Era un sábado soleado y tomaba un vino con mi padre. En la taberna entró un provecto señor sonriente, insultantemente sonriente, y abordó bromeando a mi padre de suerte que acabó narrándonos una historia ocurrida en el mar. Por aquel tiempo leía a Joseph Conrad y aquello que nos iba a decir caería en tierra fértil o quizá debería decir en fructífero caladero. La historia, en realidad, tenía sentido porque los protagonistas eran él – que se llama Bernardo – y mi abuelo materno, Emeterio, que está ya en el mar de la eternidad; no la conocía como muchas otras más que llenaron la vida de mi abuelo, con lo que caí en la cuenta de que frecuentemente se subestiman las vivencias de nuestros mayores y no se transmiten de abuelos a hijos o nietos, menos aún, cuando el protagonista es más bien parco en palabras y no da importancia a los avatares que vivió, que padeció.
Bueno será que, para empezar, saque a colación el soniquete que repetía una y otra vez, y que hoy día nos puede parecer una extraña aberración. Nunca lo apreciamos pero si uno lo piensa desde el hoy, asusta. A los catorce años salí de casa con los zapatos del padre, era una de sus sentencias más repetidas que a fuerza de escucharla caía un poco en saco roto, porque nadie le preguntó nada sobre esa calamidad infantil. Sabíamos por lo que contaban mi madre y mi tía, que se marchó del caserío jovencito para trabajar de txo en barcos pesqueros de Bermeo. Nacido en 1903 en el barrio Urizar de Lemoniz, salía para el duro trabajo de la mar a una edad que parece más adecuada para juegos en la casa familiar. La tradición cuenta que en los puertos pesqueros vascos era normal tomar a un muchacho de aprendiz o grumete para hacer de él, con el paso del tiempo, un marinero. El apelativo cariñoso se desprende de la terminación de la palabra mutiltxo, muchacho en euskera.
Pues bien, es de suponer que mi abuelo paso su revalida en el mar de tal forma que los barcos que tripuló eran cada vez más grandes llegando a surcar los mares en buques mercantes e incluso con pasaje rumbo a América. Como también pronunciaba repetidamente esta palabra, marmitón, podemos pensar que él detentó el oficio en barcos ya de tamaño respetable y que designa a la persona que hace los más humildes trabajos en la cocina del buque.
Y mientras se sucedían los trabajos y los días, mi abuelo volvería a la localidad vecina de Gatika para dar palabra de futuro a mi abuela Inés, una de las hijas del cantero Martín Araquistain, natural de Itziar y, en aquellos tiempos lejanos, guarda del castillo de Butrón. También sabemos que por ser el hermano mayor era el heredero de la casa familiar pero, curiosamente y en contra de la tradición, Emeterio legó la propiedad de ese caserío a su hermano Tomás, visto que él ya tenía un modus vivendi en la mar.
Sabemos también que con el estallido de la Guerra Civil, y por ser hombre prudente, decidió no volver a casa durante unos años para quedarse navegando en barcos que hacían trayectos entre Inglaterra y otros puertos europeos. También sabemos por las fotos que le gustaba vestir elegante y que era normal verle con gafas oscuras, sonrisa socarrona y pitillo humeante entre los dedos. Lo que nos hace pensar que fue un hombre laborioso que fue subiendo en la jerarquía marinera para acabar de mayordomo en grandes barcos de la naviera Sota y Aznar. Su oficio era, pues, llevar la intendencia de cocina para tripulación y pasajeros en largas singladuras. Otra historia que repetía es que había llevado a gentes de Coros y Danzas – famosa sección de la Falange – a la Argentina sin haber obtenido usufructo de aquel viaje. Fue una respuesta, según cuentan las crónicas, a la visita que hizo Eva Perón a España y una forma que dar propaganda al régimen en el mundo exterior, lo que cuadra con el encaje a bolillos en la arenga de su delegada nacional Pilar Primo de Rivera:
España, olvidados los horrores sufridos, pueda estar alegre y vuelva a cantar y bailar sus bailes y canciones de siempre.
Y es ahora cuando se impone narrar la historia que Bernardo Atejada nos contó aquel soleado sábado, que sirve de testimonio a la larga vida de Emeterio y le da un matiz inquietante, o quizá sólo deba decir, una indeleble seña de identidad. Este hombre, oficial ayudante de mi abuelo, empezó su narración con el asunto de que le llamaba para contar las monedas que guardaba entre sábanas bajo su litera: allí había dólares, libras y cualquier divisa que sirviera para comprar género en los puertos y traerlo a casa sacando partido del buen ardid. Según Bernardo, era ley que se repartiera entre todos los integrantes de la tripulación y, en esta ocasión, el barco volvía tras hacer escala en algún puerto de Brasil con lo que no es difícil imaginar que habían comprado unos cuantos sacos de café. El buque tenía tres salas frigoríficas para el sustento: carne, pescado y otros. Esta última sala la habían vaciado de género y la habían llenado de café hasta los topes. La singladura ya terminaba y les quedaba hacer puerto en la Península cuando de repente, avisaron por la radio que debían desviarse al puerto de Santander y, que debían tener mucho cuidado con el oficial de Aduanas porque, recién salido de la academia, sería reacio a plegarse. Todos estaban asustados por lo que podría pasar con el cargamento de café.
Emeterio, con valentía, les dijo que no se preocuparan y que le dejaran hacer. De tal suerte que tras el atraque subió el oficial a cubierta, despierto y con gesto adusto. Mi abuelo le acompañó en la inspección del barco lo que les llevo un tiempo; cuando se acercaban a la fatídica puerta, se plantó delante cerrándole el paso y poniéndole un fajo de billetes en la mano. El hombre, circunspecto, parece que no tuvo arrestos para desestimar aquella propina primigenia.
Al transcribir esta historia y reflexionando, llegué a valorar en su justa medida este suceso de la azarosa y atrevida biografía de mi abuelo; lo que me lleva a recapacitar para recordar quizá la más famosa sentencia que repetía constantemente, siendo la más lapidaria dado que encierra una gran sabiduría – yo mismo la repito muchísimas veces – y no es otra que:
Hay que joderse, estamos atrapaos.
Ese era Emeterio Laraudogoitia, mi abuelo, callado y desconocido pero siempre espléndido, y en este precioso instante lo puedo contemplar en la cubierta de un gran navío, con las piernas en compás mirando el horizonte, como uno de esos lobos de mar que Conrad describió de manera legendaria; un poco dibujando el mañana en su imaginación con esperanza y no poca fe en su saber hacer. Seguramente que trabajó para las navieras que lo contrataron cumpliendo su deber a la perfección y, además, se llevó unos cuartos al bolsillo sin reparar en el origen humilde del caserío que le vio nacer ni en otros destinos que desestimó por entregarse al oficio del mar.
El maestresala