes jalearon sus palabras emitiendo gritos guturales y lanzando miradas aviesas hacia mi persona.
Al ver mi ejemplar mancillado, herido, mutilado por aquel energúmeno me dejé llevar y actué de forma irreflexiva, señoría. Me puse en pie, sujeté el libro con fuerza y lo lancé a la cabeza de aquel botarate con tal mala suerte que sus dos kilogramos de peso le quebraron la base del cráneo. Me confieso culpable; nunca debí dejarme arrastrar por un impulso violento como el que aquí se juzga, por lo tanto acepto las consecuencias que de mis actos se deriven y la pena que desee imponerme. Solo le pido un favor, señoría, envíeme a una cárcel que disponga de biblioteca. Le juro que nunca más leeré en público.
Roberto Sánchez