Secretos de latón y terciopelo

Sin ambages la cita podía calificarse de extraordinaria. Con una blanca mesa y unas sillas blancas - nada de escaños a cuadros – habíamos tomado el Templo de antaño. La asepsia musical había sustituido al sonido de la cafetera italiana, al tumulto de los parroquianos en las mesas circundantes y al graznido general de la barra, y que fueron fragor pretérito.

Mientras la mujer carirredonda de la tienda salmodiaba un tertulio apuntaba: pero sí, este rincón es nuestro y de esos locos de las bodas porcinas – y dónde andará ese loco de la coleta blanca.

Me viene ahora la imagen angelical del rostro de aquel tertulio eternamente confinado en las Mazmorras, que hubieran podido ser los servicios que tenían su acceso debajo y detrás de nuestros escaños, primero verdes y después a cuadros. ¿Dónde andará aquel tierno aprendiz que tanto jolgorio aportó a nuestro círculo ahora sitiado?

El sacrosanto círculo se abría los sábados. Ya fuera de él, habían emigrado a latitudes de marcado acento anglosajón, sí el Nueva York con solícitas y delicadas camareras de sonrisa y tono de voz fuera de este mundo que te desarmaban (hubiera sido imposible abroncarlas o simplemente fulminarlas con la mirada…).

El área, digo, que circundaba al Templo, había sido tomada por el Capital, la Especulación y el Mal Gusto; eso era lo que más doloroso. Se iba macdonalizando a golpe de ordenanza municipal y transferencia dineraria; algún café cercano ya había cerrado por varios meses; en fin, el mundo era una larga historia medieval de empresaurios y siervos. Sin prócer que nos animase sentimentalmente éramos carne trémula a punto de ser azotada. Hacía ya tres años que se había marchado: primero el Templo cerrado a cal y canto, de la noche a la mañana. Luego la última obra que lo encolerizó…

En un rapto de ira de los suyos, entramos en la tienda patrocinada por toda esa jarcia de rubios de más al norte de los Pirineos. Se trataba de robots de limpieza inventados por lo mejorcito de la vieja Europa; primera tienda en suelo patrio, decía la propaganda.

Pues bien, como digo, entramos por la puerta trasera y accedimos al Templo de nuestros recuerdos: habían cambiado los espacios – algunos hablan de volúmenes – pero, en seguida, sin que ninguna persona llegara a interponerse, acomodamos una pulcra mesa y unas sillas blancas y bastante cómodas (nada que ver, sin embargo, con los mullidos escaños). La carirredonda estaba contrariada pero calibró el efecto multiplicador de factor policial y se refrenó con fino tacto. En verdad, estábamos en la trastienda y nadie podía notar nuestra presencia, no éramos más que unas aves en la buhardilla aleteando con alas antiguas y cabeza de tiempos literarios.

Era un autor ibérico aquel sábado y más concretamente del país vecino con el que no nos topábamos ni en el descansillo ni el telediario. Habíamos sacado las petacas y los termos con la intención de durar y de dilatar la llamada al responsable del emporio alemán, que si fuera como Dios manda, nos desalojaría de una manera eficiente en poco tiempo. El Secretario había sacado cual Harpo Marx un juego de tacitas del ala abierta de su gabardina, el Profesor traía cucharillas y azucarillos, y el feligrés del dios Ra había conseguido unas copillas con potente culo de cristal que alojarían las bebidas espiritosas.

El Secretario, siguiendo su modus operandi calificaba la novela con el calificativo demoledor que acostumbraba cuando no tenía argumentos consistentes. Se iba abriendo camino mientras se preparaban las consumiciones ante la mirada de la carirredonda de melena rubia y labios encarnados que parecía pensar: “¿Qué habré hecho yo para merecer esto?

A pesar de todo no perdía su sonrisa comercial – digamos que vagamente macdonalizada; Jünger dice del rostro femenino moderno que tiene un acento cosmético y en los hombres un acento metálico– porque quizá intentase una presentación en grupo que le reportara una venta de varios androides limpiadores de una sola tacada.

