Jardines de Oriente

El latón y el terciopelo adornan los interiores del Café de Oriente, pero hoy he preferido acomodarme en la terraza exterior; me gusta respirar el aroma del sol en los cálidos atardeceres del verano en Madrid. Hago un gesto con la mano, ese universal movimiento que simula una firma y el camarero deja la cuenta sobre la mesita de tablero de mármol y patas de hierro fundido con una servicial inclinación de cabeza. Viste camisa blanca, pantalón y chaleco negros y pajarita del mismo color. Sus zapatos, también negros, muestran el desgaste de muchos paseos desde la terraza hasta el interior del Café. Tienen una hechura tosca y contrastan con la elegancia del resto del atuendo, a buen seguro el calzado no forma parte del uniforme y depende de su magro sueldo. Busco sus ojos, huidizos, pero no lo consigo, y los míos resbalan sobre una piel cobriza y un semblante cincelado de tristeza. Dejo a un lado el libro que estoy leyendo y enciendo un cigarrillo. Exhalo una bocanada de humo que por un momento tamiza la fastuosa vista del Palacio Real hasta que ambos, humo y Palacio, parecen fundirse en una sola forma distorsionada que se retuerce sobre sí misma. Bajo los párpados unos segundos y estoy seguro de que cuando los vuelva a abrir una sección de la fachada del Palacio se habrá desvanecido. Quedarán a la vista las habitaciones, los tapices ondearán ante la suave soplo de la brisa del atardecer, algún mueble oscilará frente al vacío y quizá el monarca deba subirse los pantalones apresurado. Lanzo un suspiro, apago el cigarro en el cenicero y deposito algo de calderilla junto a la cuenta. Varios jóvenes con el torso desnudo evolucionan cerca de allí saltando con sus patines por encima del mobiliario urbano. Uno de ellos se golpea contra el suelo y se retira con la espalda fustigada por el asfalto inclemente. Me encojo de hombros, impasible ante la creciente estupidez de la raza humana y regreso a mi lectura, aunque no logro avanzar más allá de unas pocas líneas. Una partida de orientales, supongo que chinos, llega a la carrera; comienzan a disponer unos carteles donde anuncian todo tipo de masajes, terapéuticos, y unos taburetes plegables de playa sobre los que se sientan a la espera de algún cliente dispuesto a arriesgar la salud entre sus dedos. No han logrado capturar a ningún incauto cuando otra tropa de orientales avanza en formación hacia el primer grupo y ambos se enzarzan en una alborotada disputa acerca de la posesión de aquel pedazo de los Jardines de la Plaza de Oriente. Los límites territoriales no están demasiado claros, y pronto pasan de las palabras a los empujones y de ahí a alguna mano que se escapa y masajea de forma contundente un rostro adversario. Dos aguerridos policías municipales aparecen por una esquina del Teatro Real y la trifulca se disuelve con tal rapidez que ni el eco de su compulsivo idioma permanece en la tarde soleada. Uno de los camareros, con un inconfundible acento patrio, intenta hacerme cómplice de sus postulados nacionalistas, pero ante mi sonrisa desvaída opta por ignorarme y se aleja rezongando. Trato de volver a mi lectura, me acomodo en la silla de forma que la calidez de los últimos rayos de sol me acune, pero percibo una insistente mirada clavada en mí. Observo los jardines, cuajados de toscas estatuas de reyes de los antiguos reinos medievales de la península. Dicen que las tallaron para ser colocadas en lo alto del Palacio Real y así contempladas desde la lejanía, de ahí la aparente rudeza de su ejecución. Dicen que la reina de Felipe V soñó que una de ellas le caía encima una mala mañana y que por ello optaron por esconderlas entre los parterres. Mientras recuerdo esta leyenda, sigo escudriñando alrededor. Unos metros más allá, el rey Don Íñigo Arista de Pamplona me observa con el ceño fruncido y menea la cabeza en gesto desaprobador. De un salto desciende del pedestal, se recompone la capa y el faldellín, recoloca la espada y sin pedir permiso se sienta a mi lado. Al fin y al cabo él es un rey y yo solo un humilde plebeyo. Me habla en un idioma que se asemeja al vascuence, a pesar de lo cual logro entenderlo sin problemas. Le pregunto si quiere tomar algo y al final acordamos pedir dos copas de vino de Rioja, región que cae dentro de sus dominios, me informa ufano. Debatimos con sosiego durante un buen rato sobre el estado del país y los cambios de los últimos mil doscientos años, aunque noto un arrebato de furia que crispa sus facciones cuando le narro la desaparición de su reino. Su mano se cierra sobre la empuñadura de la espada y hace amago de desenvainarla. Mejor nos tomamos otro vinito, majestad, y unas tapitas. Lo otro ya no tiene remedio. Asiente y se recuesta sobre la silla, aún alterado. Tantos esfuerzos para nada, suspira. Pelear con los árabes, le digo, sirvió para asentar el futuro en el que hoy vivimos. Me mira con los ojos muy abiertos. No sé a qué os referís, mis enemigos son los francos no los seguidores del Profeta, me aclara y comienza a hablarme de los Banu Qasi. Opto por no explicarle que los reyes de hoy son descendientes de esos francos, Don Íñigo es un tipo suspicaz. Después de un breve silencio me pregunta acerca de la batalla de los hombres de ojos rasgados y le explico que siempre ha habido invasiones. Esta es una más. No, no los matamos. Todavía no, aunque todo se andará. El camarero me toca el hombro y con acento seseante se preocupa por mí. Don Íñigo ha regresado a su podio, el caballo de Felipe IV continúa detenido en un corcovear eterno, cuatro copas de vino vacías filtran los últimos rayos de la tarde y tiñen de un tono rojizo el mármol de la mesa. El libro se ha deslizado entre mis dedos y reposa en el suelo, a mis pies, abierto por una página cualquiera. Me inclino, lo recojo y continúo leyendo.