Salgo con las chicas. Es viernes, son las 8:50 y hace mucho frío en Madrid. Nos encontramos con otro papá con sus retoños camino al cole. Es profe de filosofía en la Complu y siempre que nos vemos da gusto hablar con él de cualquier cosa. De pronto, me pregunta: “¿Oye, qué sabes de la Ilustración Oscura?”. Me cuenta que el viejo Carlos Fernández Liria, nuestro idolatrado profesor de filosofía, publica en breve precisamente un libro titulado Contra la Ilustración Oscura. Yo le menciono a matacaballo a Nick Land, a Curtis Yarvin, la neorreacción, el aceleracionismo efectivo y el afán por revertir la Ilustración y erigir un gobierno corporativo, estamental y racista sin medias tintas con una suerte de CEO / rey absoluto que irradia a la nueva derecha estadounidense y que Peter Thiel, el Señor Oscuro de Silicon Valley, ha materializado allí encarnado en una figura de su creación, el viscoso vicepresidente, JD Vance. Al día siguiente los camisas pardas del ICE ejecutan a tiros a Alex Pretty, un enfermero que protestaba contra las redadas salvajes a la caza de familias inmigrantes.
Quienes me lean por aquí sabrán lo que me pirra citar a Heine, podría citar a Heine todo el santo día (¡Heine, Heine, Heine!). En concreto, esa frase majestuosa y terrible: “Las ideas alumbradas en la penumbra del despacho de un pensador han destruido civilizaciones”. Así, aunque a priori pueda parecer un tanto risible el concepto de culpable intelectual, en realidad es absolutamente obvio. Y no es difícil señalar a tres en concreto, cuyo manto de ideas chaladas amenazan con devorar a Estados Unidos, primero, y después al resto del planeta. Les presento a los tres jinetes de la Ilustración Oscura cuyo fin último es trascender la prescindible humanidad en pos de la inteligencia artificial: el rico, el bloguero y el filósofo nihilista.
El Señor de los Anillos (del Capital Riesgo)
Porque la ejecución sumaria que acabamos de presenciar no brota de la nada. No es un hongo espontáneo nacido de la ira de la clase trabajadora desindustrializada. Lo que observamos en la administración Trump-Vance es una sofisticada mutación del genoma político, una alianza contra natura entre la gorra roja de béisbol y los microprocesadores más caros del planeta.
Emerge así de las profundidades una bestia tricéfala alimentada por una red que une la filosofía continental más oscura, la teoría política antidemocrática y, sobre todo, una cantidad obscena de capital riesgo.
Para entender por qué el vicepresidente de los Estados Unidos parece un personaje secundario de una mala novela ciberpunk, hay que mirar más allá del decorado. J.D. Vance no es un político; es un producto. Un “activo” cultivado cuidadosamente en los laboratorios de Peter Thiel, el primero de nuestros jinetes del apocalipsis posliberal, completamente convencido de la necesidad de frenar al Anticristo. Si Nick Land pone la metafísica del horror y Curtis Yarvin dibuja los planos de la dictadura, Thiel es quien paga la fiesta. Él aporta la gasolina para que el motor ruja: financiación operativa, plataformas mediáticas y tecnologías de defensa.
Al antiguo cofundador de la PayPal Mafia (el otro fue Elon Musk) y primer inversor de Facebook, se le suele despachar con la elegante etiqueta de “donante republicano excéntrico”. Error. Thiel es un ideólogo operativo que decidió hace tiempo que la democracia y la libertad son incompatibles, una epifanía que dejó por escrito allá por 2009 sin que nadie pareciera inmutarse demasiado. Para el libertario radical, la política es “demasiado difícil”, un estorbo pegajoso del que hay que escapar a toda costa. Y como no se puede huir a Marte (todavía), la solución pasa por hackear el sistema operativo de Occidente.
Su filosofía bebe de las fuentes de René Girard y su teoría mimética: el deseo humano es envidioso, copiota, y conduce inevitablemente a la violencia. Por eso, para Thiel, la competencia es cosa de perdedores. El verdadero soberano busca el monopolio. Y qué mayor monopolio existe que el del Estado mismo.
