La dignidad de las nadies

Enviado por maestresala el Dom, 05/04/2026 - 11:01

Nadies

 

Querida comunidad contextataria: 

 

En diferentes momentos de mi vida he trabajado en grandes superficies comerciales. Ya he hablado en muchas ocasiones sobre lo tedioso y exasperante que es levantarte cada mañana para pasar el día encerrada en un hipermercado o en un centro comercial atendiendo a todo tipo de majaderos con sus cuitas, reponiendo productos, contando un dinero que no te pertenece y cobrando artículos en una máquina –este último es el trabajo robótico por excelencia: combina las exigencias de la línea de producción de una fábrica con la obligación de estar siempre concentrada y mostrarte risueña y cortés con el comprador, como si después de ocho horas de movimientos forzados y conversaciones todavía más forzadas no tuvieras todas las articulaciones del cuerpo en llamas–.

Sin embargo, creo que nunca he contado la parte buena de aquel trabajo. Había una cosa buena, una cosa chiquitita que me gustaba mucho: la posibilidad de devolverles su dignidad durante un ratito a las y los nadies. El último gran establecimiento en el que trabajé recibía una cantidad ingente de clientes cada día. Varios miles, según nuestras cuentas internas. El comercio se encontraba –todavía se encuentra ahí– en una de las zonas más transitadas de mi ciudad, justo a medio camino entre un barrio bastante privilegiado y otro muy pobre, hecho polvo. En consecuencia, la mezcla de clientes que atendíamos era muy curiosa. Señoras pijas que se dirigían a mí frunciendo la nariz, como tratando de no respirar el mismo oxígeno que nos envolvía a ambas. Migrantes en situaciones muy vulnerables. Grandes grupos de personas con discapacidad procedentes de un centro cercano que acudían a comprar a diario en compañía de sus cuidadores. Por supuesto, mujeres de todas las edades. Hombres refunfuñando por tener que venir a hacer un mandado. Madres y padres de familia que metían a sus bebés en el carro para que no pudieran arramblar con los huevos de chocolate, estratégicamente situados a veinte centímetros del suelo. Adolescentes que intentaban –siempre sin éxito– sacar una botella de alcohol. Y muchos, muchísimos ancianos, algunos de ellos con evidentes signos de demencia, o con diabetes mal controladas que a veces nos daban un susto: “Me encuentro mal, señorita”, explicaban mientras echaban mano del azucarillo que llevaban en el bolso. Teníamos clientes que pagaban un montón de chorradas innecesarias con la American Express sin dedicarnos ni una mirada, y otros que siempre traían el dinero en efectivo, en monedas o billetes pequeños que contaban cuidadosamente. A veces, estos últimos tenían que pedirnos, con voz muy bajita, que retirásemos algún producto de su compra, a menudo tras consultarnos qué era lo más caro de todo lo que llevaban, aunque nunca llevaban nada realmente caro, ni realmente lujoso, ni realmente prescindible. Ahora que creo que ya ha prescrito, les confesaré que en alguna ocasión –muy pocas, ojalá lo hubiera hecho muchas más veces–, harta de ver a gente pobre haciendo cábalas porque no lograban decidirse entre los pañales o la comida, fingí arteramente escanear un producto mientras tapaba con el dedo el código de barras para que su precio no se sumara al de la compra del cliente. En una de aquellas ocasiones, una mujer volvió a mi caja, preocupada tras detectar en el ticket que uno de los artículos que llevaba no le había sido cobrado. La honradez, ya lo ven, es una cualidad que aparece con irritante frecuencia entre nosotros, los muertos de hambre.

 

Pero aparte de esas pequeñas acciones de, digamos, redistribución de la riqueza –ya saben lo que dice la sabiduría popular acerca de robar a un ladrón–, había algo que me gustaba aún más: atender con cariño a la gente a la que no quería atender nadie. No voy a esconder que mis razones eran fundamentalmente egoístas: las mujeres extranjeras, pobres y racializadas eran las que mejor me trataban con diferencia. Se dirigían a mí con amabilidad, sin ese retintín estúpido que usan las señoras adineradas cuando tienen que bregar con el servicio. “Discúlpame”, me decían algunas mujeres migrantes, “yo hablo español, pero no lo sé leer. ¿Puede mirarme si tengo algún descuento que pueda aprovechar?” y sacaban un fajo de tickets antiguos de la cartera, primorosamente doblados. Teníamos una directriz clara en aquel establecimiento: había que atender rápido a los clientes, pero si alguno nos entretenía, entonces no podíamos despacharlo de mala manera, había que darle algo de bola. Y yo exprimí aquella obligación al máximo siempre que me vino bien: “Vamos a mirar los tickets uno por uno, señora. Mire, este ni siquiera es de aquí, es una compra de otro sitio, ¿quiere que se lo lea? Este otro es un descuento para gasolina, ¿le interesa…?”. Algo me dice que aquella gente se quedaba con mi cara, porque la afluencia de mujeres magrebíes, latinoamericanas –“mami, ¿tú no me querrás decir cómo hago para trabajar aquí como tú, con quién lo tengo que hablar para dejar el currículum?”–, familias gitanas, personas con discapacidad intelectual que precisaban ayuda con los cambios, señoras búlgaras recién llegadas que todavía no hablaban español y demás nadies era, algunos días, sospechosamente superior en mi caja que en las de mis compañeros.

 

Visto en retrospectiva, aquel acto de resistencia absolutamente mínimo no fue nada. No cambié una sola vida, no resolví ni un problema de verdad. En el mejor de los casos recomendé el uso de algún cupón descuento o la compra de un producto en oferta, o me las arreglé para pasarlos gratis. Mi margen de maniobra era asquerosamente pequeño. Pero yo, que también fui durante unos pocos años extranjera en tierras extrañas, sé que a veces lo único que te mantiene aferrada a la cordura es un gesto tan pequeño como ese. Una trabajadora del híper que reconoce tu existencia –aunque no pueda hacerte la tarjeta de cliente porque el sistema informático obliga a asociarla a un NIE, del que careces–, que se esfuerza para comunicarse contigo aunque no tengáis un idioma común, que no te atiende a todo correr y de mal humor porque usas hiyab –había clientes que se cambiaban a otra fila, sí, o incluso que me conminaban a despachar rápido a esas mujeres–.

 

La Fundación Contexto y Acción es otro de esos gestos que nace para ayudarnos a mantener la cordura. Una cosa pequeña, un acto mínimo de resistencia, que sin embargo sirve para devolverles, aunque sea un poquito, su dignidad a los nadies, mientras luchamos contra los discursos de odio que se ceban con los más débiles. Es pronto para saber si cambiará vidas, pero lo que es seguro es que es mucho mejor que quedarse con los brazos cruzados.

 

Gracias por estar ahí y ayudarnos a hacerlo posible. Por este gesto de humanidad. Un abrazo,

 

Adriana T. 

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