...el último encuentro, antes de las vacaciones de verano, se demoraba. Por unos tertulianos o por otros no había una fecha vacante de tal suerte que se acercaba la fiesta de la Virgen y todo el mundo olía a barracas y churros. El Presidente, harto de tanta anarquía, se enfundó el traje de caballero desfacedor de entuertos y pegó un puñetazo en el epistolario. Digamos que escribió una bella carta didáctica, como siempre, pero con una amenaza soterrada que todo el mundo venía a comprender: o nos reuníamos el sábado próximo o se disolvería nuestra sociedad literaria. Bien es verdad que hacía tiempo que lo venía diciendo veladamente: cuando se jubilara daría por finiquitada la misión y nos iríamos a casa para no volver a hablar de libros. Él se iría al destierro como su amado don Miguel a Fuerteventura. Era un final triste y supongo que nadie era partidario de aquella liquidación pues la sola mención de esa posibilidad mustiaba nuestras almas.
Llegó el sábado señalado y de un cielo encapotado y gris se pasó, a la hora del Angelus, a un sol agosteño que esparcía el verano sobre todas las cabezas. La esperanza había tomado forma de leve brisa en los cantones de la calles. Cada uno se acercaba por sus propios medios y, como preludio de esta historia, el Profesor tomó una bicicleta dando a su periplo hasta el café un aire oriental y ecologista. Hace meses que nos habíamos hecho fuertes en el New York donde recibíamos, por qué no decirlo, un trato presidencial. Las mesas estaban en la trastienda de una pastelería y no seríamos ya más pasto del bullicio sonoro que destrozara antaño alguno de nuestros encuentros. Y en verdad que fue una lástima que quedaran sin ubicación en este mundo Cotidio, Carmen la cigarrera, Rapidín y toda aquella inolvidable galería de personajes bien nuestros que amenizaron tardes antiguas; aquella saga ambientada en nuestro café original se había quedado sin panteón terrenal, y sólo don Miguel sobrevivía corporeizado en nuestro amado Presidente a modo de dinastía antigua desaparecida tiempo ha.
Entonces, sorprendentemente, nos acercamos al unísono – diría que milagrosamente – ante la puerta de nuestra tienda de dulces que ciertamente dulcificaba nuestra vida. Estaba cerrada y a través de los cristales no se veía un alma. El cartel fue criminal para nuestro propósitos: Cerrado por descanso semanal. El Presidente se agarró a su picado chupando con fruición como cataplasma para calmar su ira oceánica. Los demás nos desplomamos por dentro al ver que la literatura no era para el verano, las bicicletas, al parecer, sí. El Secretario, circunspecto y distante, con su mirada perdida en el infinito. El único que mantuvo la compostura fue el Estoico sin perder la sonrisa beatífica.
El Profesor, siempre espléndido, propuso volver a repetir aquella inolvidable tarde de sol del verano anterior sabiendo que nada acaba siendo igual salvo la pasión que nos consume por dentro. Alguna cosilla más le bullía en el caletre y como si se tratara de una pista velada, había traído su macuto mágico, aquel del que habían salido milagrosamente queso, vino, naranjas y otras viandas en nuestro viaje a la Alcarria – en un nuevo y secreto caso de multiplicación de panes y peces.
El Presidente no sabía a qué carta quedarse puesto que se trataba de su libro – todo ello muy umbraliano – y los demás, como era habitual, no le hacíamos ascos a nada porque siempre nos habíamos caracterizado por beber y vivir con el corazón abierto.
El azulito, que se detenía frente a nuestro nuevo café, dio la puntilla a la decisión; el chófer, el mismo gran tipo que curiosamente se acordaba de nosotros, abrió la puerta y nos iluminó con su cara lopezvazquiana : “¿Qué? ¿Les acerco a las barracas?”.
Cielo y tierra se hermanaron en la sonrisa del Presidente, que liaba otro picado ya con otro ánimo. Al guiño de su ojo izquierdo todos subimos como corderitos, mientras echaba una última y sentida mirada a la puerta del café (como un John Wayne mirando al horizonte antes de ponerse el sombrero y subir al caballo). El Secretario, ahora menos circunspecto, añoraba la noria pero no decía esta boca es mía.
El vejete llamado Josep, el del año pasado, no estaba en el autobús pero recordamos su aspecto y esencia entre todos. Al Presidente se le veía entero escoltado por el Poeta Anarquista y el Estoico, ambos ataviados para la ocasión. Su rostro, a veces impenetrable, se había aniñado tomando la calma que tenía en el Valle, su patria infantil, cuando convivía con Casimiro y las gentes de su segunda saga. El conductor volvió a recordarnos nuestra parada pues se nos había ido el santo al cielo.
Entramos en el recinto festivo con brisa suave pese al calor. En formación abierta caminamos por la avenida principal entre el gentío, los globos y los peluches. No habíamos bebido y teníamos la mente clara como el agua. Tampoco sabíamos qué barraca abordar y nos hubiera gustado sentarnos a conversar sobre el libro del mes pero ya habría ocasión. El Profesor, prodigiosamente despierto, nos llevó al simulador, al fondo de la avenida a la derecha justo antes de la noria, factotum del Secretario que ya estaba inquieto por comenzar a dar vueltas; compró las entradas sigilosamente con el escote sobrante de algún viaje literario pasado.