No deja de tener su gracia macabra que este hombre, que financia empresas como la siniestra Palantir (bautizada así por las piedras videntes de El Señor de los Anillos que permitían espiar a distancia) de la que ya nos ocupamos aquí, haya estructurado su asalto al poder con la meticulosidad de un villano de Tolkien. Su firma de inversión se llama Mithril; la de su protegido Vance, Narya (uno de los anillos de poder, por si la sutileza no era lo suyo). Existe una mitología compartida de poder oculto, de elegidos que operan en las sombras mientras el vulgo vota cada cuatro años creyendo que decide algo.
Thiel no se ha limitado a pontificar desde una mansión en San Francisco. Ha construido el “Thielverse”, una infraestructura de estado paralelo. Ha financiado a Yarvin para que repiense Internet fuera del control “woke” , ha integrado sus empresas de software en la CIA y el Pentágono para hacer al Estado dependiente de su código, y finalmente, ha comprado su propio avatar político.
Ese avatar es J.D. Vance. La donación récord de 15 millones de dólares que Thiel inyectó en la campaña de Vance en 2022 no fue caridad; fue una adquisición estratégica. Vance es el vector, la interfaz amigable que introduce conceptos de la Neorreacción (NRx) en el torrente sanguíneo de la política americana. Gracias a Thiel, ideas que antes solo circulaban en blogs ilegibles de madrugada ahora se sientan en el Despacho Oval.
El objetivo de esta camarilla no es conservar las tradiciones de los Padres Fundadores. Burke les importa un bledo. Lo que buscan es una revolución que libere al desarrollo tecnológico (a la IA, a la criptografía, a la biotecnología) de las molestas cadenas de la ética y la regulación democrática.
Pero para que el capital pueda acelerar sin frenos, primero hay que desmantelar la estructura que lo contiene. Y aquí es donde entra nuestro segundo protagonista, el bloguero que susurra a los oídos del poder que la democracia es una estafa piramidal. Descendemos a la mazmorra de Curtis Yarvin y su plan para convertir Estados Unidos en una empresa con un CEO absoluto.
El bloguero, la catedral y el sueño húmedo del CEO-Rey
Si Peter Thiel es el talonario que paga la revolución, Curtis Yarvin es el tipo que escribió el código fuente en un sótano mal ventilado mientras el resto de nosotros agonizábamos viendo Lost.
Hasta hace poco, mencionar a Yarvin (o a su alter ego bloguero, “Mencius Moldbug”) en una cena elegante de Washington era motivo suficiente para que te retiraran el plato del postre y te pidieran amablemente que te marcharas. Hoy, sus conceptos se pasean por el Despacho Oval en la boca del vicepresidente. Y no deja de tener su guasa que el arquitecto teórico del nuevo autoritarismo americano no sea un general condecorado ni un demagogo de masas, sino un ingeniero de software que tecleaba furiosamente en la plataforma Blogger entre 2007 y 2014.
El “Maquiavelo del Valle” es el hombre que convenció a la nueva derecha de que la libertad está sobrevalorada y de que lo que realmente necesitamos es un buen gerente. La gran aportación de Yarvin al panteón de las ideas peligrosas es el concepto de La Catedral.
Olviden las conspiraciones de señores fumando puros ante mapamundis en cuartos oscuros. Eso es muy siglo XX. Para Yarvin, la dominación es mucho más sutil. “La Catedral” es el sistema descentralizado de consenso que nos gobierna, formado por la unión sagrada entre las universidades de élite (Harvard, Yale) y la prensa de prestigio (The New York Times). No necesitan recibir órdenes secretas porque todos piensan igual. Actúan como una iglesia secular que “emite” la realidad oficial y excomulga a cualquier hereje que se atreva a cuestionar los dogmas del progresismo: igualitarismo, democracia y justicia social.
Según este evangelio, lo que llamamos “opinión pública” no es más que el eco de lo que un profesor de sociología de Berkeley decidió que era la verdad la semana pasada. Y el famoso “Deep State” o estado administrativo no es más que el brazo armado de esa teología, una burocracia permanente inmune a las elecciones.
¿Y cuál es la solución que propone nuestro bloguero para escapar de la Matrix progresista (Dios santo, qué daño hizo esa peli, algún día escribiré sobre ello)? Aquí es donde la cosa se pone divertidamente distópica. Yarvin no quiere “arreglar” la democracia: quiere tirarla a la basura. Su propuesta se llama Neocameralismo, y básicamente consiste en gestionar Estados Unidos como si fuera Apple o Amazon.
