En las páginas de la edición matutina del diario ABC del 5 de enero de 1920, escribía el poeta Marciano Zurita:
Al alborear la aurora de ayer cayó a los pies de la muerte, frío y tenso, el cuerpo gigante del glorioso patriarca. Ya sus ojos descansan para siempre en la sombra, y su alma, en el misterio. Ya se cerró su boca que tan poco habló, y se crispó su mano formidable, que de tantas maravillas fue creadora.
El gran escritor Benito Pérez Galdós había fallecido en Madrid a las tres y media de la madrugada del día 4. Todo el año 1919 constituyó, como le dijera el sobrino del novelista a un amigo de la familia, «un constante apagamiento». Muchísima gente, miles de
personas, autoridades y anónimos, asistieron al entierro del día siguiente. Fueron unos funerales multitudinarios. Tenía 76 años y dejaba una inmensa y valiosa obra literaria, especialmente en el campo de la novelística, que lo convierte, sin duda alguna, en el escritor español más importante después de Miguel de Cervantes.
Nacido en 1843 en Las Palmas de Gran Canaria, Galdós se instaló en 1862 en Madrid, una ciudad que ya no abandonaría excepto para viajar por España y Europa o para pasar largas temporadas en Santander. La escritura iba a convertirse, poco a poco, en su
oficio; en su pasión y en su vida.Tras unos primeros años en el mundo del periodismo madrileño, pasó a dedicarse profesionalmente a la escritura en la década de 1870. Desde entonces y hasta pocos años antes de morir, publicó muchísimas obras –las últimas, dictadas, a causa de su ceguera–, en especial novelas y piezas de teatro. Su producción puede ser agrupada en tres bloques. Primeramente, la serie de novelas que constituyen los Episodios Nacionales, cuarenta y seis volúmenes en total, desde Trafalgar (1873) hasta Cánovas (1912), un auténtico friso literario de la historia de España en el siglo XIX.
En los Episodios, anotó Azorín, Galdós llevó a cabo «la obra de revelar España a los españoles». En segundo lugar, las novelas realistas y sociales que vieron la luz, sobre todo, en las décadas de 1880 y 1890, desde La desheredada 1881), El amigo Manso (1882) y El Doctor Centeno (1883) hasta Nazarín (1895), Misericordia (1897) y El abuelo (1897), sin olvidar, entre muchas otras, Tormento (1884), Fortunata y Jacinta (1886-1887) o Tristana (1892). Algunas de estas novelas, empezando por Fortunata y Jacinta , se encuentran entre las obras cumbre de la literatura española –y universal–. Finalmente, las novelas adaptadas a los escenarios y otras piezas teatrales originales como Electra (1901), Alma (1902) o Celia en los infiernos, Alceste, Sor Simona, El tacaño Salomón y Santa Juana de Castilla, estrenadas entre 1913 y 1918. Galdós fue un autor muy leído y apreciado en la España de su época. No recibió el merecido Premio Nobel de Literatura, aunque su candidatura tuvo algunas posibilidades de prosperar entre 1912 y 1917.
Benito Pérez Galdós estuvo plenamente comprometido con su obra, pero también con su tiempo. Se movió entre el liberalismo en el siglo XIX y el republicanismo en el siglo XX. El peso del 98 no fue secundario, mostrándose cada vez más crítico con el régimen de la Restauración. Fue diputado sagastino en la década de 1880 y republicano en la nueva centuria. Entre 1907 y 1913 redactó y firmó numerosas cartas, peticiones y manifiestos políticos. Y participó en innumerables reuniones y mítines. Escribía Federico García Lorca que «yo recuerdo con ternura a aquel hombre maravilloso, a aquel maestro del pueblo, don Benito Pérez Galdós, a quien yo vi de niño en los mítines sacar unas cuartillas y leerlas, teniendo como tenía la voz más verdadera y profunda de España». El autor de Fortunata y Jacinta y los Episodios Nacionales, auténtico español eminente, contribuyó de manera decisiva a la construcción nacional interna de nuestro país.
El centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós, llamado por algunos el año Galdós, 2020, ha distado mucho de ser un buen año. Los efectos a todos los niveles de la COVID-19 han deslucido la celebración, reduciendo aforos, cerrando puertas, cercenando iniciativas y ayudas. Muchos actos se han aplazado a la espera de tiempos mejores. Es una auténtica lástima. Habrá que pensar, en un futuro no muy lejano, en recuperar la iniciativa y en volver a
dedicar un año conmemorativo a Benito Pérez Galdós y a su obra.
Me atrevo humildemente a sugerir el año 2023, 150 aniversario del inicio de la publicación de los Episodios Nacionales. De todas maneras, algunas aportaciones significativas han podido disfrutarse o entreverse en este raro año Galdós de 2020: una exposición en la
Biblioteca Nacional, con muchos visitantes mientras eso fue posible, que apostaba por lo seguro, esto es, incidir en los aspectos más populares, trillados y supuestamente reconocibles de Galdós; numerosos artículos sobre su obra, algún que otro sugerente ensayo y un par de biografías muy bien documentadas (Francisco Cánovas, Yolanda Arencibia) y, asimismo, una polémica sobre Galdós y su obra entre algunos escritores españoles contemporáneos, no sin
interés, pero que, en el fondo, con alguna honrosa excepción, ponía de manifiesto que el novelista de origen canario era poco más que una excusa, algo viejuna, para hablar de ellos mismos y de sus opciones literarias.
Comoquiera que sea, lo más destacable hoy, cien años después de la muerte de Galdós, consiste en poder constatar que su obra sigue viva. Leer a Benito Pérez Galdós en el siglo XXI no es simple arqueología literaria. Esto ocurre solamente con los grandes autores. Con este dosier, Revista de Occidente se suma, con muchas y diversas lecturas, al año Galdós 2020, digno de mejor suerte pero no de mejor protagonista.