Luis Mari

-¡Dame un duro, dame un duro! ¡Un duro para un café! -gimoteó impaciente Luis Mari alrededor de la barra.

-Anda Luis Mari, vete a casa que ya te has tomado tres cafés esta tarde -le respondió Angulo.

-¡Pues con leche, con leche! ¡Ponme uno con leche! -dijo Luis Mari.

El Malaquías, apuró con calma la última copa de coñac de la tarde y levantó sus ojillos ratoneros. Sacó la roída cartera del bolsillo de la camisa y le mostró un duro reluciente a Luis Mari. El retrasado posó sus ojos en la moneda; por un instante no pareció haber rastro del estrabismo que le afectaba desde su nacimiento. Abrió la boca, dejando al descubierto una dentadura apiñada en la que los colmillos sobresalían por encima del resto de los dientes. Sin apartar los ojos del duro, esbozó aquella sonrisa que solo él podía tener: ingenua y demencial a un mismo tiempo. Titubeó un momento, sabedor de la burla que quería hacerle el borrachín, pero fue incapaz de refrenar su ansia. Justo en el momento en que estiró el brazo para alcanzar la moneda, el Malaquías cerró la mano, sujetó del brazo a Luis Mari con la otra mano, lo atrajo hacia sí y le propinó un coscorrón en la cabeza con los nudillos. El pobre retrasado salió del bar cabizbajo. Cruzó la carretera y se dirigió a casa, zanqueando al andar con su característico paso de perdiz: pies juntos y pasos cortos y veloces, casi de puntillas. Un grupo de chicos del pueblo le llamaron desde un banco de la plaza, pero no pareció darse cuenta. Mientras se alejaba, entre las carcajadas de sus amigos, el muchacho pequeño del Aniceto se subió el pantalón hasta poco más arriba del ombligo y le siguió imitando sus pasos en la lejanía, a la vez que reproducía un reclamo de perdiz:

-ka-chu-chu, ka-chu-chu.

Luis Mari era el único hijo de la Águeda, la de Sindo, el boticario. Su madre lo había tenido ya de mayor, el otoño en el que cumplió los cuarenta y cinco. Su gestación y nacimiento fue la comidilla del pueblo, desde que apareció el día del Corpus en la iglesia con un vestido de lanilla negra que en vez de disimular, resaltaba su extraordinaria barriga ante los ojos atónitos de los presentes. La Águeda, devota de misa diaria, llevaba varios días sin ir a la iglesia. Había dejado dicho a una vecina que se iba a pasar unas semanas a casa de su hermana, la de Valladolid. Durante aquellos días estuvo tejiendo el vestido que llevaría en la procesión para mostrar al pueblo el pecado que custodiaba dentro de su cuerpo. Al llegar a casa después de la celebración se sentó en el sofá. Se sentía aplacada, aligerada de una pesada carga. Pronto le sobrevino un descanso primitivo, forjado más allá de cualquier pensamiento o razón. Comenzó a notar como una creciente pesadez le iba envolviendo los párpados. Trataba de mantenerlos abiertos, pero sus ojos se iban cerrando como si cada vez fueran añadiendo una pesa de más a una balanza. Sin apenas resistencia se adentró en un placentero sueño sobre el que carecía de control. Soñó con aquellos días del final de la primavera, en que se tumbaba junto a su abuela Encarna sobre los vellones de oveja recién secados que esperaban en una sábana para ser cardados. Al levantarse, le gustaba quedarse mirando la huella que su cuerpo, todavía sin mullir, dejaba en la lana.

En Matuergo se especuló hasta varios años después del nacimiento de Luis Mari con la identidad del posible padre. La Águeda solo había tenido un novio formal: el Benito, el de la Casilda. Pero el pobre desgraciado, había ido a parar una tarde al fondo de un barranco mientras perseguía a una oveja que se había apartado del rebaño y le habían tenido que remendar la cabeza con fino hilo de catgut para el velatorio. Desde entonces, a la Águeda no se le había conocido ningún otro novio ni se le presumía mácula alguna. Tras mucho indagar sin encontrar un fecundador fiable, al poco de cumplir Luis Mari los cuatro años -alentado por la maledicencia de las Vivarachas- se instaló la idea en el pueblo de que el padre debía de ser alguno de los enanos de la compañía de toreros grotescos que estuvo actuando en el pueblo durante el verano del treinta y cuatro. Pero en verdad, la realidad es siempre más sencilla de lo que parece. El padre era un seductor representante de telas de Astorga.

