Autobiografía

Enviado por maestresala el Mar, 23/03/2021 - 09:26

Arbol

 

Antes de ser hombre fui un árbol.

Un árbol bueno,

donde amanecían primaveras

y atardecían esperanzas.

Un árbol firme,

empeñado en colmar el hambre de las niñas y los niños,

en servir de cobijo a los pájaros,

en guardar los secretos de los amantes,

en retener lluvias de lágrimas salvíficas

y en ulular sueños.

Un árbol de madera noble

Con corteza de horizontes,

que le tenía miedo al leñador y al fuego.

Pero un mal día éstos llegaron:

el leñador taló todos los árboles del bosque

y se llevó sus troncos,

a la vez que el fuego quemó los sotos, las hojas y el ramaje.

De este modo, el árbol se hizo leña,

luego cenizas

y definitivamente hombre.

El hombre creció en una urbe,

en un cementerio de soledad y tedio

habitado por otros hombres y mujeres,

todos y todas pululando por las calles a la deriva,

todos y todas con el corazón acartonado

de egolatría y egoísmo,

todos y todas partícipes de la misma estirpe

de hurones y sanguijuelas.

Ese hombre era amigo de la naturaleza,

compañero de sus iguales,

merodeador de corazones,

cantor de todas las lenguas,

pregonero de madrugadas,

promotor de jardines de futuro,

adalid de la paz,

defensor de utopías

y constructor de paraísos sempiternos.

Así que colapsó en la metrópoli

y huyó del imperio del caos, el hacha y las llamas,

convertidos ahora en violencia poliforme

y miseria humana.

Decidió irse a vivir a la mar

y arraigó en el fondo marino

con condición de alga.

Allí fue testigo de cientos de naufragios,

de la fortaleza de los vientos

y de las confidencias de la luna.

Disfrutaba en su simplicidad de planta,

indiferenciada en el piélago.

Pero una noche tembló el orbe

y el mundo saltó en trillones de pedazos.

Devino entonces en polvo que se hizo nube

que llovió un hombre de barro.

El nuevo hombre labró una tierra de promisión.

Imaginó galaxias de armonía perpetua,

un planeta sin abismos ni alimañas

y ciudades insólitas

donde desplegar bulevares de concordia cívica

y laberintos para los jinetes del Apocalípsis.

Se erigió en talismán de la palabra,

conversó con las estrellas

y dialogó con sus congéneres.

Siguió el rastro de los reptiles

y conoció la grandeza de su modestia.

Se avino al vuelo de las aves,

de quienes aprendió la levedad de lo sublime

y la altura del amor.

Y finalmente se hizo sombra

en la choza y la reja del individuo humano

y se transmutó en canción para la vida.

Hoy mora en una cabaña hecha de letras,

cimentada en epopeyas

y recubierta de metáforas,

que se ubica al borde de un barranco

por el que a veces se derrumba al precipicio

en pago a su libre albedrío.

En este templo recóndito cultiva poemas

y revierte los recuerdos en mitos,

la rabia por los milenios perdidos en denuncia

y la tristeza de la pira en ecos del eterno retorno.

Aunque en la vorágine de nuestros días de plomo,

aciagos y convulsos,

ese hombre ordinario se sabe solo,

un esqueje de poeta

en tierra de nadie,

que tal vez germine en retoño

del árbol de la vida y la ciencia.

 

Día Mundial de la Poesía  Nicolás Zimarro

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