“La mujer nunca tiene nada que decir, pero lo dice encantadoramente”.
Oscar Wilde.
A Ida Vitale.
A Francis Díez, de Doctor Deseo.
Un tipo estrafalario se manifestaba arriba y abajo en la acera del acceso principal al gobierno civil en la gran vía. Un guardasol arco iris, un postizo de guedejas coloradas, un plexiglás verde fosforito y un cartelón sándwich salpicado de consignas y reivindicaciones de diversa índole configuraban la parafernalia del reclamo para los viandantes. En el trasiego no rebasaba la esquina del muro con verja que parcela el edificio a la altura de la Alameda de Recalde para no tropezar con una extraña que permanecía de pie, inmóvil, con la vista clavada en la parada de bus cercana. Coincidían a esa hora los martes y jueves desde hacía tres meses. En ocasiones la coyuntura no duraba ni cinco minutos. Dependía de cuando llegara el autobús que traía a unas colegialas que descendían a la altura del Hotel Carlton y de lo que estas tardaran en recorrer el trayecto al “fosterito” de Moyua. La desconocida solía observarlas atentamente y luego desaparecía por las inmediaciones. Esa tarde varió la rutina, se saltó un semáforo en rojo y corrió hacia la Plaza “Elíptica.”. El hombre se desprendió de los bártulos y fue tras ella. La alcanzó en las escaleras mecánicas del metro. Siguió sus pasos hasta que se detuvo junto a las estudiantes y comenzó a vocear fuera de sí: “¡Amanda!, ¡Paula!”. Las quinceañeras se revolvieron. Una se le encaró y le recriminó furiosa: “¡Puerca!”. “¡Os quiero!”. La chica la humilló con una ráfaga de pedorretas. El metro embocaba el andén en ese instante. La mujer se escurrió entre la gente y amagó con arrojarse a los railes. Quien la perseguía la atenazó por las caderas. Rodaron por el baldosado. La suicida perdió la consciencia, la sangre le empañaba la cara y el pañuelo morado con el que cubría el cabello. El paladín anónimo aprovechó el revuelo para esfumarse. La prensa del viernes reseñó que la habían ingresado en Basurto con un traumatismo craneoencefálico y lesiones torácicas. El sujeto de pelucón taheño se personó en el hospital el domingo. La recepcionista se había hecho eco del suceso y le facilitó la ubicación de la paciente: “Por fin se preocupa alguien de la pobrecita… Blanca Estela Petri… en la 205”. La encontró acostada en el lecho con el tronco apoyado en varios cojines y con la cabeza vendada. Qué ángel caído tan bello… “Hola”.”. “Vaya… el héroe…”. “Me presento: Mauricio Arroniz”. “¿Por qué te inmiscuiste en mis asuntos? ¿Qué has conseguido aparte de cascarme la cocorota y unas costillas?”. “Bueno, no es un principio de ensueño. Pero aquí estamos”. “Ya”. La enferma se traspuso. A la hora del almuerzo no probó bocado. “¿Cómo vas a recobrarte si rehúsas los alimentos?”. “Me sobran”. Ocultó el rostro bajo el embozo. Sesteó hasta la noche. “¿Por qué me velas?”. “No lo sé; si me lo preguntas, no lo sé; aunque si no me lo preguntas, lo sé”. “¿La frase es para despistar?”. “No. Lo denota todo, es la verbalización de lo inefable”. “¡Buf!, menudo embrollo”. Servían ya la cena. De nuevo rechazó las viandas. “¿Por qué te niegas?”. “¿Crees que estoy majareta?”. “No más que cualquiera de los mortales”. Sonrieron. Ella le tendió la mano. “No te he dicho mi nombre”. “Me lo ha chivado un pajarito, Blanca Estela”. Trenzaron las miradas. “¿Quieres que vuelva?”. Dos lagrimones fueron la respuesta. Al día siguiente regresó con un ramo de clavelinas. Había sorpresas: una anciana en la cama de al lado y un gotero junto a la mesilla de Blanca. Dormía. La contempló extasiado. Qué sosiego… Lástima que una enfermera irrumpiera en la estancia con el recambio de los botellines de suero. Blanca se despabiló. “Los quehaceres me han retrasado”. “Ah, claro”. ¿Cómo lo llevas?”. “Mal… me chutan por este tubo”. “Así recuperarás las fuerzas”. “¿Y para qué? ¿Para hundirme más en el pozo?”. “No te agobies, piensa en positivo. Aplícate eso de que la esperanza es lo…”. “¡Paparruchas!”. Callaron. Blanca bostezó y cerró los párpados. La cogió por la muñeca. Un auxiliar chascó la calma. “¿Es usted un familiar?”. “Un colega”. “¿Podría reunirse mañana con los doctores?”. “Por supuesto”. Blanca no intervino, se deshacía en llanto. “¿Acaso no lo apruebas?”. “Estoy tan vendida…”. “Ya no. Me tendrás al pie del cañón”. “¿Por qué te portas así conmigo? Si no me conoces”. “Tú tampoco a mí”. Sus miradas se fundieron en una llama de ternura. “Mauricio… no quiero que me veas tan fea… vas a traerme una bolsa llena de afeites y el neceser que hallarás en el armario de mi alcoba. Es un cuarto arrendado en Blas de Otero, número 7, 1º izquierda”. “¿Y si se te desconecta la vía mientras duermes?”