No hay nostalgia peor
Que añorar lo que nunca jamás sucedió
J. Sabina
No era algo que no ocurra continuamente: un hombre que agoniza, una sábana que cubre su cuerpo consumido dando forma a un bulto apenas filiforme; a cada lado del volumen la manga de un pijama y en sus bocamangas un par de manos nervudas y pardas cual raíces de olivo. Y en cada una de ellas otra mano de mujer que la aprieta como si quisieran retenerle, esquivando las agujas, sueros, sondas y demás inútiles ingenios con que los hombres, pretenciosos, creen poder burlar los límites impuestos por Dios en su Creación.
Ni las manos ni las lágrimas de sus hijas evitaron que algo por dentro le dijera que el momento había llegado. Su pecho dejó de subir y bajar y sus labios quedaron separados con la forma del último aliento que salió de sus pulmones, enmarcando una boca quieta y profunda como el cráter de una mina a cielo abierto. Sus párpados fueron cerrándose despacio, hasta que, agotada su fuerza motriz, se detuvieron a mitad del trayecto. Sus manos se aflojaron y dejó de sentir la presión del lecho bajo la espalda. Se fue haciendo ligero y separándose de su materia, ascendiendo como un globo de helio mientras los contornos se iban diluyendo en una bruma cada vez más cerrada. Allí quedaba su cuerpo, vacío como la mudada piel de una serpiente, gobernando por sí mismo su natural proceso de putrefacción. Alcanzó el techo, lo atravesó sin dificultad y continuó más arriba. Ya todo era nebuloso, no había perfiles ni referencias, tan solo un vacío blanco y sólido que se iba cerrando en derredor a la vez que se estiraba adoptando la forma de un túnel. Un brillo en el fondo parecía atraerle con una fuerza desconocida. El conducto se hacía más estrecho cuanto más refulgente y sintió que algo palpitaba con fuerza en el lugar que antes ocupara su corazón. Cegado casi por completo reconoció las formas de una lámpara cóncava tras un par de caras embozadas por mascarillas. Le aferraron por la cabeza y tiraron de él mientras una mujer pequeña chillaba órdenes a un pequeño ejército uniformado con mandil y cofia. Hacía un instante concluía una vida demasiado larga y ahora volvía a ser apenas cincuenta centímetros de carne renovada. Su garganta no sabía articular palabra pero comprendía que había vuelto al principio conservando intacta su memoria. Los gritos de la matrona le atronaban, aumentando su desconcierto. Al fin rompió a llorar.
Quién sabe qué clase de fuerza milenaria le hacía actuar como de él se esperaba. Cumplió fielmente con los mandamientos de la Naturaleza –rió, corrió, lloró, fue niño en definitiva- a pesar de que su interior alojase, como un ente extraño, una conciencia discordante con su talla.
A medida que transcurrían los años fue empezando a reconocer fragmentos de su propia vida: el primer día en el colegio, los juegos con amigos de la infancia, las tristes tardes de invierno dibujando mientras su madre planchaba… Después empezó a anticiparlos y se entregaba a ellos con la delectación de lo conocido. No era difícil disfrutar de ese ejercicio, pues a pesar de la experiencia atesorada en su cabeza, su corazón se excitaba con las emociones propias de la edad.
Llegó la adolescencia y las muchachas se paseaban a su lado apetecibles y frescas, pero él esperaba sabiendo que la línea de su vida ya llegaba al punto de intersección con la de Flicka. Y ella apareció por fin una tarde de luz cálida en que el verano declinaba, en el lugar exacto, acompañada de sus amigas, como él recordaba. Sabía también que aceptarían la invitación de volver a verse y que continuarían haciéndolo hasta que él, tímido pese a saber la respuesta, le declarase su amor, recién estrenado el nuevo año, subida ella ya al estribo del autobús en que volvía a casa.
Pero sabía también que llegarían la pasión y los reproches, el ardor y las lágrimas, hasta arribar exhaustos a la ruptura. Y después el silencio, la distancia, el resto de la vida, los recuerdos y la intriga de ignorar cómo hubiese transcurrido ésta si no hubiese desatado los cabos que empezaron a trenzarse aquella tarde en que el verano declinaba. Entonces, esa noche cercana a San Juan en que estaba escrito que sus caminos se separaban, se dejó tentar por el gusto de lo incierto e hizo descarrilar el apacible curso de sus días: la acompañó hasta su portal y se despidieron con un beso, como cualquier otro de los pretéritos. Después caminó calle abajo entre las sombras cálidas, excitado por la emoción de lo desconocido.
Llegaron juntos a la edad adulta con su amor sedimentado como el fango en el lecho de los lagos. Pero el tiempo que todo lo pudre lo había ido desgastando igual que hace la lluvia con las estatuas de los parques. Él empezó a añorar a las personas que no habían entrado a formar parte de su vida. Así le fue invadiendo la nostalgia y el deseo de correr a reencontrarse con el curso perdido de su historia. Terminaron por decirse adiós sin aspavientos.
Demasiado tarde comprendió lo alejado que estaba de la senda que abandonó aquella noche próxima a San Juan, a modo de un piloto que, por errar un grado el cálculo de la derrota, conduce su nave a algún puerto remoto. Como un pañuelo arrebatado por el viento de cara, atrás había quedado, sin producirse, la mañana fría y soleada de su boda con Kwinna. La angustia le iba dominando mientras se acercaba el tiempo en que habrían de nacer sus hijas sin que él estuviera esperando su llegada. Comprendió que no somos más que pequeños planetas de un sistema girando y gravitando en relación y a causa de los otros, a los que la súbita ausencia de uno de ellos sume en el caos.
Como el mazo de un cantero fueron golpeándole uno tras otro todos los hechos que nunca sucedieron y así se fue consumiendo hasta que una madrugada volvió a separarse de su cuerpo caído en el suelo de un bar, recogido sobre sí mismo como un feto, con dos parroquianos intentando reanimarle mientras el camarero hablaba a gritos por teléfono. Volvió a verse envuelto en aquella nebulosa inmaterial pero carnosa hasta volver al quirófano, a los gritos y al llanto.
El hombre-niño comprobaba con alivio que todo había vuelto a comenzar desde el principio, que los días volvían a ser idénticos y esperaba ansioso que llegase aquél en que, jugando a ser Dios, cambió el curso de su vida. Así llegó la tarde de finales de verano, el paseo por el centro y el encuentro con Flicka. Se conmovió al verla tan niña y volvió a enamorarse y a declarárselo en el estribo del autobús. Pero llegó también el final de aquella tarde interminable, cercano San Juan, en que le dijo que quería continuar solo con sus días.
De nuevo yacía formando apenas un bulto filiforme; sus hijas, como si quisieran retenerle, cogiendo sus manos nervudas y pardas. Y entonces se encomendó a quien pudiera escuchar sus pensamientos para que al cabo de unos segundos despertara a la vida con la conciencia virgen, y que, con el fluir de los años, pudiese deleitarse en la arrogancia de creer que era dueño de su destino.