Días de luz y asfalto

Inclínate ante las fuerzas superiores,

pero habla como prisionero un lenguaje ininteligible

Paul Celan

 

Nuestra añada, aunque concurrida y bovina, no era de relumbrón… lo sabíamos íntimamente pero no queríamos embaucarnos con la verdad. No sabíamos fumarnos ese dejar marchar la esperanza; se operaban mil y una metamorfosis en nuestra conciencia – a cual más sorprendente debidas a lecturas y, sobre todo, a la escritura de viles prosas mientras nos fumábamos la existencia – para ninguna hacer florecer el simple y llano espíritu de la excelencia, la cima pulcra y extraña que nunca nos conocería.

Lubina o bocarte: era la interrogante que traía el juicio en toda hora de vigilia. Nos cansaba y atosigaba, en vano seguíamos cuerdaflojeando, mientras nadábamos en el océano de la vida ajenos a las vecindades últimas. Tal vez, mañana será, todo se andará, en algún momento quizá; quién sabe si nos espera detrás de eso lo sublime… algo conciliador que haga estar en paz a ese geniecillo extenuante y motriz muy al fondo del alma – mientras sonríe y sigue sonriendo con nuestro propio rostro, desdibujado. Vanas y vagas demoras del único convencimiento, sueños de fauno filósofo o salvavidas hechicero, para al final sentirse iguales y hijos de un mundo manido y podrido. Lo puede comprender esto cualquiera que entre a formar parte del diálogo de besugos existencialistas y quintaesenciados, por ejemplo, tú lector, envarado, digno y amable, que suspiras por la esencia, ésa que te conmueve y te rechifla, y la quieres y la tomas por tu novia antigua, tan deseada…

Ni el pobre y vulnerable pragués hubiera entrevisto este mundo que nos da hospedaje, este magma enloquecedor que nos acredita para el suicidio, para la venganza pero también para el equilibro conmovedor del siempre milagroso desear un mañana habitable.

Un horizonte difuso, sin apenas luz, nos llena los ojos de madrugada, de reflejos extraños de siniestra telaraña del no saber. Para las seis y pico ya nos estamos desayunando en la taberna de ese pueblo sin nombre que ha estrenado las luces del alba. Una tortilla planetaria y chorreante como antesala del cortado, punzante y sin azúcar. Pan hasta hartar como el tonto del barrio tratando de saciar siempre su estómago infinito. Mi compañero Avelino se levanta pronto, como un resorte; todos los días me espera con el furgón a ralenti en el portal. Su cara me confirma que sigo vivo; no es sagaz pero es fiel y eso me conmueve en estas deprimentes oscuridades. Él fuma, incluso dentro del vehículo, y yo le dejo… ¡cómo cojones no ha de fumar un ser aplastado por la existencia! En mi presencia, él puede hacer todo aquello que le permita estar firme y entero. Él fuma y conduce, yo escribo en unas libretas de tapas negras que se amontonan en la guantera llena de libretas y albaranes, la interminable numeración de la eternidad...

Mi anterior compañero de armas, Anselmo, sigue allí en el camposanto, un espasmo en el corazón lo llevó a aquel recoleto y sencillo lugar de verdor tan desconocido. De tarde en tarde voy allí y rezo. No hay personaje con más suerte que yo en cuestión de compañías. Ya lo decía mi madre y es en lo único que asiento como el buey: la Providencia, hijo, siempre la llevas de cara. Mi vida durante las horas del reparto depende de sus pies y sus manos, de su fino sentido de la cantidad de movimiento de los cuerpos metálicos; es mi ángel de la guarda y yo soy su esclavo…

Avelino ya acelera por mor del bocadillo de pernil y el café con leche, su tensión comienza nada más ver la ruta de reparto tan llena, tan larga, en el papelote del salpicadero. Peones él y yo, tan convencidos de que llegaremos al último nombre, hallare donde se hallare, que a sabiendas nos creemos los reyes del “tarde pero a tiempo”. Ilusos profesionales con el éxito claro del plan empresarial de sumar ceros a la derecha en esa cuenta corriente bastarda que nunca conoceremos. El furgón brama en las cunetas y el vértigo a veces no me permite levantar acta del último y conmovedor adjetivo de mi cosecha, pobre pero mágica. No puedo pararlo, la vida de Avelino es la de un piloto sin fortuna y sin bólido; aunque lleva un enorme cajón detrás eso no cuenta para él; su aquilino perfil es uno y trino con el asiento y el motor de explosión sobre el que se tensa; el bamboleo constante y adictivo, se vuelve mortal en las muy cerradas curvas que trufan el puerto de montaña del mediodía.