. “Me las arreglaré. En mi cartera están las llaves. Tú hazme el favor”. Obedeció. Y cuánto se alegró de ello. En una estantería repleta de fruslerías descubrió una libreta de notas abierta por la última hoja escrita. Le tentó el morbo y la leyó. “Qué más me da. Mi vida vale una mierda. De hoy no pasa”. ¿Qué monstruos la atormentarían para resolver zanjar su situación de modo tan tajante? Atacó el bloc con avidez. Chapoteó en el fango de las interioridades de Blanca e hiló las líneas maestras de su errático periplo vital. Orionda de Valparaíso, de padre en el incógnito y madre farandulera, con una niñez frustrada y una adolescencia convulsa, sin estudios ni porvenir, recaló en Santiago, donde ejerció provisionalmente de niñera y de camarera en varios establecimientos. En un “café con piernas” de la capital chilena, esos locales en donde las señoritas dispensan el género ligeras de ropa en horario laboral, flirteó con Guillermo, un contratista bilbaíno que andaba por aquellas latitudes. La trajo a Bilbao. Se casaron y tuvieron gemelas, Amanda y Paula. Disfrutaba de todas las comodidades de una cuenta corriente boyante, pero distaba mucho de ser feliz, se sentía prisionera en una cárcel de oro y ajena a un esposo que la relegaba al décimo plano entre sus negocios y manejos y a unas hijas con las que no enganchaba ni a tiros. Añoraba el terruño, pero migrar era sinónimo de miseria. El malestar la carcomía. Requería una ciaboga en su vida. La dio unas vacaciones, liándose con el director de la clínica de la localidad donde veraneaban. Acudió a su consulta aquejada de un esguince de tobillo que se hizo en un traspiés con unas sandalias de tacón de aguja. La encandiló por su porte varonil, su figura atlética, su aire mundano y su galantería. Joan transmitía jovialidad y carencia de prejuicios. Blanco y en botella: se lanzó a la aventura. Gozó una luna de miel de muchos meses. Paseos en bicicleta, cruceros en yate, cenas románticas, veladas afrodisiacas fiestas glamurosas y agasajos por doquier constituyeron el aderezo de su cuento de princesas. Entretanto se consumó el divorcio, el reparto de patrimonio a favor de su exmarido, en virtud del contrato de separación de bienes que habían suscrito, y la privación de la patria potestad sobre sus hijas en beneficio de este. La historia concluyó cuando su amante se vio en la bancarrota y tuvo que atrincherarse en el consultorio para reparar su maltrecha economía. Otra vez la monotonía, el hastío y el desengaño. Retornó a Bilbao con lo puesto. Las amigas y los contactos de antaño le hicieron la del pulpo. Fue empezar de cero: alquiler de una buhardilla en el casco viejo, solicitud de ayudas sociales y peregrinaje en busca de una ocupación. Se empleó como asistenta en un domicilio del Campo Volantín. El tajo estaba bien remunerado. Se realojó en Deusto. En absoluto tuvo noticia alguna de su antigua familia. Lo daba por descontado. No la censuraba, ella misma participaba de la antipatía tácita. Pero blindaje afectivo se desvaneció cuando una tarde se topó con sus vástagos en la plaza elíptica. La escudriñaron como si fuera una perra sarnosa y le regalaron un escupitajo. Rezumaban odio por los poros. El desplante le removió las entrañas y bulleron los sentimientos más recónditos. Amanda y Paula representaban mucho más que el vago recuerdo de un pasado aciago. Fueron los chivos expiatorios de la insatisfacción de una presuntuosa. Y el instinto materno afloró efervescente. Frecuentó la zona de Moyua. Constató que los martes y jueves Amanda y Paula venían de las extraescolares y se adentraban en el subterráneo. Desde entonces no hubo día en el que no las acechara. Las abordó en dos oportunidades para expresarles su cariño. Pero a la tercera la arrestaron por acoso. La jueza del caso le impuso una orden de alejamiento de las menores. En el decurso del proceso la despidieron. Tanto menosprecio, tanto ensañamiento minaron su voluntad. Se recluyó en su cuartucho y solo salía para adquirir lo imprescindible y para asistir a la cita relámpago con sus hijas. Inapetente, desganada, muy debilitada y víctima de episodios paranoides definitivamente tiró la toalla. La claudicación era palmaria: “Mi vida vale una mierda. De hoy no pasa”. Mauricio no quiso escarbar más en la intimidad de Blanca. Realizó el encargo y huyó presa de punzantes tribulaciones. El martes la epató. Trajeado, con el pelo cortado a cepillo y un semblante risueño se había transfigurado. “Porque vienes con mis cosas, si no…”. “Aquí me tienes, sin disfraz, al desnudo, tal cual, en igualdad de condiciones”. “Ya, ya… has ojeado el cuaderno, ¿a que sí?”. “Discúlpame”. “Por qué, si pretendía eso, que supieras lo que hay. Qué desencanto, ¿no? Soy una vil cucaracha”. “¡No! No te flageles, simplemente buscaste la felicidad en el lugar equivocado”. “¿Ah sí?”