Lola contemplaba aburrida el paisaje urbano que se divisaba desde la ventana de la cocina de su vivienda. La panorámica espantaba: la calle salpicada de baches jamás parcheados, un edificio de pisos con las fachadas desportilladas, un almacén de mercancías para la venta ambulante que amenazaba ruina, un menguado jardincillo huérfano de flores, un patatal repleto de maleza que funcionaba como vertedero y dos fantasmagóricas casetas de obra en tierra baldía. “¡Ay!... La Peña, La Peña… dejada de lado como perra sarnosa”. Era cierto. El deterioro incesante del entorno avalaba esta sensación de abandono que compartían unánimemente los vecinos del barrio. El pábulo cotidiano…,, y gracias, no esperaban más de la municipalidad. La cosa cambió cuando meses atrás unos operarios instalaron aquellas chabolas metálicas en medio del albañal. El alboroto fue mayúsculo. Las hipótesis se dispararon. “A que traen el tranvía”. “A lo mejor nos gratifican con un polideportivo”. “Hay noticias de que pretenden ubicar un polígono industrial”. “A lo que aseguran, planean adecentar el estercolero y cimentar escuelas de fuste”. “Se comenta que viene un centro comercial”. “Van a derribar los bloques en cochambre y meternos en colmenas de protección oficial”. Ideas del estilo corrieron como la pólvora por los mentideros habituales. Lola las conoció por referencias de sus fuentes más fiables: Merche, la administradora del ultramarinos en el que compraba las escasas menudencias que precisaba para ir tirando, y las parroquianas del Buen Pastor y Santa Teresita, con las que charlaba un rato a la salida del oficio dominical. Escuchó las conjeturas de una y otras con escepticismo. Consideraba improbable la ejecución de ningún proyecto en La Peña. ¡Cómo lo sabía! De muestra un botón: los cubículos prefabricados reposaban intactos. “Ya lo mentaba mi Manolo, somos el pus de Bilbao, les atufamos a su mierda y no nos quieren. Si alzara la cabeza”. No es que le importunara la desidia del ayuntamiento, no, lo que le ofendía era la desvergüenza de plantarles en las narices unos mamotretos que habían servido para generar vanas ilusiones. “si al menos los aprovechara alguien. Con la de pordioseros que tenemos”. Y qué casualidad, fue nombrar a la bicha y sucedió. ¡Primicia! En aquel instante un individuo se encaramaba a un ventanuco del lateral de uno de los barracones y penetraba en el interior. La calígine que exhalaba la cercana ría le impidió apreciar más detalles. Quién sería… ¿Un vagabundo? ¿Un granuja en busca de líos? ¿Un delincuente? Aguardó impaciente algún movimiento del extraño. Fue inútil, las sombras nocturnas envolvieron el alfoz. Y decepcionada, se retiró a rezar el rosario radiofónico vespertino. La escena se repitió a diario. “¡Vaya! El cuco se ha apañado hueco y se recoge a lo oscuro”. ¿Qué se llevaba entre manos? ¿Esconderse? ¿Dormir? ¿Ocultar género robado? La curiosidad le mordía las tripas. Decidió saldar el misterio. “Lo voy a cazar cuando levante el vuelo. Por mi difunto Manolo que sí”. Y acopió un haz de duermevelas en la porfía. Lo sorprendió ahuecando el ala el segundo viernes de mayo. La primavera maduraba y la claridad mañanera permitía vislumbrar la zona. Suerte que había madrugado para acudir a la peluquería. Se alejaba, mochila a la espalda, por la vereda que orillaba la barranquera. Constató que lo hacía regularmente. El furtivo habitaba la guarida desde el anochecer hasta el amanecer. ¿Por qué ese empeño? ¿Para evitarse follones con los peñenses? No le cuadraba. “Si por aquí, mientras no le arrambles su cacho, cada cual arrea a su burra”. ¿Para esquivar a los obreros que pudieran presentarse de sopetón? Ni de chiripa aparecería alguno. “Por largo que peine canas, no caerá la breva”. Como fuera, era evidente que procuraba pasar desapercibido. ¡Qué ingenuo! En La Peña había demasiadas arpías, demasiados cañutos, demasiada mezquindad, demasiado de todo que tuviera relación con la