
Publicada en noviembre de 1958, El Gatopardo, pieza maestra de la literatura italiana y europea del siglo XX , tuvo enseguida éxito excepcional: 52 ediciones en cuatro meses; Premio Strega en 1959; versión cinematográfica, igualmente excepcional, en 1963 de Luchino Visconti; 3,2 millones de ejemplares vendidos entre 1958 y 2000.
Su autor Lampedusa (Giuseppe Tomasi di Lampedusa, 1896-1957) no pudo verlo: había muerto con sólo sesenta años, víctima de un cáncer de pulmón, el año anterior, el 23 de julio de 1957, en Roma, a donde se había trasladado dos meses antes desde Palermo, su ciudad natal y su lugar de residencia, para tratarse de la enfermedad.
La publicación de El Gatopardo fue difícil. Lampedusa era un autor desconocido. Con anterioridad, no había publicado literalmente nada. La primera versión de la novela que llegó a las editoriales, y que Lampedusa había escrito en 1955-1956 y que amplió y rehízo varias veces, no estaba completa. Lampedusa añadió en 1957 dos capítulos y algunos textos adicionales que había dejado en manos de su cuñada y de su hijo adoptivo. Las editoriales Einaudi y Mondadori rechazaron la novela. Mondadori, cuyo director literario era el también escritor, y excelente, por cierto, Elio Vittorini, por dos veces: El Gatopardo le pareció a Vittorini una novela ensayística, mal estructurada, de estilo anticuado.
La novela la publicó Feltrinelli, con un prólogo de Giorgio Bassani, el autor de El jardín de los Finzi-Contini (1962) y asesor de la editorial, que había recibido una copia mecanografiada y sin firma de la obra a través de Elena Croce, la hija del filósofo, y cuya lectura le convenció de que era la obra de un gran escritor. Bassani intuyó, y en seguida pudo comprobarlo, que el autor del manuscrito era aquel Giuseppe Tomasi di Lampedusa al que había conocido tres años antes, en el verano de 1954, en una reunión literaria en San Pellegrino Terme, la bellísima localidad termal de la provincia de Bérgamo, en Lombardía, en la única ocasión en que los dos escritores se vieron.
Bassani no se equivocó: ni sobre la autoría de la copia, ni sobre la calidad de la novela. Ya se había dado cuenta, cuando se conocieron en San Pellegrino Terme, que Lampedusa, que acudió a la reunión con su primo, el barón y poeta Lucio Piccolo y acompañado por un criado, era un tipo singular. Con el gabán cuidadosamente abotonado, el ala del sombrero caída y el bastón en que se apoyaba para caminar, Lampedusa le pareció «un general de la reserva o algo semejante» que, cuando les presentaron, se había limitado «a inclinarse sin decir nada». Cuando recibió el manuscrito que le enviaba Elena Croce, lo asoció de forma instantánea con aquel «caballero alto, corpulento, taciturno, de rostro con esa palidez grisácea de los meridionales de piel oscura» (como Bassani o describió en el prólogo, ya aludido, a la primera edición del libro y del que provienen las citas entrecomilladas) que había conocido en San Pellegrino Terme. Le bastaron unas pocas llamadas telefónicas a Palermo para que se lo confirmaran: el autor del manuscrito era, en efecto, Giuseppe Tomasi di Lampedusa, nada menos que –como ahora supo Bassani–, Príncipe de Lampedusa.
En 1957, Lampedusa –ya ha quedado dicho– no había publicado nada. Era en efecto un escritor desganado y tardío (como escribió su biógrafo David Gilmour en El último Gatopardo. Vida de Giuseppe di Lampedusa, 1988); pero era sin duda un escritor. Hijo único –su hermana Stefania murió de difteria con dos años, dos semanas después de que él naciera–, duque de Palma de Montechiaro por su madre, y Príncipe de Lampedusa a la muerte de su
padre en 1934 (dos de los grandes linajes de la vieja, pero ya empobrecida aristocracia siciliana 3 ), Lampedusa vivió ante todo una vida literaria: la literatura era, y lo era antes de que se presentara en 1954 en San Pellegrino Terme, su realidad radical.