. “Yo también mee descarrié en el camino, sucumbí a la tiranía de los placeres pasajeros y me licencié de desgraciado. Ensayé el matarile colgándome del cinturón por la cisterna de un váter. Estaba tan chutado que al tratar de subirme a la taza para atar el cinto a un tubo del sanitario metí la pezuña en el inodoro y mi payasada se saldó con una morrada de aúpa… ya tenemos algo en común”. Blanca sollozaba. “No te enfurruñes, que estamos vivitos y coleando… Pues sí que vas a tener que usar los potingues para ponerte guapa”. Le secó los ojos y la ayudó a sonarse los mocos con un clínex. “Venga, venga, que en breve estarás afuera. El traumatólogo me ha insistido en que precisarás un seguimiento de la evolución de las fracturas y un tratamiento para combatir la anemia”. Blanca se puso lívida. “No temas, estaré en todo momento contigo”. “No me vaciles, te lo ruego. Lo dices para consolarme. ¿Qué ganga puede ser una piltrafa?”. “¡Y dale con fustigarse! No bromeo… El lunes me referí a ti en el aula. La lección versaba sobre la derrota y la autoestima. Propuse a los alumnos la audición de una canción que plasma nuestra vivencia: tú, vertiendo desierto y sed en la mirada, viendo cómo la vida pasa de ti, cómo se puede caer al suelo y luego más; y yo, gritando que confíes en ti, que estoy a tu lado, que te rescataré del frío de Saturno y que acabaremos brindando en algún bar por nuestra victoria”. “Estudiantes, canciones, Saturno, victoria… ¿en qué órbita giras? Yo ya me he mareado. “En la Facultad de Sociología el temario de los sueños es prolijo”. “¿Con que eres un intelectual?”. “No. Soy exactamente lo mismo que tú: un proyecto de humanidad en desarrollo”. “Puf, tanta hondura me aturulla”. “No tiene ningún misterio… nacemos, así, sin que nadie nos pidiera permiso ni opinión, somos sujetos precipitados a la existencia, a la vida, y por eso mismo condenados a la no existencia, a la muerte… en el trayecto debemos forjarnos como seres humanos plenos. No hay más”. “¡Qué fácil es la teoría! A mí no me da para esas exquisiteces… Bastantes sapos me he tragado. Me hurtaron la niñez a tralla de feria, a remolque con la mascarada de mi madre, desperdicié la juventud disparatando con todo lo prohibido, me casé por pura codicia, formé una familia por inercia y me eché en el regazo de la vanidad. ¿Y cuál ha sido la meta?... El abismo”. “Caer al suelo y luego más… este es el final y el inicio, el renacimiento del ave fénix”. “Me ofuscas”. “Tienes razón, lo urgente es que te repongas. Ahueco, que la vecinita tiene tropa”. El miércoles albeó radiante, presagiaba novedades. Y las hubo. Blanca lucía espléndida. Le habían sustituido el casquete de apósitos por una gasa y un esparadrapo en la sien derecha. Maquillada parecía otra. “Estás preciosa”. “Mauricio, quiero largarme de aquí… he ingerido sólido… si me esfuerzo, me libraré del gota a gota… Me lo ha prometido el médico. “Y para el fin de semana al nido… Estarás como una reina”. “¿A qué te refieres?”. “A mi choza. Te he preparado una habitación. Hasta dispondrás de un tocador de metro y pico… Para que te acicales con confort”. “Desbarras. A ver si el que está chiflado eres tú”. “¿Me he excedido? ¡Loco! Pues sí, loco de contento… Tanto que ayer me ausenté de la Gran Vía. No más pataletas contra el sistema, no más descargos de conciencia, no más camuflaje, no más cantos de sirena… Lo cierto es que últimamente iba solo por verte. Tampoco irás tú. ¿A qué? ¿A hundirte a poquitines en la ciénaga de la impotencia? Que los males del mundo ardan en el fuego de la chimenea del salón junto a mi peluca y tu pañoleta. Caer al suelo y luego mas, ¿te acuerdas? De esa ya te has vacunado. Remontar el vuelo debe ser el empeño y surcar el celaje del espíritu el objetivo. La felicidad manará de tu interior y se expandirá al universo en simiente de un placer que jamás decae y crece sin límites”. “¿Eres incorregible, ¿por qué lo complicas de ese modo?”. “Me he venido arriba. En un tris bailaremos en ese bar a millones de años luz de Saturno que evoca la canción de que te hable. Estoy emocionado. Fue tan acerba mi travesía por el barbecho… Las drogas y el desenfreno me condujeron a la ruina: me expedientaron un sinfín de veces en la facultad por mi absentismo y desidia, y me suspendieron de mis funciones. Invertí mi escaso capital en un programa de desintoxicación y rehabilitación. Cuando saqué las patitas del estercolero me di de bruces con el hielo de la repulsa social, con el frío de Saturno. Abrevé en la mendacidad y la insania. Me empeciné con una diosa de labios de neón. Fantaseaba con morder el fresón de su boca. Una madrugada la abordé en el banco del rincón de la boutique donde se enseñoreaba. La rodeé por la cintura, la atraje hacia mi y, de súbito, sobrevino el vértigo: se desplomó decapitada. Fui incapaz de argüir mi estupidez a la policía. Me recluyeron por una temporada en un psiquiátrico. En el ciclo de psicoterapia me persuadieron de que lo peor no era idolatrar a un maniquí, sino ser un pingajo. Con renovada voluntad de poder enfrenté el futuro resuelto a no reincidir en el “underground”. Tras un aperreado litigio rescaté mi plaza en la universidad y emprendí la escalada de la dignidad humana. Y ahora estás tú, el ser de carne y hueso que da sentido a mi