Pilot G-2 07

―La idea me llegó después de leer cierta novela, no creo que haga falta que le diga título y autor… ―El hombre se calló y miró al policía a la espera de que le formulase la pregunta correcta que le haría continuar con la declaración.

―La idea… ¿Podría explicarme en qué consistía exactamente esa idea, señor Almeida?

El hombre asintió, se removió en la silla, bebió un sorbo de agua y enfrentó los ojos del agente.

―Por supuesto, inspector Fernández. Como le decía, la idea la tomé prestada de un escritor; es sencilla, en realidad. Se trata de representar la vida cotidiana de una persona, alguien anónimo por completo, a través de sus actos más rutinarios. Seleccionas a alguien al azar y le sigues durante unas horas; anotas dónde vive, por dónde se mueve, con quién se reúne, cuáles son sus conversaciones… Hoy en día es más o menos sencillo tomar fotos, conocer el itinerario del personaje (permítame llamarlo así), incluso grabar su voz e imagen con un poco de pericia y la suficiente audacia. Una vez he recogido toda esa información compongo un relato basándome en lo visto y oído.

Almeida dejó de hablar y clavó sus ojos azules, casi transparentes, en los de Fernández. Aguardaba la siguiente pregunta.

―¿Y nunca más volvía a vigilar a esas personas…?

―Personajes, señor mío, personajes… Y no, nunca más regresaba a ellos, no me resultaba necesario, ya había capturado la esencia que necesitaba para mi escritura. Es la literatura efímera de lo sencillo, un tiempo en la red y después todo desaparece para volver a comenzar de otra forma…

―Claro ―la voz del inspector Fernández sonó un poco más alta de lo necesario, con un toque de irritación que no había podido evitar. Abrió el expediente que tenía sobre la mesa y extrajo unas hojas impresas. Las fue pasando sin apresurarse, pendiente de las reacciones del otro. Se detuvo cuando solo quedaban unas pocas. Almeida había seguido los movimientos de sus manos como si quisiera apropiarse de ellos, pensó Fernández de una manera absurda e inquietante. Se estaba acercando a ese punto del interrogatorio que sabía que no le iba a gustar. No soportaba a los locos, los perturbados y quizá por eso mismo acababan por asignarle siempre los casos más extraños.

―¿Puede decirme si es usted el autor de estas páginas?

―Sí, lo soy ―respondió el otro sin vacilar.

―¿No quiere echarles un vistazo antes de asegurarlo?

―No, no es necesario, señor inspector, yo escribí esa historia, sin ninguna duda.

―Entonces, ¿se da usted cuenta de que este documento es en realidad su propia confesión de culpabilidad?

Almeida enderezó la espalda y apoyó las manos en la mesa que les separaba. Sonrió con un punto de desafío. Su tono al hablar había sido siempre burlón, con un atisbo de displicencia; parecía que fuese él quien tuviera el control de la situación cuando lo cierto era que estaba hundido en la mierda, valoró Fernández.

Dos días antes habían encontrado a la joven en el parque de Etxebarria. 16 años. Verónica Martos Ansotegi. Sus padres habían denunciado la desaparición la noche del domingo, cuando la chica no regresó a casa. La hallaron desnuda, medio oculta entre unos arbustos. La autopsia confirmó que la habían violado, las laceraciones y hematomas sobre la piel de la víctima dibujaban un mapa de angustia y dolor. La habían golpeado de una manera salvaje, seguramente hasta dejarla inconsciente. Los restos de sangre hablaban de violación vaginal y anal. La muerte le había llegado por estrangulamiento con un cordón de cortina; no dejaba de ser una suposición porque en el lugar no habían hallado nada parecido. Era en este punto donde se daba lo peculiar de este crimen. En casos similares siempre aparecían restos de todo tipo ajenos a la propia víctima: semen, vello corporal, trazas de piel en las uñas al haberse tratado de defender, fibras provenientes de la ropa del agresor…, algo. Los de la sección científica siempre hallaban algún rastro con independencia de que al final pudieran conducir a buen puerto.

