Los seres humanos no solo consumimos historias. También las fabricamos constantemente sobre nosotros mismos.
Nos emocionamos con Rocky porque asciende desde abajo. Sufrimos con Hamlet porque cae tras haber vislumbrado la redención. Celebramos a Cenicienta porque tropieza, se levanta y vuelve a triunfar. Nos gustan estas narraciones porque, en el fondo, las reconocemos. Todos llevamos dentro una pequeña epopeya privada, generalmente protagonizada por nosotros mismos y narrada con una generosidad interpretativa que rara vez concedemos a los demás.
Cada uno conserva una versión más o menos elaborada de quién es, qué obstáculos ha superado, qué injusticias ha soportado y por qué merece, llegado el caso, una ovación moderada pero sincera. Nos contamos estas historias constantemente. Son el pegamento invisible con el que mantenemos unida nuestra identidad.
De hecho, un estudio realizado en 2016 por investigadores de la Universidad de Adelaida analizó más de 1.300 novelas del Proyecto Gutenberg y descubrió que, pese a la enorme diversidad aparente de la literatura occidental, la mayoría de las historias encajan en apenas seis grandes arcos emocionales. Ascensos, caídas, redenciones, triunfos truncados o recuperaciones inesperadas. Los mismos patrones aparecen una y otra vez porque conectan con algo profundo de nuestra psicología.
Y quizá eso no debería sorprendernos. Al fin y al cabo, cuando abrimos una novela buscamos mucho más que entretenimiento. Buscamos reconocernos. Queremos ver, bajo disfraces distintos y en escenarios remotos, la misma aventura que llevamos años contándonos a nosotros mismos.
El problema es que algunas explicaciones tienen una fuerza gravitatoria extraordinaria. Cuando una idea pasa a ocupar el centro del relato, empieza a atraer hacia sí cada vez más acontecimientos, reorganizando retrospectivamente toda la biografía.
En los últimos años, la neurodivergencia se ha convertido para algunas personas en uno de esos centros de gravedad.
Identidad
La identidad humana parece funcionar de una manera curiosamente parecida a una estrella de neutrones. Al principio, una idea ocupa un espacio razonable dentro de quiénes somos: una característica más entre muchas otras. Pero, a medida que gana masa, empieza a ejercer una atracción desproporcionada sobre todo lo demás. Los recuerdos, las decisiones, los fracasos, las rarezas cotidianas... todo acaba siendo arrastrado a su órbita. Y, si la cosa sigue creciendo, la estrella termina por colapsar en un agujero negro conceptual del que ya no escapa nada, ni siquiera los matices.
Es lo que sucede cuando alguien convierte «soy neurodivergente» en el núcleo de su autodefinición: cada dificultad cotidiana puede acabar orbitando alrededor de esa explicación.
«No soy impuntual. Es mi TDAH»
«No me cuesta hablar con desconocidos. Es mi autismo»
«No es que me haya enfadado. Es mi neurodivergencia»
Cuando eso ocurre, algunas personas pueden reinterpretar cada aspecto de su comportamiento a través de esa lente y reducir sus esfuerzos de autocontrol o mejora personal. Poco a poco, la explicación deja de ser una herramienta para entenderse y se convierte en una especie de llave maestra que abre todas las puertas. Y las llaves maestras tienen el inconveniente de que rara vez distinguen entre una causa, una influencia o una simple excusa.
Es un poco como si alguien respondiera a una crítica razonable (haber sido egoísta, desaparecer de una reunión sin avisar o comportarse de forma descortés) aduciendo: «Bueno, es que soy muy guapa». Lo cual puede haber afectado en esa conducta, en efecto. Pero ser guapa, si bien es condición sine qua non para bailar en la casita de Bud Bunny, no es la causa de que acabes haciéndolo o incluso justificándolo.
Carol Dweck demostró que no solo importa lo que una persona puede hacer, sino lo que cree que puede cambiar. Si alguien interpreta sus dificultades como parte de una esencia fija («yo soy así»), es más probable que abandone antes, evite retos o convierta cada tropiezo en confirmación de identidad.
Cuando una persona piensa constantemente «soy miembro de este grupo», «soy este tipo de persona» o «funciono de esta manera», esa categoría puede convertirse en una lente dominante a través de la cual filtra la experiencia.
Con la neurodivergencia podría ocurrir algo similar. El diagnóstico puede ser enormemente útil para comprender dificultades reales, acceder a apoyos adecuados y reducir la autoinculpación. Pero si la identidad asociada al diagnóstico se vuelve excesivamente nuclear, existe el riesgo de que cada comportamiento sea reinterpretado a través de ella.
Hay además un elemento cultural relativamente nuevo. Vivimos en una época que ha pasado de ocultar las diferencias psicológicas a celebrarlas. Esto ha tenido efectos positivos evidentes. Personas que durante décadas fueron consideradas raras, problemáticas o defectuosas han encontrado comprensión y comunidad.
Pero toda corrección cultural puede generar sus propios excesos.
Hace cincuenta años el riesgo era patologizar demasiado. Hoy, en algunos entornos, el riesgo puede ser psicologizar demasiado. Es decir, interpretar cualquier rasgo de personalidad, cualquier preferencia o cualquier dificultad a través de categorías clínicas.