Se hizo un silencio inexplicable que dio paso a un golpetazo de la puerta – el local había sido totalmente remozado pero, inexplicablemente, seguía sonando como antaño y al volver la hoja a su posición de cierre, la suave música ambiental no era capaz de exorcizar el estruendo. Nadie podía esperarlo ni siquiera imaginar…. Algunos nos quedamos boquiabiertos y como in albis. La sabueso había dirigido su nariz hacia la puerta en busca de un rastro que a primera vista produjo un encantamiento en ella. La estampa no era para menos ya que se trataba de un hombre trajeado –traje príncipe de gales con camisa corbatera, ambos gris confederado –, maduro pero bien parecido, barbado y risueño con una sonrisa luminosa y con una mirada no menos luminosa cuya diana éramos nosotros:

—Buenas tardes mis queridos contertulios –con una voz de timbre tranquilo y dulce. Cuánto tiempo sin ver sus rostros. Sí… algunos asuntos me han retenido más de lo normal pero veo que ustedes no han perdido la posición, lo cual me llena de orgullo y satisfacción.

—Buenas y santas tardes, Sr Presidente –dijo un tertulio pelota y, en general, el buenas tardes plenario fue unánime y emotivo.

El mundo ya no es lo que era o, más bien, era casi lo mismo pero todo se presentaba más cierto y claro ante los ojos de los habitantes de un planeta enfermo. En el pasado, parece como si la verdad hubiera estado velada y los grandes engaños ocultos a los ojos de las masas. En esta nueva era, un nuevo emperador regía el Imperio con mano de negociante. De nombre Donald y de apodo Trampas, por sus decisiones tontamente multicolores en favor siempre del usurero imperio mandamás – decisiones todas ellas siempre llenas de barras y estrellas. El negocio era lo primero. Nada habría de cambiar a mejor para los ciudadanos de esta aldea global.

La deuda soberana del país nuestro se había convertido en una soberana deuda y un servidor, de hombre triste mutaba en triste hombre; los dueños del capital ávidos por engrosarlo cada minuto, a cada hora, más y más ceros a la derecha. Mientras en el alma de la ciudad se iba a llevar a cabo una operación especulativa justo en el centro sagrado que ocupaban estos letraheridos y escritorzuelos a un tiempo, de tal suerte que los manípulos macdonalizadores los cercaban ya peligrosamente. La invasión era sencilla y se basaba en veloces inversiones: se invertía dinero para transformar establecimientos clásicos en lugares de peregrinación para el banco de besugos.

Mientras todo esto sucedía, como digo, –la nueva sede, de nombre también macdonalizado, había cerrado por una avería en las cañerías –teníamos la fortuna de volver a nuestro Templo por sorpresa, y la mismísima tarde, nuestro Presidente aparecía de incógnito después de varios años de ausencia. Seguramente habíamos sido tocados por la diosa Fortuna – tampoco el santoral decía nada de san Cosme y san Damián – pues allí entero, radiante y resuelto a consumar la tertulia, venía nuestro prócer a sorprendernos con su tono de voz pausado de maestro paciente, de crítico impostado y fatal pero inofensivo al fin y al cabo.

—Sí ya sé que tienen ustedes muchas preguntas pero deberán esperar… Lo primero es lo primero – y mirando a la rubia sabueso que nos vigilaba – … veo con pena que han tomado nuestro Templo de forma alevosa y han arramblado con los escaños y su aterciopelado recuerdo. Está por salirme el verbo descuageringar… Si nuestro alcalde Azkuna levantara la cabeza volvería a caérsele del susto. Este era el centro inmortal de mi saga de latón y terciopelo, reducto literario habitado desde el siglo pasado y mirad en qué estado ha quedado.

—Sr Presidente... es una pregunta obvia pero no puedo evitar hacerla ¿es todo esto una quimera? – interrogó uno al que tildaban de Maestre.

—No, esté tranquilo, querido Maestre, luego tendrá ocasión de fumar conmigo un picado en la Gran Vía y encenderlo con mi mechero latonado. Incluso si quiere le puedo dar la bendición Ongi Etorri. La verdad es que ante vuestra presencia me siento extraño pero profundamente emocionado y, sobre todo, feliz por vernos reunidos de nuevo en este rincón. Hoy no tenía cita con la soledad y esperaba poder hablar de libros durante un rato. Hace ya tanto tiempo que me exilié en Puerto de Rosario… – confesó con nostalgia el Sr Presidente.

Boquiabiertos y sin creerlo hicieron sitio a la cabeza visible de la hermandad. Mientras se acomodaba en una esquina le fueron estrechando la mano, y éste echando en falta el mullido escaño, dio por buenos un café y un anís. Al parecer, estaba sorprendido de no ver ningún platillo de aquellos que querían ser cenicero.