cruzada”. Blanca flotaba en una nube de ilusiones. Por primera vez alguien la consideraba en la medida de su humanidad y no como un jarrón decorativo o un trofeo de caza. “Ay Mauricio, parece tan bonito… me da miedo”. “Es normal… Los rayos del sol ciegan a quien se asoma a la superficie desde la oscuridad de una cueva, y su impulso instintivo es aferrarse a la umbría. Es cuestión de acostumbrarse”. Incidió durante horas en los pormenores del elíseo que les había tocado en ventura. Trinos celestiales… “Oírte me reconforta, percibo la vida de color de rosa… Me azuzan las ganas de pisar la hierba de los jardines, de beber agua de las fuentes, de corretear por los parques, de broncearme en la playa, de ascender a un monte, de caminar de punta a punta de Bilbao de tu brazo. Me veo vestida con mis mejores galas: mi traje verde, la blusa de cachemira y el collar y los pendientes a juego, mi chaquetón de astracán sintético, mis botas altas y mi bolso marrón de cuero… Tienes que traérmelos”. No la defraudó. El jueves le llevó la ropa y los complementos. Blanca tenía visita. “Mauricio, son Amanda y la madre Silvina”. “¡Ah! Bien… no os incordio”. Depositó los bultos sobre el colchón y se marchó cariacontecido. ¿Qué pintaban aquella mocosa y la monja en el nuevo escenario? El viernes Blanca le explicó que Amanda se había sincerado con su tutora y que esta promovió la entrevista. “Las planchaste con tu actitud. Estaba tan dichosa… Amanda es una bendita, disiente de su hermana, que se chapa en banda y me tilda de fulana. ¿Por qué te comportaste así?”. “Me pilló con la guardia en chasis. La estampa maternofilial me atoró. Aferrarte a la cruz no te acarreará más que aflicción”. “Estoy turbada. Ha sido muy gratificante. Pero tranquilízate, hay otras prioridades, me dan el alta. ¿Ves? Me he puesto de pasarela para ti. ¡A casita!”. Se instalaron sin mayor problema. El piso de Mauricio era amplio y luminoso, con dos grandes balcones orientados hacia la Alameda de Urquijo. La convalecencia fue plácida. La primavera cursaba ya en su apogeo y el accidente y sus secuelas eran agua pasada. Blanca se había amoldado a hábitos de señora ociosa, de las labores domésticas y de la intendencia se encargaba una externa, y su único compromiso consistía en emperifollarse para cuando Mauricio volviera del trabajo. Los fines de semana se desplazaban a agroturismos en el quinto pino. En ese periodo no mantuvieron vínculo alguno con terceros, Mauricio lo copaba todo: a media mañana varias notas de voz al móvil, al mediodía interrogatorio acerca de lo que había hecho, comido, etc., a media tarde instrucciones para cuando viniera, a la noche perorata sobre el caos cósmico, y a cualquier hora monsergas sobre el bien, el mal y demás charcos místicos. No cabía objetar desatención o desapego, Mauricio estaba entregado enteramente a la causa, pero maliciaba que tanto celo respondía a un afán de posesión. Debía sopesarlo: ¿reticencias?, ¿tedio?, ¿amor propio? A lo mejor se columpiaba. Con Guillermo el barco encalló en la desidia, con Goan en la insolvencia y con Mauricio navegaba al pairo. No podía ser que fueran ellos los culpables de su comezón, porque sí. ¿Echaba balones fuera? ¿y si arrastraba un trauma de esos que se generan en la infancia y que repercuten en la edad adulta en forma de trastornos sicológicos? Se sentía marginada e irrelevante, pero ¿su apreciación tenía base real? Cuántas mujeres firmarían por catar la mitad del bienestar que le habían procurado sus diferentes parejas. Quizá debiera invertir los términos y admitir que la vida es un constructo de cada cual, como pregonaba Mauricio, y que ella la padecía como una mierda porque apuntaba a sanguijuela. ¿Qué había sido más que una atolondrada con un físico espectacular del que se valió para medrar? Mauricio parecía quererla de veras, con sus debilidades, con su lastre de fracasada, con su concepción de trazo grueso del mundo. Peleaba por reinventarla, por reconducir su disipación. No le exigía otra cosa que disciplina. ¿No era lo que le convenía? Pues sí… no más veleidades, no se distraería con los fuegos artificiales del placer inmediato o con la pompa de un ego enaltecido. Había escarmentado, la superficialidad la condenaba al despeñadero. Balizaría el derrotero a la auténtica felicidad con cada pequeña victoria en el desafío por su propia superación. Confiaría en Mauricio, en sus conocimientos y criterio aplomado. Y se aplicó en la misión de ser persona a la carta de su benefactor. Para el invierno había asimilado en parte la máxima de que “conjurarse con la naturaleza es el mandamiento supremo. Aunque albergaba serias dudas. Conllevaba desconectar de la sociedad, purgar grillada a la individualidad. Las excursiones estivales fueron un botón de muestra. Recorrieron la cornisa cantábrica en autocaravana. Se colmaron de parajes idílicos y escondrijos agrestes. ¡Fascinante! Pero siempre solos… ¿el aislamiento era