El relato de Almeida narraba la última tarde de la joven con un detalle obsesivo, como si una cámara la hubiera seguido durante aquellas horas. Lo había leído varias veces y resultaba hipnótico. En verdad no sucedía nada, no había trama alguna en la historia; en un momento dado ella se despedía de sus amigos y emprendía el regreso a casa, era durante ese trayecto cuando la asaltaban. La detallada descripción de lo que le sucedía concordaba hasta el vómito con lo que el informe forense explicaba con un lenguaje mucho más frío y menos explícito. Todo estaba contado en primera persona y la perversión del narrador asqueaba a cualquiera que pusiese sus ojos en aquellas frases.

―A ver, señor Almeida, en su historia describe la violación y asesinato de la joven Verónica Martos, descripción que casualmente coincide con lo sucedido en la realidad. Sin embargo, usted no ha tenido nada que ver con ello…

El otro volvió a sonreír, ahora ya sin burla, solo con el desprecio que otorga una superioridad que nadie puede cuestionar.

―Yo no he dicho eso.

―Entonces, o bien fue usted testigo de lo sucedido, o directamente el autor de los hechos, no hay más posibilidades, señor Almeida.

―Ahí es donde se equivoca, inspector.

Fernández apretó los dientes, aunque el gesto de ira no debió de pasar desapercibido para el detenido.

―Así que me equivoco… ¿Podría aclarármelo entonces?

­ ―Por supuesto, pero para ello necesitaría unas cuartillas y un bolígrafo. Si es un roller mejor, la escritura es más ligera, no sé si me entiende…

Le hubiera soltado un par de hostias a aquel imbécil, su suficiencia le estaba poniendo de los nervios. Y su desfachatez. El tipo no había tenido ningún reparo en colgar en su blog aquel relato repugnante y acusatorio, como si deseara llegar a la situación actual. Era el centro de atención de toda la comisaría, los dos lo eran en realidad, y él era el responsable de obtener la confesión de aquel chalado. Salió un momento del cuarto y ordenó que le trajeran el recado de escribir.

―Por favor, el roller que sea de la marca Pilot, uno de 0.7 milímetros si no le importa.

Cerró de un portazo, seguro de la sonrisa irritante de Almeida.

Cuando le entregó lo que había solicitado, el hombre impuso una nueva condición.

―Necesito que me deje solo en la habitación, agente. Será solo un rato, después lo entenderá todo.

Mientras le hablaba no dejaba de observarle con una fijeza que le iba poniendo más y más nervioso. Fernández soltó un bufido y sin decir palabra abandonó de nuevo la sala de interrogatorios. Los ojos del detenido clavados en su espalda eran como dos anzuelos que se hubiesen enredado con su carne, músculos y tendones y los estuviera desgarrando. Al cerrar la puerta experimentó un cierto alivio, aunque continuaba sintiéndose atado por los hilos invisibles que aquel individuo había lanzado con sus explicaciones y ridículas solicitudes. Se miró las puntas de los zapatos, algo le decía que la decisión de permitirle escribir no había sido la más inteligente de su carrera, pero hubiese sido incapaz de explicar el porqué.

―¿Qué hace? ―preguntó al entrar en la sala anexa desde donde otros dos policías controlaban los movimientos de Almeida.

―Escribir ―se encogió de hombros uno de los policías.

Escribir, murmuró Fernández. ¿Qué cojones tendría que escribir? ¿Una confesión? No parecía que fuese a ser así. De vez en cuando el sospechoso se detenía y miraba hacia la cámara que lo apuntaba. Una sonrisa muy desagradable asomaba en sus labios en esos momentos, como si estuviese tramando alguna travesura, o mejor una maldad a tenor de lo sucedido con la chica.

―Voy al baño, Antxon, no le quites ojo y anota cualquier cosa que haga o diga.

El otro policía levantó el pulgar en señal de entendimiento.