Durante muchos años, la Águeda, cuando aquel encuentro soterrado emergía a la superficie, denso y viscoso como el verdín del lavadero en los meses de verano, se tumbaba en la cama con el vestido de flores que llevara aquel día. Se quedaba hechizada, mirando las cortinas de color rojo carmesí confeccionadas con la tela comprada a ese mismo representante. Aquellas cortinas que nunca se había atrevido a arrancar; vestigio del pecado de aquella tarde que tantas veces había tratado de expiar en la iglesia. Tumbada en la cama, soñaba que el señor Ataulfo Argenta -así se hacía llamar el pícaro vendedor- venía a buscarla con su maletín de telas fastuosas. Así transcurrían las horas hasta que lo que ella hacía llamar sus más bajos instintos, despertaban con el recuerdo, y entre sudores, se levantaba a lavarse con agua fría y darse una friega con alcohol de romero.

Cuando la comadrona le entregó a Luis Mari, la Águeda, supo que su hijo no sería como los demás. Cada vez que observaba aquellos ojos diminutos y escurridizos que no respondían a los arrumacos, notaba el calor ascender por el pecho como si un hierro rusiente le estuviera marcando para señalar su falta. Veía a su hijo como un justo castigo de Dios a su pecado carnal. Atormentada por la culpa estuvo mucho tiempo sin comulgar; se sentía indigna del más puro sacramento. Sin embargo, a medida que Luis Mari fue creciendo, advirtió que ese niño era un regalo divino. Desde entonces, la Águeda se puso un cometido: educar a su hijo en la fe cristiana. Pero aquello no fue tarea fácil. Por más que lo intentaba, el niño nunca logró pasar de venga a nosotros tu reino en el Padre Nuestro. La Águeda le obligaba a persignarse todos los domingos con agua bendita en la iglesia, pero el niño se las ingeniaba para escapar mientras su madre le perseguía agitando el abanico por todo el templo. Cuando conseguía echarle la mano encima, lo llevaba cogido de la oreja al pilón entre las risotadas de los presentes. Luis Mari lloriqueaba y pataleaba cuando su madre le dibujaba la cruz en la frente con las manos mojadas.

Pero los años fueron pasando, y Luis Mari ahora era el encargado de pasar el cepillo. Seguía sin santiguarse con agua bendita al entrar en la iglesia, y apenas balbuceaba cuando todos a coro rezaban el Padre Nuestro. Pero cuando Don Antonio presentaba el pan y el vino que van a convertirse en el Cuerpo y Sangre de Cristo, Luis Mari sabía que era su momento. Ufano, se recolocaba el chaleco y se disponía a pasearse con la cesta en la mano por todos los bancos. Cuando alguno echaba un billete o una moneda más grande que los demás, Luis Mari se le quedaba mirando y sonreía. Sonreía con esa sonrisa que solo él podía tener. Al terminar la misa, el párroco le daba el duro más reluciente del cepillo para que se tomara un café.

Al punto de la tarde, Luis Mari ya estaba en el bar de Angulo. Con algún pequeño cambio sin importancia, la secuencia solía ser siempre la misma. Al principio, llegaba al bar jubiloso mostrando el duro que traía para el café. Cuando alguno, bromeando, trataba de quitárselo, lo volvía a guardar en la cartera y se atrincheraba contra la ventana baja de la entrada como un gato en guardia. Hasta que Angulo no le colocaba el café en la barra no volvía a sacarlo. Después de terminar el café se levantaba e iba repitiendo con su voz aflautada por todo el bar:

-¡Vamos a jugar una partida! ¡Una partida!

Durante esa ronda por las mesas tenía que aguantar las reprimendas de los que iban perdiendo al subastado o del julepe:

-¡Largo de aquí gafe! ¡Que no sabes jugar ni a la perejila!

-¡Vamos a jugar una partida! ¡Una partida!

Así transcurría la tarde, hasta que alguno que iba ganando le daba un duro y le decía:

-Toma un duro para un café, pero tómalo en la barra y no vuelvas por esta mesa.

Sin decir nada corría a la barra.

-¿Quién te ha dado ese duro Luis Mari?- le preguntaba Angulo.