la panacea? Su desazón indicaba que no. La ascensión a la cima de la perfección se le antojaba un calvario gratuito. ¿Y la comunicación? ¿Y el amor? Para Mauricio no constituían fines en sí mismos, sino el medio para acceder al prójimo y encauzarlo al carril de la verdad. La comunicación, en cualquiera de sus formas y lenguajes, se reducía a un ejercicio preliminar del auténtico discurso: el silencio interior. La jerigonza de los animales, el oleaje en la mar, las fases lunares, el verdear de los árboles, el murmullo del agua de los arroyos, la deriva de las nubes, los susurros del viento, las palabras, las obras de arte, los teoremas y hasta el más mínimo atisbo de correspondencia entre los seres no eran sino meros llamados al recogimiento en una reserva redentora. El amor significaba para él la armonía natural de los contrarios. Se lo explicó con razonamientos de enjundia: “La cuesta arriba y la cuesta abajo son una y la misma cuesta. Arriba y abajo son vocablos antagónicos, pero de modo relativo: lo son respecto de la dirección que lleven los caminantes. Supongamos que dos andarines que viajan en sentidos opuestos se topan en la cuesta. Uno hablaría de la cuesta arriba y el otro de la cuesta abajo. Pero ¿acaso no se hallan en el mismo enclave? Comprender este equilibrio es la esencia del amor”. “¿Cómo fabricaría un niño un arco? Fácil… se haría con una rama verde, lisa y flexible y con una cuerda fina y resistente, y anudaría esta a los extremos de la rama, ajustándola hasta atirantarla al máximo. De otra manera, no lo conseguiría: si dejara flácida la cuerda, no habría arco, sino un objeto baldío; si la estirase en demasía, tampoco, troncharía la rama. La tensión entre los elementos contrapuestos resulta forzosa para que el artilugio cumpla su función de utilidad: disparar flechas. En lo tocante al amor, han de orientarse al corazón. No en vano, cupido se ilustra como un niño armado de arco y flechas. Cada una liga a dos seres singulares que se avienen a conformar una unidad amorosa. Lo primordial no son los amantes, sino la flecha que los ensarta en armónica concomitancia”. Estos argumentos y otros del mismo tenor, por muy ingeniosos y sesudos que fuesen, la amoscaban. Si el objetivo de la comunicación no es la relación interpersonal, sino la apología de lo que él presumía como verdad y la consiguiente conversión de los demás a su idiosincrasia, dónde quedaba ella más que en una posición de boba esponja, sin parecer ni discernimiento. Y si el amor es poco más que una argamasa que aúna personas, pero no para que estas crezcan y se enriquezcan como tales, sino para que contribuyan al concierto universal de la naturaleza, pues “apaga y vámonos”. Las ideas de Mauricio le empezaron a sonar a los sermones de los santones o de los maestros budistas que aparecían en algunos filmes que ponían en otra época por la televisión. Siempre le parecieron cosas de chiflados. Y qué guasa, ahora convivía con uno, vehemente e inflexible en sus tesis, y se lo tenía que embuchar con patatas. Aunque la ruda de molino le resultaba indigesta. ¿Cómo que el camino a la felicidad se asentaba en el silencio y la soledad? No lo veía. Tampoco eso de ser como un grano de arena, independiente y ajeno a todo otro grano, concentrado en su propio núcleo, que con miles de millones de granos conforma el arenal de la playa o levanta una montaña y que adquiere su verdadera dimensión en la grandiosidad de estas, pero que en sí mismo no es nada. ¿Es que ella no era nada? ¿Y para eso tanta chuminada y malabarismos verbales? Vaya con la patochada del ave fénix, de caer al suelo para luego volar más alto, de escapar al frío de Saturno… Si ya lo tuvo claro cuando remarcó en su diario que la vida es una mierda. Para el éxodo de Mauricio estorbaban las alforjas. “Blanca, despójate del ego, olvídate de ti. Tú te crees una ola que avanza en la superficie de la mar, libre, enérgica y poderosa, vigorizada por la luz del sol y alentada por el ímpetu del viento, una ola ajena a lo que no sea tu dinámica singular de ola. Pero yerras. Y al cerciorarte de que las olas que te preceden en tu deriva se estrellan una tras otra contra las rocas del litoral quieres dar marcha atrás, como si fuera posible sacudirse el destino, porque te obcecas en perdurar como ola, en diferenciarte de la mar, sin entender que eres una mera expresión de la mar misma”. Qué poético… y qué contradictorio… ¿No la había bombardeado con el imperativo de la confianza en una misma? Pues entonces… ella se sabía un grano de arena, o una ola marina, y se quería como tal. No había que estrujarse los sesos, la realidad se conjuga en presente, en lo palpable, en lo tangible: en un beso en la boca, en un pellizco en la mejilla, en un escalofrío en la columna vertebral o en un derroche de pulsiones ante la perspectiva de un día en ciernes… La inmensidad de la mar le quedaba enorme, inabarcable, como todo lo que no podía