miseria, como para que los interesados no estuvieran al corriente. Ella misma se incluía en el farrago de hurones. No le iba nada en el asunto, pero el morbo le corroía las entrañas. “¡Manolo discúlpame! Ya sé que decías que no ponga el hocico allá donde no tenga caldero. Ay que sí, andaré con tiento”. Lo más práctico era cotillear con las comadres del Buen Pastor y Santa Teresita y con radio macuto Merche. A ver qué se cocía. Le dieron con un canto en los dientes. “¡Alma de cántaro! Siempre en babia… Serás la única que no se ha enterado”. Y le destrenzaron una sarta de bulos. Inicialmente se barruntó que era un mendigo que limosneaba por el Casco Viejo y que se las había ingeniado para aviarse su hospedaje. Otra versión apuntaba a un prófugo de la justicia. Otra a un loco. Otra a un drogadicto. Y así a todo un listado de supuestas figuras humanas. Incluso hubo quien señaló a un grupo organizado. Pero era hablar por no callar. Fue más sencillo. Se trataba de Jorgito, un nativo de La Peña que marchó con la familia a San Francisco. ¡Ironías del destino! “¡Quién! Y Jorgito…”. Si lo había visto nacer… Si le mudó los pañales en más de una ocasión… Si fue su madrina en la primera comunión… ¿Cómo había llegado a aquella situación? “¡Que de vueltas da la vida! ¡El niño de Benita y Máximo!”. El pasado se desempolvó en recuerdos insospechados. Compartieron tanto con ellos… Benita, una mujer de salud frágil y voluntad quebradiza, de adolescente padeció la tuberculosis y no se curó del todo. Se manejaba malamente y requirió mucha ayuda. La desdichada murió sin cumplir los cincuenta años, como Manolo, los dos con los pulmones hechos trizas, ella por neumonía y su marido a causa de los estragos que le provocó el humo de décadas de picado de tabaco a mansalva. Máximo era un tiquismiquis de carácter avinagrado, muy verraco, y llevó cruzada la enfermedad de su esposa, a la que no le perdonó que no hubiera sido capaz de parir más que un vástago. Congenió a las mil maravillas con Manolo. Juntos trabajaron de sol a sol en el tajo en el muelle de Marzana, juntos jugaban al mus y se ponían tibios a coñac los sábados en la tasca de Melchor, juntos iban a los partidos de fútbol que se terciaran y juntos se despidieron del mundo: uno, directo a la tumba; y el otro, a acecinarse en su buhardilla. Por entonces Jorgito haraganeaba enrolado en la mili en Canarias. Padre e hijo habían sido un tachón en un paréntesis de olvido. Y ahora irrumpían en su fuero de la manera más trágica. Las palabras de Merche no ofrecían dudas. “El chico debió venir apisonado del cuartel, hartito de drogas y licores, y no se reformó nunca. De oficio: vago y maleante… Fechorías, jaleos, parrandas y estancias en el maco suman su día a día. La heroína lo ha alelado. Cuando le venía en gana, aparcaba los huesos en el tugurio de su papá, a quien birlaba los cuartos con amenazas y malas artes. La última vez debió propinarle una paliza que lo mandó al hospital. Por eso lo han escombrado a la rasa y ha aterrizado por los lares. No tiene solución… Pulula por San Francisco y Atxuri hecho un pingajo. No pide caridad, cobra alguna ayuda. Es lo que se rumorea”. ¡Jaque mate! ¿Cómo sacudirse semejante baldón? No le resultó fácil. Se obsesionó con Jorgito. “¡Cría cuervos! Quién es la valiente que apechuga con la joyita. ¡Virgen Santa!”. La de veces que Manolo le rebañó que fuera machorra. Tal y como estaba el patio, se alegró íntimamente. La pena de no ser madre se mitigaba ante un despropósito de tamaño cariz. Eso sí, le escocía mucho la derrota de quien bien pudiera haber sido su retoño. Tardó una semana en retomar la vigilancia. Todo seguía igual: Jorgito arriba y abajo a su albergue clandestino al filo del crepúsculo. Y la monotonía impregnó el verano. Merche le puso la sal y la pimienta. “¡Qué burla, maja! Golfante sí, pero de tonto ni una peca… Ya se las arregla, ya… Para las ocho allá que se va al mercado de La Ribera. El caradura antes se