Hablaron largo y tendido de la propuesta del insigne escritor portugués – el proponente recordó que no existían premios Nobel cuando vivió el autor. El Sr Presidente la calificó de valor seguro injustamente tratado por algún tertulio retorcido, aunque era claro que el portugués era un pueblo hermano pero algo extraño. Además, recordó la otra propuesta lusa – que no ilusa, única en la historia de la tertulia – y le emocionó grandemente pues, por entonces, le había hecho mucha compañía en la soledad de los aeropuertos.

Fue un encuentro especial donde las palabras fueron caricia y la Literatura recibió un homenaje modesto pero emocionante; el anisete, sin duda, ayudó a todos a sentir la alegría y la emoción de otra tarde inolvidable lejos del Nueva York, en nuestra casa.

A las seis y un minuto, apareció un hombre alto, rubio y de porte germánico con la cabeza casi monda que dijo ser el apoderado de la firma en España. La rubia carirredonda, a su derecha, sonreía victoriosa pues parecía pensar que desalojaríamos por puro miedo aquel rincón que había sido nuestro. Educadamente el hombre nos preguntó por el grupo y le contamos nuestra pequeña gran historia y la de la capilla literaria que había acaecido justamente allí. Nos contó que era lector de obras clásicas y que le parecía violenta aquella situación. Tras algunos titubeos se ofreció a recibirnos otra tarde que gustáramos sin ningún problema; la firma, y él en su nombre, no podía evitar que tomáramos aquella trastienda, de tarde en tarde, siendo de tal calibre las vivencias que allí habían tenido lugar. La encargada nos regaló una sonrisa franca hasta entonces desconocida y asintió con cierto énfasis. Unos apretones de manos sellaron un mutuo respeto y nos dejaron franco el camino a la puerta del Templo.

Todos miramos alrededor buscando al Presidente pero ni rastro ¿había estado allí? ¿Habíamos sido abducidos? ¿Cómo y de qué manera? En el vestíbulo olía a picado y una pequeña neblina delataba su paso. Salimos rápidamente a Ledesma oteando un hombre trajeado con un cigarrillo. Lo vimos cerca de la boca de metro de Berastegui moviendo la mano izquierda, a modo de despedida, sonriéndonos; cuando llegamos la impresión fue shakesperiana :
 

He had vanished into thin air

 

No lloramos pero a punto estuvimos de hacerlo: hubiera sido un cuadro melodramático. Alguien comentó: se ha vuelto a llevar su secreto. Cavilamos unos instantes dándonos cuenta del calado de la apreciación. No caímos en la tristeza, no por Dios, cómo habríamos de hacerlo. Mudos volvimos a la puerta del prehistórico café ahora tienda de autómatas; nos habían abierto sus puertas que desde antiguo eran como nuestras. Los cabellos al albur del vientecillo de la estrecha bocacalle y claramente sin palabras. La luz había declinado para entonces y la primavera estaba bien cerca. No llovía en las calles pese al algodonoso techo de nubarrones. Un sábado más a salvo del vacío y la herrumbre. Creo que al unísono pensamos que en el futuro lo buscaríamos por las calles y en los cafés, también entre las páginas de los libros – La Odisea, Guerra y Paz, Los tres mosqueteros y de tantos otros… – y en las estanterías de viejo, pero, sobre todo, lo andaríamos buscando en nuestro interior; las sonrisas eran francas y el momento mágico. Sin saber cómo ni por qué, el Maestre nos sacó del ensueño con unas sencillas palabras:

 

Ahora ya es nuestro secreto...

 

NOTA: ésta es una historia apócrifa, por lo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Lo que no obsta para que sirva de reivindicativo homenaje a las vivencias y pesares de la parroquia hallada en el Templo.

El maestresala

 

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El manípulo fue una unidad de la legión romana, ideada durante las guerras samnitas en el siglo IV a. C. Cada manípulo estuvo compuesto por dos centurias de ochenta hombres cada una; tras la reforma a finales del siglo II a. C. del cónsul Cayo Mario que profesionalizó el ejército, fue sustituida por la cohorte como unidad básica de la legión. Cada cohorte estaba formada por tres manípulos. Diez cohortes formaban una legión. El manípulo romano venía a equipararse a la compañía de infantería actual.