rodear con los brazos. El enfoque de Mauricio la enajenaba en una supuesta instancia o entidad superior. “No hay nobleza mayor que sustraerse al corsé del cuerpo y coronar el pináculo del espíritu”. Qué changa… traducido a español mondo, era el timo de la estampita de la bella durmiente, quietita, dócil y muda, y del príncipe beatífico de la salvación, eminente y plenipotenciario. Le debía muchísimo, pero no la muerte. No iba a saldar la deuda convirtiéndose en su títere o en su pepona milagritos. Aspiraba a vivir como las personas normales, con soberanía y albedrío, al margen de telarañas esotéricas. Repentinamente la animó un chispazo de adrenalina. Marcó el número de Amanda. No pudo explayarse, la interrumpió el ruido del giro de la llave en la puerta de entrada. Quedaron “in extremis” en Moyua. “¿Con quién cotorreabas?”. “Planeaba ir a la manicura y fisgar tiendas”. “Has perdido el juicio, ¿o qué? No has aprendido ni jota. ¡Fémina tenías que ser! Luego dirán que el “mito de Eva” es una patraña. Qué obsesión por coquetear y seducir. ¡Serpientes! ¡Esclavas de la carnalidad! Eso es lo que sois”. Le chaparreó una sarta de improperios aderezada con una murga apocalíptica. Desbarraba… Jamás se había pronunciado en semejantes términos. ¿El lobo enseñaba las orejitas? Estaba avisada, no derrocharía energías en apedrear al sabueso que le ladraba a ciegas, guardaría las cartas en la manga y las jugaría a la “chita callando”. La partida se abrió en el reencuentro con Amanda. Fue extraordinario. Vino sola y con prisas. “¡Mamá, apúrate!, es supertarde”. La llevó en volandas al metro. Bajaron en el casco viejo y, a la carrera, acabaron en un salón de la biblioteca de Bidebarrieta. Quince mujeres de distintas edades, sentadas en rectángulo en torno a varias mesas colocadas en el centro, parloteaban dicharacheras. Se colocaron juntas en un vértice. “¡Hola, Amanda! Cómo así, con compañía”, saludó la que parecía ser la directora del grupo. “Mi madre”. “Qué lindo… ¿Le gusta la literatura?”. Blanca se sonrojó. ¿Qué encerrona era aquella? “Amanda, ¿no la habrás traído de bolique?”. “Es chilena, como tú”. “¡Ay, ay! Me temo lo peor. Esta muchacha… Te ha enredado en la bicoca del taller literario… Aquí todas hacemos piña, pero cada una rula a su bola. Sin complejos… ¡Bienvenida!”. La sesión la maravilló. Vibró de pasión cuando Amanda descarnó el pasado con sus comentarios. “Hoy comparto con vosotras el texto de una canción de Víctor Jara. Se titula “Te recuerdo Amanda”. Os la traigo porque parece que fuera creada para mi madre y para mí.”. Blanca palideció. “La letra describe el encuentro diario de dos enamorados, Amanda y Manuel, en los aledaños de una fábrica. Dura cinco minutos, una eternidad. Y lo es, porque su amor es imperecedero. Como el de una madre para con sus hijas”. Blanca se encogió compungida. “Sabéis… mi madre venía a verme dos veces por semana a la parada del autobús. Lo hacía desde la distancia, para no zaherirme, para no transgredir un mandato de alejamiento dictado por la jueza. Estoy segura de que vivía sus cinco minutos de intemporalidad”. Blanca sollozaba. Que se lo dijeran a ella. Claro que sí, la vida era eterna en los lapsos que discurrían en el cantón de la Alameda de Recalde para congraciarse con sus retoños. Pero ahora cambiaba drásticamente la perspectiva de esa vivencia, Amanda participaba en aquel despliegue de amor sin tapujos. “Mamá, acéptame como la hija pródiga que soy. La sonrisa ancha de Amanda y la aurora impresa en la frente de Manuel son mi ofrenda. Sois testigos de la nueva alianza. Las aludidas lloraban en torrentera. Las protagonistas se fundieron en un estrujón. El pacto estaba sellado. Las musas hicieron el resto, operaron en ella una transformación radical: la fuerza de la palabra, el magnetismo de los latidos vertidos en versos se revelaban vitales. “Ver como la vida pasa, pasa de ti y no se detiene… ahora que tu mirada refleja desierto y sed, déjate acariciar…” decía la canción tótem de Mauricio. “Tú, caminando, lo iluminas todo”, cantaba Víctor Jara. ¡Diana! Dejarse mimar por la poesía, beber los vientos de la libertad, expandir los segundos al infinito, vertebrar con pálpitos la eternidad… Esta era la senda, y no la quimera mesiánica de su gurú de cabecera. ¿Cómo hacérselo comprender? No podría, de ninguna de las maneras condescendería. Y no… Las hostilidades se desataron nada más pisar el vestíbulo del domicilio. “¿De dónde vienes? ¿Cómo a estas horas al raso? ¿Desde cuando puedes ir por ahí sin consultarme antes? ¿De qué va esto?”. El energúmeno estaba fuera de sus casillas, se le habían roto los esquemas y perdía los papeles. “¡Vaya con “don histerias”! Si la suspicacia fuera tiña…”. “¡Será pelandusca! ¡Encima con recochineo! ¡Chorradas no, eh! Que enseguida te ato en corto…”. ¿Qué tramas? ¿Contesta!”