El retrasado le respondía atropelladamente:

-El Agustín. Ha sido el Agustín. ¡Ponme un café! ¡Un café! !Un café!

-Bueno, pero con leche que ya es el tercero del día

Luis Mari se lo tomaba siempre con el mismo ritual: agarraba la taza con las dos manos, soplaba hasta que le parecía que ya no debía quemar, y se lo bebía de un trago, sin resuello. Luego se limpiaba con la mano los surcos que le habían quedado en la comisura de los labios. Angulo le ponía la leche templada para que no se abrasara la lengua.

Su día favorito del año era el de la verbena de las fiestas de la Octava. Después de atiborrarse de sardinas y limonada, bailaba los ritmos de la orquesta hasta caer rendido. Todos querían bailar con él los pasodobles y los boleros, pero Luis Mari solo bailaba con su madre y con los hombres. Cuando alguna chica se acercaba para bailar con él, agachaba la cabeza, metía las manos en los bolsillos y se marchaba a sentarse en un banco de la plaza:

-Anda Luis Mari que las mujeres no muerden -le decía alguno guasón.

-Mira como se hace -intervenía otro avispado.

Aprovechando como pintaba la ocasión, se agarraba a la chica para bailar una lenta, hasta que demasiado envalentonado por la cercanía de la muchacha y el alcohol, agarraba más abajo de donde debía y la chica ponía fin al baile con un buen soplamocos.

El inicio de la verbena le cogía siempre desprevenido, calentándose las manos junto a las brasas donde iban a ser asadas las sardinas. Igual que los galgos y los mastines, se asustaba cuando el viejo Zósimo prendía la mecha del primer cohete. Al oírlo restallar, se iba a casa apresurado con sus andares de perdiz, tapándose los oídos con las dos manos. La muchedumbre le despedía entre carcajadas:

-¡Corre Luis Mari que va explotar el cielo!

Luego, cuando ya habían pasado al menos veinte minutos del último cohete, volvía a la plaza para comer las sardinas asadas.

Durante el último año la Águeda había perdido bastante peso. Las piernas diminutas como la rama de un negrillo a punto de quebrase, apenas podían ya sostenerla. Las cuencas de los ojos empequeñecidas, hasta dejar solo visible un iris resbaladizo que se escurría debajo del parpado inferior; marca del avance imparable de la enfermedad. La mañana de San Camilo se despertó cansada. Incapaz de levantarse de la cama, mandó a Luis Mari a buscar a la Justa para que fuera a avisar a Don Antonio. Al llegar el párroco, toda su resistencia cedió de improviso como un dique ante el empuje del río. Entre la preocupación velada que le anticipaba como un pasado ya vivido, un futuro difícil para Luis Mari, se infiltró el recuerdo de aquel maletín de telas fastuosas que nunca había conseguido purgar.

El maletín se abrió haciendo saltar los cierres. Un destello le cegó al contemplar las telas de vistosos colores con las que tanto había soñado. Ante sus ojos, desfilaron vistosos chales de fina seda venidos de la India, fastuosas cortinas de muselina traídas de Mosul, alfombras llegadas de Persia con su brillante colorido, manteles de damasco italiano de tacto delicado. En el fondo del maletín, debajo de todas aquellas telas, descubrió con un goce íntimo un vestido de gasa blanca; vaporoso y transparente, dejaba los hombros al descubierto como siempre había querido. Aquel era el vestido que pensara llevar cuando algún mozo dejara una ramita de un pino de la plaza en su ventana. Entonces por la noche, entre la admiración de los presentes, bailaría con él en la verbena de las fiestas de la Octava. La evocación de ese baile que nunca llegó le dejó adormilada.

Cuando Don Antonio terminó de dispensarle el santolio, la Águeda pidió a su hijo que se acercara a la cama para darle la mano. Pero Luis Mari no quería comprender lo que estaba sucediendo. El pulso interno se le aceleró, advirtiéndole de algo impreciso que todavía ignoraba. Se soltó de la mano de su madre y salió corriendo de la casa. Estuvo vagando por el pueblo hasta que se encaminó hacia el cementerio por la vereda de los cipreses. Tras dejar atrás el camposanto y la vaquería de los portugueses, recorrió un pequeño sendero que desembocaba en la fuente del Rosario por la parte de atrás. Se sentó bajo la exigua sombra de un álamo y se quitó los zapatos. Dos cándidos goterones resbalaron por sus mejillas. Sorprendido, se recorrió la cara con el dedo y se lo chupó como un recental. Las lágrimas le dejaron un regusto salobre, desconocido hasta entonces. Sosegado por su tibieza se quedó dormido.