En la entrada nos esperaba un muchacho encandilado en la pantalla de su esmorfón que con su mano libre sujetaba un cesto de plástico – probablemente original de un bazar chino – lleno de gafas para ver en tres dimensiones. En aquel viaje virtual, casualmente, no había nadie ajeno a nuestra hermandad. En ese momento empecé a sospechar del Profesor y tuve la conciencia de que nos había tendido una celada. Nos acomodamos en el habitáculo lo mejor que pudimos. Me tocó la última fila con el techo de la nave cerca de mi testa. Era gracioso vernos con las gafas de colorines en el ínterin antes de nuestra partida. Nos dio tiempo de comentar nimiedades y, como no había nadie más en la cola de espera, el chaval del esmorfón cerró las compuertas y la luz interior se desvaneció. Comenzaba el viaje...
El título, los créditos y apareció ante nosotros el chinito que guiaba el rickshaw que nos llevaba. Unas gafitas y una sonrisa oriental para darnos una tranquilidad engañosa. Empezó a pedalear cada vez más rápido por encima de la muralla china – con nosotros detrás, claro está. Sabía que era una ilusión pero sentía pánico por la velocidad y la altura de la muralla : era una ilusión magníficamente conseguida durante todo el trayecto.
Agradecí el fin del recorrido después de varios saltos al vacío; en el último caímos en un auténtico jardín oriental ambientado con un silencio virgen sólo roto por la fuente que dominaba el estanque y acabamos sentados al borde del pequeño lago bajo un templete rojo con verdaderos aleros de construcción oriental. Estábamos en el suelo entre acolchado alrededor de unas mesas bajas. Había bebidas occidentales y narguiles. El Profesor descubrió entonces su juego : había adelantado la excursión anual por sorpresa... y estaba involucrada toda la hermandad.
Sí, en China, estábamos en la potencia que dominaba el mundo por su mano de obra numerosa y por su amor al trabajo, concretamente en un placentero jardín, último reducto de paz del país que había dejado Mao Zedong.
—Bien, Profesor, sin ninguna pista suplementaria y con un brillante truco de ilusionista, nos ha cazado usted en su tela de araña – le espeté sin tapujos.
—No tenía elección... este año no tenía claro qué excursión programar. Además, les veía reticentes y preguntando como siempre: ¿hará frío? ¿habremos de llevar la rebequita? ¿Está cerca de la capital? Así que me dije, vamos a armarla en agosto, aprovechando la última tertulia – sentenció el Profesor.
—Pero no lo habrá hecho solo ¿verdad? – inquirió el Poeta al lado del Estoico.
—He pedido ayuda al departamento de investigación más desarrollo para solventar el problema de la integral aplicada a todo el volumen con una macroesférica de E=mc2…
Algunos de los nuevos orientales empezaron a aposentarse en la boca las pipas para entonarse, otros preferían los bebedizos de cualquier tarde. El ambiente era cada vez más sosegado e invitaba a la divagación tranquila sin interferencias.
—Señor Presidente: ¿cómo van sus relatos de esta edición? – preguntó curioso el Poeta Anarca.
—Pues ya se puede imaginar que mal : mi mente ahora mismo es como una fuente muda – contestó con aplomo. Veo difícil superar lo pasado y no consigo nuevas fuentes de inspiración.
—Pero ¿se ha puesto a ello? Ya sabe que la inspiración debe cogerle trabajando. Puede aprovechar y fumar de una pipa de éstas, y dejarse llevar. Ya sabe, hasta los prolíficos Beatles crearon grandes canciones con su portentosa ayuda – apunté como remedio.
—Estoy en la última vuelta del camino literariamente hablando. Es difícil que un libro me conmueva. Y en cuanto a escribir... – complementó el Presidente.
Empecé a chupar de una pipa que me había preparado un ayuda de cámara típicamente oriental (con su gorro negro y su kimono igualmente negro hasta las rodillas). Me conminaba con una sonrisa a que chupara con más ahínco para que el opiáceo entrase a mis pulmones con más rapidez. Recuerdo que sonreí al ver a los componentes de la hermandad dialogando por turnos y en un ambiente cada vez más sosegado y oriental.... recuerdo que sus rostros se iban desdibujando como si las caídas desde la Gran Muralla y el viaje final al jardín no hubieran sido suficientes. Entre nieblas mi alma dejaba aquel jardín... Sólo me daba pena no poder continuar aquella excursión que prometía. ¿Quién o quiénes serían los autores elegidos por el Profesor? Sólo se me ocurría Sun-Tzu y su arte de la guerra de nuestro tertulio Pizpireto….
Tras minutos de pesadez conseguí liberar mi cabeza y abrir mis ojos : estaba en el autobús camino del trabajo el primer día después de las vacaciones ¡qué horror!. Logré recordar que no había llegado todavía la fecha de la excursión lo cual dejaba intactas mis ilusiones. El Profesor seguro que se esmeraría de nuevo y nos transmitiría esa mezcla de deleite gastronómico, artístico y literario, que podríamos llamar nirvana que era aquello que nos sacaba del mundo.
Pensando en la aventura oriental conseguía recordar retazos de forma nítida como si realmente hubiera tenido lugar. De cualquier forma, algo de real sí que subsistía en ese viaje a nuestro Oriente lleno de anhelos, iluminaciones y sueños todavía no cumplidos; por todo ello no podía fácilmente decirse que lo vivido fuera un cuento chino.