toma un café con leche y bollo en un bar de Urazurrutia. Laborales y festivos, no falla. ¡Qué despilfarro! Trajina como una mula, para que vengan estas garrapatas y, a cuenta de lo que nos quitan, chupen de gorra y lo tiren por la taza del váter. En la plaza le tienen fichado, y consigue sin problema algunas viandas. Al mediodía va a papear a los comedores públicos de los franciscanos. Los de Cáritas le amparan en lo tocante al aseo personal y a las ropas. Luego merodea por el Casco Viejo. En algún baratillo compra dos o tres botellas de tinto, que apura a saco. Es lo que se rumorea”. Pudo dar fe de ello. A últimos de julio lo pescó sentado sobre un pedrusco delante de los chabolones. Pimplaba a morro. “¡Pobre desgraciado!”. Sobradamente conocía el sabor amargo de la soledad, aunque triste consuelo era el vino. Aquel luminoso jueves le costó un triunfo auparse a la entrada del nidal. La grotesca exhibición se convirtió en algo ordinario. Y bebe que bebe, el borrachuzo se desenvolvía con mayor torpeza. “Esto pinta muy negro. Al menor descuido, se desloma”. Ocurrió a mediados de agosto. Vio cómo lo ingresaban en una ambulancia. Merche le facilitó los pormenores. “Lo ha encontrado un señor que recolectaba caracoles. Estaba inconsciente, con la cara destrozada, despatarrado a pie de su refugio. Es de chiste, la policía ha pesquisado como si fuese un ajuste de cuentas o violencia entre bandas. Si hasta el más memo se olería el pastel”. Al cabo de un mes volvió a las andadas. ¿No había escarmentado? Pues no. Y se encadenaron las veladas de cogorzas a la intemperie. Eso de darle al frasco a pelo y sin compañía le parecía más una muestra de desesperanza y rechazo a la sociedad que un puro vicio. Manolo nunca se embolicó a las bravas sin ton ni son, empinaba el codo con sus compinches en la bodeguilla de Casto y en la tasca de Melchor, ambas desaparecidas hacía bastantes años. Irse a la taberna era una costumbre de machotes, un desfogue para los currelas, resabiados de faenar peonadas de diez o más horas, y empiparse no acarreaba mayor desprestigio. Lo de Jorgito no tenía nombre, simplemente clamaba al cielo. Pero nadie movía un dedo por él, y se encarroñaba rodeado de porquería entre los matorrales que paulatinamente arrebataban terreno al descampado. Las consecuencias fueron habas contadas. Por segunda vez tuvieron que socorrerlo. Merche corroboró sus temores. “Lo han encamado a una hebra de palmarla. Si ya te digo, no hay Dios que enderece a este monigote. Ni coma etílico, ni castañas pilongas… Unos buenos soplamocos le vendrían de perlas… Ya verías cómo se dejaba de majaderías. La culpa es de quien le sigue el juego y le presta auxilio. Si quiere estirar el zancarrón, pues venga, que los gusanos lo agradecerán”. Tampoco había que exprimir más el gajo. Ya había suficiente maldad por todas partes como para sentenciar a muerte a quien no hacía daño más que a su hígado. Aunque comprendía este sentimiento de tirria. ¿Que era una mancilla? Sí. ¿Que era una indignidad? Sí. ¿Que era inhumano? Sí. Pero se lo había ganado a pulso. No valían excusas ni paños calientes. Jorgito era víctima de sí mismo. En La Peña no regalaban el pan. Los muchachos de su edad se habían labrado un futuro decoroso. No habían salido de pobres, pero eran hombres hechos y derechos. ¿Que él enfiló la senda equivocada? ¿Que se dejó embaucar por la sinvergonzonería? Pues ahí estaba la cosecha de tanta farra. ¿Y qué cabía hacer? ¿Acaso denunciar su estado a expensas de que alguien se hiciera cargo? Para qué, si los peñenses coincidían con Merche: “espichado el chucho, adiós a la rabia”. ¿Acogerlo en su hogar? No, no estaba obligada, ni siquiera por lealtad a Benita, que infinidad de veces le manifestó su preocupación por el porvenir de su criatura, como si presagiara el desastre. Si a orden cabal ella era más infeliz en su encierro de décadas de luto. No, no lidiaría aquel morlaco. Las beatonas del Buen Pastor y Santa