Su vida pudo tener otras dimensiones y de hecho, e inevitablemente, las tuvo. Sirvió como soldado de artillería en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), viajó con alguna frecuencia por Europa en la década de los años veinte, sobre todo a Londres, donde su tío Pietro della Torretta, padrastro de su futura mujer, fue durante varios años embajador de Italia; se casó en 1932 con Alessandra Wolff Stomersee, Licy (una aristócrata y psicoanalista letona de origen y lengua alemanas y de madre italiana, que no vivió en Italia hasta 1943); y fue brevemente movilizado, en la reserva, durante la Segunda Guerra Mundial. Pero desde 1945 Lampedusa vivió ya en Palermo. Residía en un palacete inhóspito e incómodo de vía Butera que había pertenecido a su familia y que él había podido recuperar en su momento –y donde Licy abrió su consulta cuando, por fin, se trasladó a Sicilia–, decorado con muebles y cuadros de su patrimonio familiar, donde instaló su espléndida biblioteca: varios miles de volúmenes (literatura inglesa, francesa, rusa, historia...) que había ido adquiriendo desde su juventud en librerías de Londres, París, Roma y del propio Palermo, y que encuadernaba en piel jaspeada con lomos rojos y blancos, o blancos y negros.
Reservado y solitario, Lampedusa llevó en Palermo una vida monótona, rutinaria, sin drama. Dijo en alguna ocasión que su profesión era «ser príncipe». Vivía sin grandes medios, de las modestas rentas que pudo conservar de la fragmentadísima herencia de los Lampedusa, tras frecuentes pleitos y múltiples problemas administrativos con miembros de otras ramas de su familia. Nunca trabajó, en efecto (o trabajó «de príncipe»). Se levantaba pronto, paseaba por calles, cafés y librerías de Palermo: la pasticceria de Massimo, los cafés Caflish y Mazzana, la librería Flaccovio. Leía durante horas en su biblioteca. La lectura, no escribir, era su verdadera vocación. Acudía a alguna tertulia o con intelectuales locales (Bebbuzzo Lo Monaco, Virgilio Titone, Gaetano Falzone) o con algunos jóvenes escritores, o aspirantes a serlo (su sobrino e hijo adoptivo Gioacchino Lanza Tomasi, modelo del Tancredi de El Gatopardo, Francesco Agnello, Francesco Orlando), a los que en algún momento dio, además, cursos de literatura (de los que quedaron centenares de páginas manuscritas inéditas). Era cultísimo. Conocía a la perfección sobre todo las literaturas inglesa, francesa y rusa. Los mismos escritores a los que conoció en 1954 en San Pellegrino Terme –Bassani, Montale, por ejemplo– le parecieron personas de cultura sólo discreta. Mantenía una óptima relación con sus excéntricos y divertidos primos Giovanna, Casimiro y Lucio Piccolo a cuya casa en Capo D’Orlando, en el nordeste de Sicilia, cerca de Messina, Lampedusa iba con frecuencia. Con Licy, que no se instaló en Palermo hasta que en 1946 murió Beatrice, la madre de su marido (antes, desde 1943, Licy vivió en Roma), coincidía ya al atardecer: leían, oían música e iban al cine.
Viajaban con alguna frecuencia a Roma: Licy fue vicepresidenta de la Sociedad Italiana de Psicoanalistas, con sede en la capital italiana, y en Roma vivían su madre, su hermana y su padrastro, el embajador Pietro della Torreta, tío, como se mencionó, de Lampedusa.
Como luego se supo, la idea de escribir sobre la decadencia de su linaje le rondaba a Lampedusa desde hacía tiempo. Pero sólo se decidió a hacerlo tras regresar de su viaje a San Pellegrino Terme.
