El herrero cruzó la aldea corriendo entre las sombras. El sol pálido de un amanecer confuso apenas comenzaba a acariciar el borde de la empalizada que protegía la aldea. A Ahmed le llamaban herrero por su capacidad para construir casi cualquier artilugio a partir de la nada; en realidad antes de que estos tiempos de incertidumbres les agitaran hasta arrojarles en aquel lugar, Ahmed había sido catedrático de física en una de las universidades de París. Casi todos los habitantes del sitio, de un modo u otro, una vez ocuparon posiciones relevantes en una sociedad que había desaparecido presa de la intolerancia primero, del odio más tarde y ahora de la muerte.
La mayoría de los miembros de la comunidad aún dormían cuando los centinelas empezaron a golpear las campanas de alarma, alertados ellos mismos por la carrera del herrero. En la lechosa luz de las primeras horas de la mañana lo vieron sumergirse en el bosque próximo. Al principio las nubes de humo se desprendieron perezosas desde las copas de los árboles, aunque pronto se convirtieron en la imagen de un enjambre furioso que escapaba hacia el cielo huyendo de las llamaradas que lo perseguían. Cuando Raschid alcanzó a las puertas del poblado no necesitó preguntar nada a los vigías, las olas de calor que les azotaban desde la arboleda agonizante no eran suficientes para compensar el frío que había empezado a circular por sus venas. Lo que ahora era una muralla de fuego había sido hasta entonces su baluarte, el último, y si Ahmed había prendido los bidones de combustible era porque con los sensores que años antes colocó más allá del bosque habían detectado la llegada de los soldados.
La gente empezaba a arremolinase a su alrededor, todos miraban con el mismo gesto el fuego porque todos sabían lo que significaba. Había miedo en sus semblantes, pero también un cierto alivio; la tensión y la incertidumbre de esos años por fin se disolvían. No, los otros no habían cejado en la búsqueda de reductos como el suyo donde habían intentado subsistir; no les bastaba con la victoria de una fe demencial que había arrasado el mundo. Alguien le tocó el codo y se apretó contra él. Su esposa miraba el incendio con idéntica comprensión de lo que iba a suceder; por fortuna ellos ya no tenían hijos, así podrían afrontar el futuro con menos temor que otros.
Raschid ordenó que aprestaran las embarcaciones con rapidez, no había tiempo que perder. Siempre supieron que aquello llegaría a suceder, así que quizás unos cuantos de ellos podrían huir. María y él se quedarían en la aldea con otros de su edad, serían el cebo que permitiese a los más jóvenes y a los niños tratar de sobrevivir unas semanas más. Acaso hallaran un refugio más sólido e inaccesible. Según algunos en la región de Tarn aún era posible lograrlo, la tierra de los antiguos cátaros; una ironía que esos lugares fueran hoy un abrigo frente a los nuevos puros.
Los preparativos fueron rápidos y poco después los últimos afortunados partían río abajo. Los que se quedaban les desearon suerte y un cercano reencuentro, aunque eran conscientes de que nunca más se volverían a ver en este mundo, Revisaron las cabañas de la aldea, nadie se había quedado atrás. Todo estaba en orden, aunque era una forma perversa de expresar lo que estaba sucediendo. En el umbral de la casa de Harun y Marta alguno de los niños había extraviado un libro. El conejo de Alicia miró a Raschid desde la portada con un extraño gesto de tristeza. En el mundo donde ahora vivían las ilusiones y los sueños desaparecieron hacía tiempo, ya solo quedaba la pesadilla que estaba a punto de alcanzarles.
Eran solo una docena los que permanecieron en la aldea. Abandonaron los portones de acceso, dieron la espalda al bosque rugiente y se reunieron en el edificio que hacía las veces de mezquita. Se arrodillaron, juntos hombre y mujeres (al Señor no le importaría) y oraron por última vez. Alá es grande y Mahoma es su Profeta. Raschid mantuvo la costumbre y dirigió la oración. Esta vez el rezo fue breve, después todos se despidieron de los demás y se refugiaron en sus cabañas. Raschid y su esposa se sentaron sobre una alfombra, recostados en unos cojines y se abrazaron. Conectaron un pequeño reproductor de música, una de sus más preciadas pertenencias y seleccionaron el Réquiem de Mozart. En el mundo exterior, en los dominios de los nuevos puros, la música había sido prohibida. Y los libros. Y la pintura. Y cualquier cosa que pudiera quebrar la absoluta devoción que ese exigía a los fanáticos que se habían hecho los dueños del mundo. Raschid y María se cogieron de la mano y lloraron en silencio.