No bien hubo entrado en los baños el dolor le asaltó sin previo aviso y en toda su terrible intensidad. Alguien le acababa de asestar un tremendo puñetazo en la boca del estómago; tirado en el suelo y retorciéndose aún tuvo la suficiente lucidez como para pensar que estaba teniendo un ataque al corazón o alguna clase de cólico. Mierda, era insoportable, y justo en aquel momento. Trató de sentarse y apoyar la espalda en la pared, el dolor parecía remitir pero aún le costaba respirar. Por fin logró ponerse en pie y sujetarse al lavabo; fue justo a tiempo para vomitar lo poco que a aquellas horas le quedaba en el estómago. Se limpió los labios en la manga de la camisa y contempló su rostro en el espejo, pálido, cubierto de gotas de sudor, los labios crispados por el dolor remanente que aún se removía en sus entrañas. Y de pronto regresó, esta vez multiplicado por cien, por mil. Su conciencia, o lo que restaba de ella, logró refugiarse en algún lugar de su cerebro desde donde pudo establecer que las oleadas de sufrimiento que ahora le atravesaban tenían su origen en el dedo anular de la mano derecha. Justo en el momento en que sus ojos llegaron a enfocarlo, la mitad inferior del dedo se deslizaba por la superficie salpicada de sangre del lavabo hasta sumergirse en el remolino de vómito que atascaba el desagüe.

Gritó hasta que los tendones del cuello se le quedaron rígidos como cables de acero, hasta que el dolor de su garganta se equiparó al de su mano, y lo hizo más por el espanto que por el propio suplicio al que le sometía su cuerpo mutilado.

La oscuridad llegó rápida y clemente y con su manto benefactor cubrió su conciencia.

Despertó en una cama de hospital, no sabía cuánto tiempo más tarde, y lo hizo gritando aterrado hasta que comprobó que el dolor casi había desaparecido. Su mano, a cambio, se había transformado en una descomunal pelota blanca cubierta de vendajes.

―Tranquilo, inspector, todo está bien ahora ―una voz femenina y tranquilizadora le habló desde algún lugar en la cabecera de su cama.

―¿Qué me ha sucedido?

―Pues como no nos lo cuente usted… ―respondió la doctora que lo acompañaba―. No comprendemos cómo pudo seccionarse el dedo de esa manera. Ha tenido suerte, el corte era muy limpio, como si hubiese sido realizado con un bisturí, así que hemos podido reimplantárselo.

La mujer calló a la espera de que el policía explicase lo que pudo ocurrir. Fernández apretó los labios y pidió que alguien de la comisaría acudiera a hablar con él. Una hora más tarde Antxon, el encargado de la vigilancia de la sala de interrogatorios, se sentó a su lado en la silla de visitas.

―Joder, Fernández, menudos berridos dabas… Mira que eres animal, ¿cómo te has cortado el dedo de esa forma…?

―Calla, hostias… ¿Dónde está Almeida?

―¿Ese? Bueno, otro que tal baila… Estaba vigilándole, como sabes, y de pronto el tío empezó a reírse como un demente mientras escribía cada vez más aprisa. Era increíble, como si estuviese poseído, como en las películas, ya sabes… Me acojoné, así que entré en la sala y le ordené que parase. Justo en ese instante empezaste a gritar…

―¿Y lo que estaba escribiendo? ¿Dónde está?

―Lo tiré a la basura, no era una confesión, solo eran tonterías sobre un tipo al que describía con pelos y señales y luego se iba a mear… Hubieras podido ser tú mismo, la verdad. En fin, nada de interés…

―¿Pero lo leíste todo?

―No, hombre, solo le eché un vistazo… ¡Como para leerlo todo con la que estabas montando! Pero ya te digo, nada de autoinculpación ni cosa parecida. Yo creo que se estaba quedando con nosotros, el muy cabrón.

―¿Dónde está ahora?

―El juez ordenó que lo dejáramos libre, la historia que había colgado en su blog no le pareció suficiente para mantenerlo retenido.

Menudos ineptos, masculló Fernández. El insulto al juez y a su compañero no sirvió, sin embargo, para atajar los escalofríos que ya le helaban la piel. Cerró los ojos, aunque era consciente de que ese mínimo aislamiento no le serviría para tranquilizarse. Jamás lo iba a conseguir del todo mientras aquel individuo continuara suelto y fuese capaz de coger un bolígrafo y volver a escribir.

Roberto Sánchez