Ambos sabemos que nuestra vida transcurrre gracias a embucharnos los mil y pico maravedíes que nos dan por repartir a diestro y siniestro todos los laborables del mes en esas carreteras del diablo; comida fría y grasienta en cualquier rincón del mediodía; jornadas sin descanso que acaban con nuestros cuerpos atornillados al sofá y después a la cama, sonriendo a las fieras pequeñas y babosas que por allí deambulan y dan sentido a nuestra vida; y a la compañera de fatigas siempre esperando una caricia o una palabra cierta, que a veces en el exabrupto de la existencia, nos aparece en la boca como la sarna en los cuerpos de los niños pobres.

– Ricardo, ¿para dónde tiramos? En la ruta no se ve un cuerno – pregunta mi ángel, serio y sincero.

– Ayer era otra. Me parece… que hoy tiramos para Navalcarnero.., o por lo menos eso creo – desvelo como un autómata sin bateria.

– Eso me suena para ser … miércoles – Avelino y su instinto de sioux de las carreteras.

La ruta nos engulle y nos hace fugaces alejándonos vertiginosamente de casas, pastos, animales y hombres… El sol parte la mirada y mueve a bajar al amigo parasol y su pegatina de Repsol. A pesar de haber camino por dónde tirar, nadie acierta con su destino, ese que no está escrito en la celulosa blanca ni en ningún otro sitio, pues las huellas están borradas hace siglos. Sí, Avelino siempre se las ingenia porque es todo instinto y hambre de carretera. Si hubiera nacido en las viejas praderas, seguiría rastros de bisontes de forma incansable y mostraría a la tribu dónde están escondidas las presas. Matar ya sería otro cantar porque Avelino es flojo y mullido como un abrigo de pieles. Mientras agarrota el volante con la izquierda, saca un pitillo de la cajetilla que se bambolea en el salpicadero, toma uno de la ringlera de chisqueros y expulsa una primera nube que me inspira recuerdos del reino de la ceniza. Anoto en la libreta un íntimo pasaje que tú, querido lector, jamás conocerás porque los editores no tienen mi teléfono.

El furgón no se inmuta tras la maniobra del aguerrido Avelino con el fumeteo y la ruta va comiendo kilómetros a espuertas cuando sólo nos falta una migaja de nada para Alcorcón.

- Avelino, aminora que está la Benemérita en aquel cruce – le pongo en guardia, nunca mejor dicho.

- Cagüendios qué cruz – acierta a decir Avelino como si descargara un nublado en un descampado.

Los cochecitos han de andarse con cuidado pero nosotros, los dueños del asfalto, debemos olisquearlos para que no nos corten el modus vivendi. Allí están ellos, prietas las filas, como picas medievales del conde de Ahumada; nos escrutan al pasar con sus bigotes de sabuesos y ninguno parece decir esta boca es mía – el lavado caro de ayer ha dado ángel al furgón –, muy al contrario, un monosabio uniformado nos urge a pasar raudos a la vista del embotellamiento que se está formando por unos compañeros del asfalto que han quemado la máquina – capot levantado, motor fumando montecristos y caras de cuerno.

- Esos no acaban la ruta – dice Avelino con cara de contrición estreñida, porque los comprende y se pone en su jodido pellejo…

Nos adentramos en la gran urbe, resabiados y sobre todo aliviados, tras pasar revista y desfilar ante el charol de los tricornios. Se abren vías y viaductos sin fin ante nuestros ojos ávidos de novedad, como de pedir auxilio ante tanto kilómetro y tanto hormigón. Entonces, como preludio a algo inefable, me paro a pensar muy serio ¿para cuándo, Ricardo, esa oda a los esforzados repartidores y sus malditas carreteras?

Los dos ponemos cara de ceniza a tiempo de ver el cartel Bienvenidos a Madrid con sus coloretes y sus luminarias. La misma liturgia para la ruta del miércoles, y cómo no la del viernes… La misma faz de desconsuelo que nos hace entrar en un trance doloroso pero cierto. Avelino traga saliva, enciende otro cigarrillo sin dejar que se inmute la ruta ni su trazado; y lo dice porque lo tiene que decir porque, a veces me toca a mí – las pocas –, y casi siempre es él – tan rascatripas –, que domeña la bestia devorakilometros para que no se encabrite y nos vayamos al traste de una puñetera vez. Como al hilo de la grave e inconsolable soledad y del abatimiento, lastrados en esa famosa frase (*) de la folklórica que veía malograrse el casorio de su hija y sin saber qué hacer ni como parar el tumulto; la Faraona, el Cordobés, y tantos famosetes y famosillos patrios del papel cuché sudando al borde del desollamiento y de un inmolarse sin sentido...

– Ricardo..., a partir de ahora mucho cuidado pero que muchísimo cuidado..., ya empiezan a aparecer…. Las intuyo cada vez más cerca... son las furgonetas asesinas…. – lívido y humeante, sinceramente acojonado, con el pescuezo brillante de sudor, ahuyenta el prometeico Avelino.

________________________________

(*) ¡Si me queréis, irse!

El maestresala