Había pensado en una novela sobre 24 horas en la vida del príncipe de Salina, Fabrizio Corbera di Salina, trasunto palmario de su bisabuelo Giulio (pero con algún rasgo autobiográfico del propio escritor). Pero optó finalmente por estructurar El Gatopardo –«gattupardu» era como llamaban en Sicilia al ocelote o serval que figuraba en el escudo de armas de los Lampedusa– en capítulos que se correspondían con situaciones y momentos distintos (1860, 1885, 1910...) de la vida del Príncipe. Lampedusa escribió su libro como era su hábito, en cuadernos y con bolígrafo azul, y para su mecanografiado fue dictando sus textos, que dejó leer al grupo de sus amigos de Palermo, a Francesco Orlando.
El Gatopardo era una novela histórica sobre el declive de la aristocracia siciliana encarnada en el príncipe Fabrizio Salina, el último «Gatopardo», al hilo de la unificación italiana, del Risorgimento («resurgimiento» en italiano, como resulta obvio), y sobre la sustitución de la aristocracia como clase dirigente por la nueva burguesía media urbana y rural del país, personalizada en la novela por los Sedàra (Don Calogero y su hija Angelica). A Vittorini, como se indicó, El Gatopardo no le gustó porque su estilo le pareció anticuado.A Moravia le pareció –por su admirativa evocación de la magnificencia de la vieja aristocracia terrateniente– una novela «de derechas». Ciertamente, El Gatopardo no encajaba en los principios y cánones literarios del neorrealismo, la literatura decididamente vigente en Italia entre 1945 y 1960. Los críticos se equivocaron. Prosa preciosista, barroquismo melancólico, estructura narrativa novedosa, finura y complejidad psicológica exquisitas en protagonistas y personajes (el Príncipe, Tancredi, D. Calogero Sedàra, Angelica, Concetta, el padre Pirrone...), reconstrucción magistral de geografía, paisajes, clima, usos y maneras, palacios, fincas, monasterios e historia de la Sicilia (y en parte de la Italia) decimonónica, hacían de El Gatopardo un texto excepcional cuya calidad y profundidad empequeñecían, literaria e ideológicamente, las honradas propuestas de la literatura neorrealista.
Su gran éxito se debió sin duda a que, no obstante, las muchas lecturas que con el tiempo iba a tener, El Gatopardo fue ante todo la «biografía» de una nación. No era, en cualquier caso –e importa sobre manera puntualizarlo– la especie de ejercicio de cinismo político que en algún momento inicial se dijo en razón de la frase «Si queremos que todo siga igual, es preciso que todo cambie» que al principio de la novela pronuncia el joven y entusiasta sobrino del Príncipe, Tancredi –que se une a los garibaldinos en la lucha por la unificación–, y repetida después hasta la exasperación por los malos lectores (y peores comentaristas
políticos). El Gatopardo era la novela de Italia, la novela del Risorgimento (1860-1870), de la unificación italiana y de la proclamación del reino de Italia, y de la incorporación de Sicilia al mismo: la novela en suma del nacimiento de la Italia contemporánea, la novela de una Italia mal construida, fallida, «un país de componendas» como dice el Príncipe de Salina en la novela; una Italia sin épica, en la que el propio Garibaldi, el héroe nacional y republicano de la nación unificada, es ridiculizado en el libro por uno de los personajes, el vanidoso coronel Pallavicino; de la «Italietta» provinciana que denunciaría muy pronto, ya hacia 1900, D’Annunzio, marcada por el Mezzogiorno, la emigración, el mal gobierno, la corrupción, y el fracaso militar (desastre colonial en Adua, Abisinia, en 1896; derrota catastrófica en Caporetto, octubre de 1917, en la Primera Guerra Mundial). Lo más significativo: El Gatopardo se leía paralelamente como una metáfora de la Italia de 1945-1960, de la Italia en que escribía Lampedusa, una Italia desde 1946 republicana y democrática, pero en la que empezaba a extenderse la idea de que la Resistencia de 1943-1945, la lucha contra el fascismo y la ocupación