. El monólogo le recordó al pasaje de “el Quijote” que alguien refrescó en el taller de literatura. Las ínfulas de la verdad absoluta estrangulan sin remedio la cordura. Y el esperpento que la atosigaba daba muestras de no estar en sus cabales. Lo más prudente sería destensar la goma. “Ay pelusón, ¡vaya modales!, te pones hecho un basilisco por una chungada. Solo me he dado un garbeo por el Casco Viejo. No sé por qué, se me ha antojado husmear en la biblioteca de Bidebarrieta. Y mira la chamba, he coincidido con una compatriota santiagueña. Me he demorado de palique con ella”. “¡No me digas! O sea, que no nos basta con haraganear y pasársela a la bartola, la doña necesita asueto, comadres con las que departir”. “Venga Mauricio, no retuerzas los hechos, tira de tu propia medicina y serénate… estoy reventada. Una ducha… y me voy a la cama. Ya hablamos”. Pero no hablaron, y el jueves siguiente, vuelta a la matraca. “¿Qué, de cháchara con tu paisana? ¡No! ¡No! A mí no me la endilgas. Algo trajinas a escondidas. Vas a contármelo. ¿O es que no me merezco una aclaración? Con todo lo que he bregado por ti… ¿Qué ha sido de mis enseñanzas? Un mondongo pinchado en un palo, ¿no? Pues, ¡nanay de la China! Vas a volver a la rodera, como que yo me llamo Mauricio… a partir del lunes, ¡nada de chachas! Como la marquesa se aburre, ¿qué mejor que que se ocupe de las tareas caseras? Rajarás con las sábanas, con los azulejos del baño, con los cacharros de la cocina, con el planchero, con el polvo de los muebles… Ya verás como se te quita la tontería de embarrarte de pingo a mis espaldas”. Blanca no rechistó. La bestia rugía en balde. Si pensaba amilanarla con esa aptitud coactiva, iba de cráneo. Allá se las compusiera con su urticaria. Sería una ama de casa, vale, pero no renunciaría a su independencia. Y el calendario marcó otro jueves. Paraíso e infierno a discreción. Paraíso, el café con Amanda y la confraternización literaria; infierno, la retahíla biliosa de insultos del ogro. “¡Lagartona! ¡Perdularia! ¡Felona! ¡Escúchame mona! O sueltas prenda, o no sé qué te hago aquí mismo. Estaba desencajado. Su mirada denotaba perplejidad e iracundia. Modificaría la táctica, no fuera a ser que la zurrara sin contemplaciones. “Me he inscrito en “el paraguas amarillo”, un taller de literatura”. Ni un asteroide que impactara en San Mamés lo hubiera convulsionado tanto. “¿literatura? Si tú no has leído ni el prospecto de la caja de aspirinas”. “Aprendo mucho con mis compañeras. Dorita, la coordinadora del grupo es un cielo y me está iniciando en los elementos de la poesía. Aquí tengo unas notas, los poemas que hemos trabajado y algunos versos que he escrito”. Mauricio le arrancó de las manos la carpeta donde guardaba las cuartillas. “Ay, qué infeliz es la persona/ sin amor ni libertad/ solo vuela libre el ave/ cuando juega a volar./ ay, amiga del alma!/ haz caso de esta verdad:/ no todas somos iguales,/ somos olas en la mar…”. “¿Es esto tuyo?” “sí”. “Con que jugar a volar y olas en la mar. ¿Y cúal es la trastienda de la mojiganga? ¿U portazo a mi magisterio?”. “Es un anhelo en metáforas”. Mauricio se rechifló. “¡Nivelazo! Cuatro aquelarres poéticos más, y Gabriela Mistral una tuercebotas. Ya me lo estoy imaginando: las revistas especializadas, los vespertinos radiofónicos, los documentales televisivos, todo el mundo de la cultura rendido a la excelencia de la nueva dama de la poesía. ¡Qué patética eres! ¿Y mis recomendaciones? ¡Mariquitas en formol! La divina prefiere curtir badanas de paja. Por mí que no sea. Allá tú con tus excentricidades”. Ni tan mal, un solaz… Aunque no dudaba de que más pronto que tarde martillaría nuevamente. La tregua duró un mes. Un mes bajo el auspicio de “el paraguas amarillo”, aquel cobijo de luz y paz que le hacía sentirse transida de vida. En su seno se desprendió de las cadenas de la mansedumbre y la lasitud. Intimó con Dorita. Hacían tertulia en el café “Lago” los martes. Allí lo vio de pie junto a la barra. ¿Casualidad? No lo creía, Mauricio no alternaba. ¿La celaría? ¿Cómo podía ser tan ruin? Curiosamente, esa noche no hubo mención a la bicha. ¿Guerra psicológica? Ambos eran conscientes de haberse visto mutuamente en la cafetería. Lo presumible sería una refriega con balacera de orgullo pisoteado: “¿Qué haces tú de pavoneo con esas urracas? No es ese taller de pacotilla, ¿a que no? Te va la parranda. De raza le viene al galgo. A madre tenías que salir, ¡golfa!”, “¡qué novedad tan enojosa… si el hombre recio y dechado de erudición es un aprendiz de espía… ¿Qué buscas en la vulgaridad de la movida mundana? Ah sí, a mí, qué lerda. Se me olvida que soy tu sometida y que debo rendirte cuentas hasta por respirar”. Pero no, la ofensiva se canalizó con la nimiedad más insospechada. “Mañana conferencio con el decano, llevaré el traje gris, la camisa azulona y la corbata a juego. Estarán listas, ¿no?”