Algunas comunidades online refuerzan este proceso. Una persona entra buscando comprender un diagnóstico y acaba encontrando una identidad completa, una tribu, un lenguaje, una explicación global del mundo y una narrativa personal.
Paradójicamente, cuanto más central se vuelve la etiqueta, menos espacio queda para la individualidad.
Dos personas con el mismo diagnóstico pueden diferir enormemente en disciplina, amabilidad, inteligencia, creatividad, capacidad de esfuerzo, estabilidad emocional o valores morales. Sin embargo, cuando la etiqueta domina la identidad, esas diferencias pasan a segundo plano.
Comprensión vs. Agencia
¿Por qué alguien actúa de determinada manera?
Podríamos indagar sobre sus motivaciones (lente individual). Si ampliamos el foco, podríamos incluso prestar atención a cuál es el caldo de cultivo que ha propiciado que un individuo o un conjunto de ellos decida actuar como lo han hecho (lente contextual).
Y todo eso puede ser relevante para crear un corpus jurídico o un sistema moral.
Pero la arquitectura de la conectividad (qué está conectado con qué, cuándo, cómo y en qué medida) es tan importante como los elementos conectados. Sobre todo si aspiramos a entender qué sucede. O cómo podríamos arrimar el ascua a la sardina.
Desde una perspectiva más profunda, existe una tensión permanente entre comprensión y agencia.
Comprenderse mejor es bueno.
Excusarse permanentemente no lo es.
La línea divisoria es sutil. Una explicación saludable amplía el rango de acciones disponibles. Una explicación limitante, sin embargo, lo reduce.
Una persona puede ser autista y además ser arrogante.
Puede tener TDAH y además ser irresponsable.
Puede ser neurotípica y ser exactamente igual de arrogante o irresponsable.
De hecho, uno de los riesgos de cualquier explicación psicológica es lo que algunos filósofos llaman «imperialismo explicativo»: cuando una explicación válida para un fenómeno empieza a invadir territorios que no le corresponden. Si alguien interrumpe constantemente a los demás, puede ser impulsividad asociada al TDAH. Pero también puede ser mala educación. Y ambas cosas pueden coexistir.
Una identidad sana debería funcionar como un mapa. Un mapa te ayuda a orientarte en el territorio. Pero si acabas viviendo dentro del mapa, dejas de explorar el territorio. Y el territorio siempre es más grande que cualquier etiqueta.
La gentrificación de la salud mental
La salud mental, al igual que ciertos barrios urbanos, también ha sufrido un proceso de gentrificación. A medida que las élites han comenzado a identificarse crecientemente como discapacitadas, el discurso público sobre la discapacidad se ha desplazado hacia nuevas coordenadas simbólicas.
Lo que antes giraba en torno a las personas verdaderamente afectadas por limitaciones graves, ha sido sustituido por una narrativa más luminosa, más estética, centrada en sujetos altamente funcionales, carismáticos y con buena presencia ante la cámara. Jóvenes privilegiados, con carreras prometedoras, comienzan a construir su identidad (y su influencia mediática) alrededor de diagnósticos de salud mental que, aunque reales, se presentan bajo un prisma comercializable. Algunos acumulan seguidores en redes sociales, consiguen patrocinios o se erigen como voces visibles del «activismo» psicológico.
Este fenómeno no se limita a la salud mental. Paralelamente, también ha crecido la tendencia a reivindicar como discapacidades físicas ciertas afecciones antes consideradas leves o manejables, como la enfermedad celíaca, el síndrome del intestino irritable o la diabetes.
Aunque estas patologías pueden ser incapacitantes en sus formas más severas, lo cierto es que muchas personas las gestionan de manera cotidiana sin verse a sí mismas como discapacitadas. Pero en el contexto de las profesiones simbólicas (diseño, comunicación, tecnología, arte), definirse como tal puede traducirse en visibilidad, empatía y oportunidades.
Por el contrario, quienes desempeñan trabajos físicos intensos, con menor acceso a recursos sanitarios, rara vez utilizan esa etiqueta: en su mundo, declararse discapacitado no eleva el estatus, sino que lo reduce. Así, la discapacidad se convierte en un signo performativo: fuera del mercado simbólico, es un estigma; dentro de él, es una forma de capital social.
Quizá la verdadera paradoja de nuestro tiempo sea que hemos pasado de ignorar demasiadas limitaciones a buscarlas con demasiado entusiasmo. Durante siglos, las personas ocultaban sus debilidades para evitar la mofa y el escarnio. Hoy, en algunos ámbitos, existe el incentivo contrario: convertir ciertas vulnerabilidades en una identidad pública, una fuente de legitimidad moral o incluso una forma de capital simbólico.
Pero una condición médica, psicológica o neurológica puede explicar parte de quién eres, pero nunca agota quién eres. Al fin y al cabo, el rasgo más humano no es aquello que nos limita, sino nuestra capacidad para trascender parcialmente esas limitaciones. Cuando una etiqueta deja de ser una herramienta para comprenderse y se convierte en una explicación universal de uno mismo, el diagnóstico deja de ampliar la libertad y empieza a reducirla.
Y, además, por encima de toda tu neurodivergencia puede que haya una etiqueta aún más grande y llamativa: que eres gilipollas.