alemana, había ido, como el Risorgimento de 1860, una revolución fallida, un nuevo fracaso histórico. En buena medida, la tesis –Italia como fracaso– era falsa. La «Italietta» de D’Annunzio fue la Italia (1900-1914) del primer milagro económico: notable desarrollo de las industrias automovilística y de producción de motocicletas y neumáticos, gran crecimiento del triángulo Milán-Turín-Génova, electrificación, expansión de la red ferroviaria... Italia era una potencia media. Su imperio colonial, comparativamente modesto, incluía, con todo, Eritrea, parte de Somalia y desde 1911 Libia. La cultura italiana no era tan provinciana como pretendía D’Annunzio (y mucho después, el propio Lampedusa). Venecia era desde hacía tiempo, pero sobre todo desde finales del siglo XIX , el ideal de belleza de aristócratas e intelectuales europeos y norteamericanos. El futurismo, la pintura metafísica, Modigliani, el joven Papini y la generación italiana del 14, Pirandello y Italo Svevo, fueron la contribución italiana –notable, interesante– a la modernidad. La dictadura fascista –que coexistió con experiencias literarias y artísticas de indudable interés (la misma arquitectura oficial, el teatro de Pirandello, la pintura de Sironi y Morandi, la poesía de Montale y Ungaretti, la prosa de Malaparte)– creó un gran sector público (siderurgias, astilleros, centrales eléctricas, industria química, industria de transporte naval y aviación) y realizó grandes obras de infraestructura (pantanos, autovías).
La recuperación desde 1945 de Italia, literalmente devastada en la Segunda Guerra Mundial, fue excepcional. El PIB italiano creció entre 1951 y 1958 a una media anual del 5,5 % anual, y del 6,3 % anual entre 1958 y 1963. Pese a la persistencia del subdesarrollo en el sur y al enquistamiento del crimen organizado en Sicilia, Calabria y Nápoles, los dos grandes dramas sociales de Italia desde la unificación, la Italia de 1958, la Italia en la que se publicó El Gatopardo, era un país industrial y urbano y una sociedad de consumo, un país dinámico y en buena medida próspero por la competitividad de muchas de sus empresas (como, por citar sólo dos ejemplos, los automóviles FIAT y la alta costura) y la calidad de sus profesionales en el diseño industrial. No fue casual que Visconti filmara El Gatopardo en 1963. Primero, en la posguerra, con el cine neorrealista de Rosellini, De Sica y el primer Visconti, y luego, entre 1955 y 1970, con Fellini,Visconti, Pasolini y Antonioni, el cine italiano irrumpió como una de las mejores manifestaciones de la cultura europea.
La lectura que se hacía de El Gatopardo como metáfora de la Italia de 1945-1955 era igualmente abusiva. Era, en cualquier caso, ajena a la intencionalidad de su autor. Como escribió en 2006 en el prólogo a la nueva edición de la novela publicada en ese año su sobrino, hijo adoptivo y albacea literario Gioacchino Lanza Tomasi, Lampedusa sólo se propuso la reconstitución de un mundo perdido, escribir, como ha quedado dicho, sobre la decadencia de los Lampedusa: «pertenezco –hacía decir al Príncipe de Salina en su conversación, en noviembre de 1860, con el caballero piamontés Aimone Chevalley de Monterzuolo, representante en Sicilia del nuevo Estado italiano– a una generación desgraciada, a caballo entre los viejos tiempos y los nuevos, que no se encuentra a gusto ni en aquellos ni en estos». Esa era la clave de la novela. Lo que ocurrió fue que, al hacerlo, Lampedusa sorprendió, como a veces le sucede al gran escritor, una verdad decisiva: Italia como país artificial y vacilante, y el Risorgimento y la unificación, que se pensaba traerían la gran Tercera Italia (tras Roma y el Renacimiento), como experiencia decepcionante; la Italia contemporánea, fascismo incluido, como resultado de una debilidad moral y política originaria. Todo lo cual podía ser, como se desprende de lo dicho más arriba, un mito: pero un mito, como muchas leyendas, más fuerte que la verdad histórica.