. La azulona, la única que no había lavado… era una provocación. Apostaría los dientes a que había hurgado en el cesto de la ropa. “Mira que tienes camisas, la que pides está sin preparar. Puedes ponerte la blanca de rayas granates. Te favorece mucho”. “Gracias por la delicadeza, siempre desviviéndote por mí. Que no tenga a punto la camisa que me apetece, suerte, es porque estoy más galano con otra. Qué mequetrefe… cómo no me he percatado de que soy un zampabollos. Lo importante es la impronta social y la carrera literaria de la mamarracha. ¡Bien! Que no vuelva a ocurrir, y grábatelo en la sesera, no permitiré ninguna relajación o dejadez en tus obligaciones”. El apercibimiento cayó en saco roto. ¿Qué lógica tenía ejecutar con diligencia la faena, si indefectiblemente oscilaría sobre ella la espada de Damocles de una mota de suciedad, una mancha de grasa en la encimera, de un calcetín extraviado, de un cocido soso, de un asado reseco, de un recado pendiente, de una arruga en el pantalón, o de cualquier minucia del estilo? No hubo solución de continuidad. Los días fluyeron en reguero de oprobios. El desafecto se agrandaba con cada mirada inquisitoria, con cada ademán de superioridad, con cada corte de mangas, con cada exigencia arbitraria. Demasiado espacio vacío para dos… Ella lo acotaba al lar de la poesía y a su reducto de amor incondicional, a las pláticas con dorita y con Amanda. Pero lo malo, de suyo, evoluciona a lo pésimo, como lo terrible a lo dramático, “caer al suelo, y luego más”, ese es el sino en el témpano de Saturno. Y se cumplió, se perpetró la primera agresión física. Le volcó por la cabeza el puchero con judías y garbanzos. Todo, porque se había entretenido recopilando unos textos para el taller de literatura y la mesa no estaba dispuesta a tiempo. Ese jueves se desahogó con Dorita. “Es el engrudo de un espantajo, la caricatura de un cretino”. “Pero Blanquita… vos no lo amáis. Plántalo y vente a mi apartamento”. La conversación se alargó hasta las diez. Una bofetada y algunos puñetazos fueron el recibimiento del bruto. Esa noche se mudó al sofá. Leyó y leyó decenas de veces su poema preferido: “Nací para ser pájaro…/ y fui golondrina./ golondrina naciente cada mañana,/ golondrina moribunda cada noche./ Nací miles de veces,/ como nacen las golondrinas,/ trisando el día al viento;/ y morí otras tantas,/ como mueren las golondrinas,/ en trágica soledad./ así morí ayer también…/ y hoy, absurdamente, he nacido murciélago”. Llovieron “lágrimas de cristal” sobre su pecho. El matón hogarero que se arrogaba la prerrogativa del maltrato la quería murciélago, una doña nadie a la sombra. Y en eso había devenido, en una sombra que se entreveraba en una umbría polimorfa, sombra que surgía en la planta del pie y se proyectaba en versos tétricos, sombra que crecía y se expandía por las caras ocultas del dolor, sombra en continuo avance que se confundía con el cuerpo y la engullía con su voracidad de tiniebla. ¿Cómo redescubrir la luz? ¿Cómo restañar las secuelas del descalabro? La atmósfera de la vivienda se hizo tóxica. Las tundas le llovían a mansalva. El cenutrio estaba desaforado. En un alarde de ignominia le requisó el móvil, el llavero y las tarjetas bancarias. “Ya ves, yo tengo las llaves de la jaula. Y voy a cerrar de una puñetera vez el paraguas amarillo”. No se conformaba con palizarla, violarla y vejarla hasta la saciedad, quería enclaustrarla. Si no cambiaba de tercio, terminaría descuartizándola. ¿Qué hacer? El ofrecimiento de dorita era la válvula de escape. ¿No la comprometería? ¿Y si se destapaba su relación con Amanda? No descartaba que el cafre la atosigara sin cuartel, pero era eso o el emparedamiento. Y poco a poco fue madurando el plan de huida. Guardaba una copia del llavín de la puerta de entrada. Dorita y Amanda se involucraron para el traslado. Sería el jueves, cuando el botarate se fuera a impartir las clases vespertinas. La víspera soñó que era evanescente. Intentaba mover los brazos en aspa para hacer círculos en el aire… y nada. Probaba a dar botes… y tampoco. Procuraba respirar con fuerza … y le faltaban la garganta, los pulmones y el vientre. Quería llevarse las manos a la cara y pellizcarse los mofletes para saber si dormía o no… y carecía de ellas. Decidía morderse los labios, y su boca había desaparecido. Se esmeraba en menear la testa de izquierda a derecha y viceversa para palpar las orejas, la nariz y los pómulos… y no distinguía la masa corporal. Cerca de ella atisbaba siluetas difusas en lenguas de fuego, un murmullo de voces lejanas y el sonido de la música de un bandoleón. Nadie se percataba de su presencia. Despertó de la pesadilla exhausta. En su cerebro reverberaba el eco de sus gritos: “basta, basta, basta”. Era la liberación. No se produjo el óbito cotidiano. El ave fénix ya no volaría a ras de melancolía ni picotearía despojos de glorias extintas para sobrevivir al frío de Saturno. El sofá hedía a tumba. Se incorporó. En el espejo del salón centelleaba la luna. Se miró en él. Su rostro dibujaba el plenilunio.
Nicolás Zimarro