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Harriet S. Weaver
JAMES JOYCE – FRANZ KAFKA (DENTRO DE UN CAJÓN)
Viene como husmeando, mientras deja resbalar los faldones del Mackintosh por las heliconias. La fronda lo humedece, como si fuera una planta más, sus lentes redondas debajo del fardo mojado del cabello. Habla a un cajón que arrastra sobre la plancha húmeda de los tréboles, con detenimiento, como si se estuviera inventando una palabra mientras tanto.
–No se queje, Franz, Irlanda es diez veces más húmeda que esta isla. Y pronto estaremos al otro lado, con el Sr. Alighieri. En lo suyo, el clima es más seco. Volcánico, diría…
–¿Es necesario este contorsionismo, Sr. Joyce? ¿Tanto interés tenía en aprovechar el espacio y que llevara todos mis libros conmigo? Suerte que no son muchos… Aunque siempre pensé que ¡son tantos!
James, con su boca de pequeña sonrisa crustácea debajo del alguilla extraña de su bigote, se detiene y comprueba que los respiraderos del cajón, enverdecido por la salsa vegetal de su trasiego, se mantienen correctamente liberados.
–Después de todo le libré de que fuera con usted su amigo Max Brod. Y no sé si fue prudente, mientras usted no deje de llevar ese encendedor atado al bolsillo de su chaqueta…
Una vocecilla nasal emana del cajón, como el zumbido de un insecto:
–No entiendo esa ambición suya por llevarme ante Dante, a su Isla Central, amigo James. Y sobre todo este ocultamiento, ¡qué interés tiene en que no nos vean juntos, por favor!
–No es nada contra usted, querido Kafka. Recuerde que tenemos detrás a Steiner, que no pierde ocasión de mirarnos desde la Babel de su islote. Y a Borges, con su cacatúa amaestrada, que no deja de proferir: Los escritos de Kafka interesan al hombre; los de Joyce, al estilista.
–Creo que jamás me he sentido mayor cucaracha. Qué sentido tiene la vida, aunque sea eterna, si tiene el tamaño de este cajón…
–No desespere, mi admirado. Ya debería saber que no es necesario ni posible mostrarlo todo en el asunto literario. Por desgracia. Ni tampoco en el de la vida. Ya estamos en la isla definitiva. ¡Y ya le queda poco en esa caja! Quién sabe si al abrirla no descubriré más bien a una bella mariposa…
El engabardinado de cabellos húmedos vuelve a sonreír como un cangrejo, se lleva a los lentes como una suerte de alambicado periscopio e inspecciona. Entre las brumas –como siempre– adivina su destino.
–Qué altura la de Dante. Y no me refiero a su dimensión literaria, que también. Qué señor más largo, no me extraña que lo encorvasen en las litografías. ¡Es emocionante, apreciado Kafka, pronto tendré frente a frente a los dos infiernos más perfectos de la literatura: el de la moralidad medieval y el del caos de nuestros queridos días terrenos! ¿No es hermoso?
Suena como el golpe del cajón contra la concha de una tortuga enorme.
Continuará en la próxima Isla…