En cualquier caso, Lampedusa era escéptico, o agnóstico si se prefiere, en política y religión. Del catolicismo casi sólo le interesaban algunos conventos y monasterios sicilianos vinculados a su familia, y los escritores católicos franceses –Pascal, Claudel, Bernanos, Mauriac– y el británico Graham Greene. Despreció el fascismo, pero en algún momento dejó dicho que las dictaduras le parecían necesarias en países como Italia y España. Se consideraba monárquico. Pero no creía en la monarquía para Italia.
Italia le gustaba poco: no le gustaban al menos ni la literatura italiana posterior al siglo XVI , a Tasso, ni el melodrama, ni la ópera italiana, cuya vigencia creía había impedido que Italia tuviera buena música sinfónica y de cámara.
Escritor tardío, en efecto: Lampedusa escribió sólo en los últimos treinta meses de su vida, de 1955 a 1957. Escribió El Gatopardo, cuyo manuscrito, aun sin título, envió a Mondadori en mayo de 1956, como se señaló al principio; luego añadió dos nuevos capítulos y le dio título. En 1956, Lampedusa y Licy adoptaron a Gioacchino Lanza. También en aquellos sus últimos meses, Lampedusa escribió cuatro breves relatos que en 1961 se recogieron en un volumen, I racconti (Relatos en español), de los que valoraba especialmente «Lighea» («La sirena»), una fábula sobre el Mediterráneo y la Sicilia clásica y mitológica. Y dejó también, como se mencionaba antes, los textos manuscritos de sus cursos particulares sobre literatura inglesa y francesa publicados póstumamente, pero mucho después, como Lezioni su Stendhal, 1978; Invito alle Lettere francesi del Cinquecento, 1979; Letteratura inglese, dos volúmenes, 1990-1991; y unos incompletos Recuerdos de infancia publicados en 1988.
En abril de 1957 se sintió enfermo. Se le manifestó un cáncer de pulmón. A fines de mayo se trasladó, con Licy, a una clínica de Roma. Le trataron con cobalto, pareció mejorar, pero en seguida empeoró, y falleció el 23 de julio de 1957. Fue enterrado en Palermo. Donnafugata, la localidad ficticia donde en El Gatopardo Lampedusa situaba la residencia de verano, un palacio barroco, del Príncipe de Salina, y donde transcurrían varios capítulos de la novela, era en realidad una combinación de Palma di Montechiaro y Santa Margherita di Belice, localidades íntimamente ligadas a los linajes del escritor, Mastrogiovanni Tasca y Filangeri di Cutò por la madre, Lampedusa y Corbera por el padre. Santa Margherita fue refundada en 1572, con licencia de Felipe II, por un miembro de la familia Corbera, antepasados directos de los Lampedusa.
El nombre del Príncipe de Salina de El Gatopardo era, si se recuerda, Fabrizio Corbera di Salina. Santa Margherita di Belice, localidad de la provincia de Agrigento en el sudoeste de Sicilia, era el lugar preferido de Lampedusa, donde pasó largas temporadas durante su infancia. La residencia de verano de los Salina en la novela era en realidad el Palacio Filangeri-Cutò en Santa Margherita (o Palacio Gattopardo, sede luego del Museo Gattopardo, el lugar donde Visconti filmó buena parte de su película, como la memorable escena de «El baile», sexta parte o capítulo sexto de la novela). En 2015, el Ayuntamiento de Santa Margherita colocó en el centro de la localidad, en la Plaza Matteotti, una escultura de tamaño natural de Lampedusa, obra del escultor de Palermo Gabriele Venanzio. En 2003 creó el Premio Giuseppe Tomasi di Lampedusa para premiar a la mejor novela internacional publicada en Italia. El Premio lo ganó ese año el escritor israelí A. B. Yehosua por La novia liberada; y en 2018, el escritor de San Sebastián Fernando Aramburu, por Patria.