Teresita comulgaban con esta opinión. “Dios apremia pero no asfixia. Él dispondrá. No hay que inmiscuirse, para eso están las asistencias sociales”. Durante una temporada no supo nada de Jorgito. Se topó con él, frente a frente, camino de la iglesia la víspera de todos los Santos. Fue pavoroso: Su cuerpo de media libra, su “carofla” amoratada, sus ojos de rata inyectados en sangre y su mirada torva la espeluznaron. Hubiera deseado expresarle su pesar, endosarle algún reproche, irrigarlo con estampas de la infancia y activar su fibra emocional, pero las sílabas se le apelotonaron en la garganta. En una hebra imperceptible de voz engarzó un lacónico “Jorgito”. Este percutió con una carcajada de corneja, le sacó la lengua y partió escupiéndole un gargajo. ¿Cómo describir aquella estocada a quemarropa? ¿Desaire? ¿Aborrecimiento? ¿Rencor? Quizá lo más exacto fuera decir “colapso”. Eso es lo que le produjo la insólita escaramuza. Se hundió en su propia impotencia y no tuvo arrestos para ir a misa. Como si la hubieran atornillado a la acera, se marcó una de estatua unos diez minutos. De regreso a casa sufrió varias punzadas en el estómago. La ascensión hasta la cuarta planta por la estrecha escalera del inmueble la puso al borde del infarto. Se acostó sin probar bocado, sin quitarse la ropa siquiera, no porque tuviera sueño, sino para huir del presente. Pero el magín le carburó toda la noche y no pudo sustraerse a la imagen aberrante de su malogrado ahijado. Pensó que todo obedecía a la factura del diablo, si no, cómo justificar tal degradación. “¡Jesús bendito!, apiádate de esa oveja descarriada”. Por un periodo se desentendió de él. Supuso que perseveraría en su rutina. En efecto, tal cual... Cuando se aventuró a expiarlo de nuevo, comprobó que la bala perdida avanzaba en su deriva. Los días habían acortado notablemente. Ahora campaba en sus reales para cuando se desperezaba de la siesta. Y más de lo mismo: sopla que sopla hasta el desmayo. No se explicaba cómo conseguía introducirse en su cueva con las merluzas brutales que pillaba. Menos aún que se molestara en abrirse en batida al compás de la aurora. ¿No sería más acertado apalancarse y ahogarse en alcohol a discreción? La verdad es que experimentó un acentuado desapego por aquella cuba con patas. El invierno apretaba de lo lindo, llovía con frecuencia y los termómetros no pasaban de los diez grados, y no apetecía permanecer a lo bobo acechando a deshoras a un pájaro sin recorrido alguno. Además, los matojos espesaban el horizonte y le imposibilitaban avizorarlo. Arrojó la toalla. Y en hilera de jornadas grises llegó la Navidad. No eran fiestas de su gusto, tenía poco que celebrar, pero en su mesa no faltaba el turrón blando. Merche soltó la bomba cuando se lo dispensaba. “¡Ay Lola, Lola! Y tú que te alarmaste por ese gañán… Pues ha terminado como se merecía: podrido de morapio… La peste que desprendía el fiambre amoscó a unos chavales que jugaban en el jaral con las chimberas. Fueron quienes dieron la alerta. Se lo llevaron al depósito de cadáveres. Ni funeral ni pamplinas. Nadie lo ha llorado. A las sanguijuelas, ni agua… ¡A que sí! Porque no te me pondrás con remordimientos, ¿no? Estate tranquila, que por eso no van a callar las zambombas ni los villancicos. Es la ley de la jungla”. Cualquiera le replicaba, con el genio que gastaba. Bueno, en el fondo tenía razón. Elemental… La savia del tiempo brota sin cesar y arrastra en su flujo a quien busca atajos. No hay escapatoria. Jorgito era el enésimo mártir. Murió solo de solemnidad. No se afligió. “¡Con Dios se las vea!”. Ella cumplía con encargar una novena en su honra. Asunto zanjado. Y no se asomó a su atalaya hasta después de Reyes. No podía creérselo: dos camiones articulados que portaban en sus remolques sendas excavadoras estaban estacionados enfrente de los módulos de construcción y una brigada de limpieza desbrozaba los alrededores. “¡Manolo, Manolo!, es el fin”.