Introducción

Creo que fue Marcel Proust quien dijo que los muertos no existen salvo en nosotros. Esa es la responsabilidad que asumimos con los que amamos y un día parten hacia ese lugar sombrío que es el reino de Hades, la nada o la esperanza, según las creencias de cada uno. Nosotros hacemos que sigan vivos en nuestro recuerdo, es la última ofrenda que podemos concederles, y no es insignificante ese afán de mantener cerca el espíritu de quienes se fueron. De alguna manera eso es lo que hemos deseado conseguir con estas páginas, que nuestro amigo Miguel, y aquello que significó para todos los que formamos esta tertulia, permanezca a nuestro lado. Sin embargo, Miguel no está del todo aquí, en estas páginas; como dijo Herman Melville, It´s not on any map, true places never are. Los lugares verdaderos no están en un mapa, ni siquiera en un libro; el Miguel de verdad no puede ser encerrado en unos cuantos pliegos de papel, sería arrogante pretender algo así. En nuestras manos solo tenemos ahora la pálida sombra de un reflejo difuminado. Solo eso porque el Miguel auténtico está dentro de nosotros, en nuestro corazón, y ahí seguirá mientras su recuerdo siga vivo. Pensemos en él y pongamos en sus labios los versos de Ángel González, Muerte en el olvido. Imaginemos que nos habla con voz suave, sentado en su escaño de terciopelo, sus manos apoyadas en el tablero de mármol de una pequeña mesa. Cerremos los ojos unos instantes y oigámosle recitar.

Yo sé que existo

porque tú me imaginas.

Soy alto porque tú me crees

alto, y limpio porque tú me miras

con buenos ojos,

con mirada limpia.

Tu pensamiento me hace

inteligente, y en tu sencilla

ternura, yo soy también sencillo

y bondadoso.

Pero si tú me olvidas

quedaré muerto sin que nadie

lo sepa. Verán viva

mi carne, pero será otro hombre

-oscuro, torpe, malo- el que la habita...

 

Ahora miremos hacia adelante e imaginemos que sigue a nuestro lado, alto, limpio, inteligente, sencillo, tierno y bondadoso.