El ruido de las cadenas de los blindados cayó sobre la aldea como un trueno sin fin, quebró el silencio que paulatinamente se había apropiado de sus espíritus. Solo el leve gemido del bosque agonizante entraba por las ventanas cuando el viento soplaba en su dirección. Los grandes monstruos se detuvieron con una amalgama de chasquidos y un jadeo final. Las voces de los soldados invadieron hasta el último rincón de la aldea, en pocos minutos los pocos habitantes que habían permanecido allí estuvieron agrupados en la explanada central, con las cabezas humilladas, aguardando lo que aquellos hombres hubiesen decidido hacer con ellos. Las noticias que durante esos años les habían llegado eran a veces increíbles y muchas veces contradictorias, pero siempre estaban regadas con todo el licor de la atrocidad de que era capaz el fanatismo. Pronto iban a saber si eran en verdad ciertas.
El oficial al mando, uniformado de un negro impoluto y con las insignias de las tropas de Roma luciendo en las mangas, se les acercó. Los observó de uno en uno, valorando su actitud, seguramente su destino. Acaso fuesen afortunados y la muerte llegara con rapidez. Emmanuel, el anciano maestro, fue el primer interrogado. El afán de aquellos hombres era que nadie escapase de su red, cuántos y hacia dónde habían huido fueron las preguntas que golpearon al maestro y después a su mujer cuando el primero se negó a responder. Ambos se limitaron a mover sus labios en silencio con los ojos clavados en el cielo, sin duda recitando versículos del Corán. El oficial lanzó un bufido y sin amenaza previa les disparó en la cabeza. Los estampidos les agitaron como las hojas de un árbol azotado por la tempestad. El soldado se encogió de hombros, se plantó delante los demás y les habló con un tono frío, tranquilo, casi sacerdotal. Quizá lo fuese, muchos de los oficiales del ejército habían profesado los votos de obediencia, castidad y pobreza, como los antiguos Cruzados. Era fácil, les explicó. Ellos se habían negado a convertirse a la auténtica fe, con su huida y ocultamiento se habían transformado en enemigos de la Iglesia de Roma y de la Nueva Europa. Solo les aguardaba la muerte. Si respondían a sus preguntas tendrían un final misericordioso. En caso contrario, la voluntad del Señor había sido manifestada con claridad desde Su triunfo… Su elocuente silencio fue acompañado de un gesto de su brazo. Varios hombres penetraron en la plaza. Raschid, como hicieron todos los demás prisioneros, emitió un grito sofocado cuando vio el cuerpo del herrero clavado en una cruz. Aún vivía, sus ojos enloquecidos miraban a todos lados sin reconocer nada más que el dolor. Los soldados levantaron el madero y aseguraron la base. Raschid caminó hacia el oficial y lo miró a los ojos. ¿Dónde estaba la caridad cristiana que debía haber adornado aquel semblante? En el fondo de aquellas pupilas solo vio el reflejo de los años de guerra, de un continente arrasado, de decenas de millones de muertos y de una fe triunfante y exaltada que nada sabía de la antigua y original que decía defender, aunque en realidad renegara de ella. Ahora solo los puros merecían vivir, y ellos, seguidores de Mahoma, eran la peor de las aberraciones que manchaban la sagrada tierra de Europa.
La lluvia empezó a caer sobre la estampa que se mostraba en el centro de la aldea. Todos mantenían una actitud hierática en medio de un lugar que pronto se iba a transformar en un nuevo Calvario. Raschid cerró entonces los ojos y recordó otra mañana de lluvia, allá de su añorada Lyon, cuando aún no era un campo de escombros. María y él bajo un lujoso paraguas en el jardín de su casa, con el agua salpicando sus pies, felices porque por fin ella se había quedado embarazada. El paraguas con el nombre de su futuro hijo bordado en la tela había sido su obsequio. Así el buen Dios, desde allá arriba, podría leerlo y concederle su bendición. La guerra se lo llevó, como a tantos. Y ahora era su turno. Pronto volverían a reunirse los tres.
Su esposa y él se cogieron de la mano y permanecieron uno al lado del otro, indiferentes a todo, ajenos a los gritos de sus compañeros. Las gotas de lluvia les iban empapando poco a poco. Quizá fuesen las lágrimas de Dios.
Roberto Sánchez