Luis Mari no volvía a aquel álamo desde que muchos años antes, siendo todavía un niño, se había escapado una mañana de junio con un cachorro de mastín abandonado debajo del jersey. Ante la ausencia del muchacho a la hora de comer, se corrió la voz de alarma y todo el pueblo se movilizó en su busca. El Varela, en un afán ostentoso de demostrar su condición de nuevo preboste del pueblo, ordenó detener la siega en sus campos. Las cuadrillas de braceros venidas a la comarca de todos los puntos del país, abandonaron la zoqueta y la hoz para unir sus carnes escurridas y sus espinazos retorcidos en la búsqueda del niño. Aquella tarde, las voces graves de aquella improvisada partida de hombres resonaron por todos los alrededores de Matuergo. Rebuscaron en cada camino cuarteado, en cada consumido regato; penetraron en palomares clausurados hacía lustros donde las manchas de palomina griseaban sobre el adobe; se sumergieron en las aguas profundas de la poza del Indiano, tentando los surcos de la tragedia. Incluso hubo quien se adentró en las cuevas del Moro, llegando a descubrir galerías que nadie más volvería a pisar. Cuando finalmente lo localizaron junto a la fuente del Rosario, el niño estaba dormido con las manos sobre su estomago. Al acercarse junto a él, una palpitación caliente bulló bajo el jersey. Le arrebataron el cachorro entre gemidos enrabietados y un bracero lo montó a hombros para volver al pueblo. En casa, la Águeda, después de renegarle porque le habían picado las pulgas por todo el cuerpo, trató de explicarle que no tenían corral para quedarse con el perro. El cachorro fue sacrificado de un disparo aquella misma noche por el Marcial, el alguacil. Luis Mari -que por aquel entonces tenía nueve años- pasó un mes entero sin hablar.

 

El ahogado tintineo de un cencerro despertó a Luis Mari cuando el sol apenas era un rescoldo a punto de sofocarse. Vacilantes, las ovejas marchaban detrás del carnero hacia el abrevadero de la fuente. El retrasado se incorporó de un salto, se sacudió el polvo del pantalón y emprendió el camino a casa. A su espalda el campo entenebrecía. Las manchas amarillentas de las rastrojeras se iban apagando. Lentamente, la sombra fue ganando el llano. Luis Mari aceleró sus pasos. En un momento, las piedras del camino se tornaron borrosas. El retrasado echó a correr. Su respiración herrumbrosa vibraba en el silencio profundo. Al llegar ante los muros del cementerio se detuvo y continuó el camino andando. Llegó a casa de noche, entre la preocupación de los vecinos que le habían estado buscando por todo el pueblo desde que al punto de la tarde había muerto la Águeda.

Durante la misa de difuntos de su madre, estuvo balanceándose como un títere, de atrás hacia adelante toda la ceremonia. Al concluir, los vecinos fueron acercándose a presentarle sus condolencias. Luis Mari se mantuvo en silencio, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el suelo. Con el cuerpo de su madre todavía caliente bajo la losa del panteón familiar, Don Antonio y varias mujeres se reunieron en la sacristía para ver que se podía hacer con él. Su única familia era una hermana soltera de su madre, ya muy mayor que no podía valerse por sí misma. Por el momento, decidieron que lo mejor era que se quedara en la casa parroquial. Pasadas unas semanas, ante la inexistencia de una casa de acogida en los pueblos cercanos, decidieron poner el caso en conocimiento de las autoridades. Después de una breve deliberación se dictaminó que fuera ingresado en el manicomio provincial de Valladolid.

 

Varios meses después, un día que Don Antonio tuvo que ir a una reunión de la diócesis, fue a visitarle al manicomio. Allí lo encontró sentado en una butaca, en silencio, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el suelo. Parecía no reparar en su presencia. Solo al final, cuando el párroco se acercó para saludarle, un halo de luz brilló en el fondo de sus diminutos ojos marrones, y le dijo con esa sonrisa que solo Luis Mari podía tener:

-¡Dame un duro, dame un duro! ¡Un duro para un café!

 

FIN

 

Mario Pérez González