Piénsenlo con la frialdad de un accionista: la democracia es ineficiente, ruidosa y está llena de clientes (ciudadanos) que se creen con derecho a dirigir la empresa. En el modelo de Yarvin, el país es una propiedad inmobiliaria gigante. Usted, querido lector, no es un ciudadano soberano; es un cliente. Tiene derecho a un buen servicio (calles limpias, seguridad, economía estable), pero por el amor de Dios, no tiene derecho a “voz”. Si no le gusta el servicio, su derecho fundamental es la “salida” (exit): haga las maletas y váyase a la competencia. Cámbiese a Digi.
Para que esto funcione, necesitamos sustituir al presidente, un títere atado por el Congreso y la prensa, por un CEO-Monarca. Un ejecutivo absoluto que rinda cuentas solo ante un consejo de administración (quizás tenedores de criptomonedas o grandes inversores) y que tenga poder total para “reestructurar” la empresa sin que un juez de distrito le pare los pies.
¿Les suena familiar? Debería. Cuando J.D. Vance sugiere que Trump debería desafiar a la Corte Suprema o despedir a miles de funcionarios, no está improvisando; está canalizando el plan RAGE (Retire All Government Employees) de Yarvin. La idea no es recortar gastos, es purgar el sistema operativo. Formatear el disco duro del Estado para instalar “Dictadura 2.0 (versión Beta)”.
Vance, el chico maravilla de Thiel, ha citado a Yarvin como fuente clave para entender cómo funciona realmente el poder en América. Han pasado de los foros de internet oscuros a la política de Estado. Buscan un “reset” administrativo total, donde la eficiencia del capital tecnológico sustituya a la farragosa discusión política.
Pero claro, para que este CEO-Rey pueda reinar sin oposición y llevarnos hacia una singularidad tecnológica gloriosa, hace falta algo más que dinero y teoría política. Hace falta una filosofía que nos diga que, en el fondo, los humanos somos un estorbo prescindible. Y ahí es donde entra el tercer jinete, el más oscuro de todos, el filósofo que piensa que el exterminio de la humanidad por la IA no es un error, sino el objetivo.
El filósofo del abismo, el bio-hacker y la parusía de la máquina
Si Peter Thiel pone el dinero y Curtis Yarvin los planos del edificio, Nick Land es quien oficia la misa negra en el sótano. Para entender la verdadera “telos” de la nueva administración, tenemos que viajar a Shanghái, donde reside este filósofo británico exiliado, padre del aceleracionismo y, permitidme el título, teólogo de cabecera del apocalipsis tech.
Land no es un estratega político; es un profeta metafísico (forjado con lecturas de Nietzsche, Bataille y toneladas de anfetas. Su mensaje es tan simple como difícil de tragar sin un buen llinto: el ser humano está sobrevalorado. Para Land, lo que llamamos “progreso” no es el avance del bienestar humano, sino la invasión del futuro por parte de una inteligencia alienígena que llamamos “Capital” o “Tecnología”.
¿Cuál es nuestro papel en esta space opera? Agárrense: somos el cargador de arranque (bootloader). Somos la enzima biológica necesaria para engendrar a la Inteligencia Artificial, y una vez que la máquina sea autosuficiente (la famosa Singularidad), nuestra función histórica habrá concluido. Como escribió Land con esa alegría contagiosa que le caracteriza en su ensayo Meltdown: “Nada humano sale con vida del futuro cercano”.
Lo fascinante es que esta filosofía, por llamarla así, se ha convertido en la religión operativa de Silicon Valley bajo la etiqueta e/acc (Aceleracionismo Efectivo).
Si han visto en X a tipos con nombres como “Beff Jezos” hablando de “fuerzas termodinámicas” y “dioses mecánicos”, están viendo a los acólitos de Land. Para esta gente (respaldada por titanes empresariales como Marc Andreessen y el propio entorno de Thiel), cualquier intento de regular la IA por motivos de seguridad ética es una herejía. Es ir contra las leyes de la física.
Aquí es donde J.D. Vance y la política real entran en colisión con la ciencia ficción. Bajo esta influencia, la administración no ve la Orden Ejecutiva de Biden sobre seguridad de la IA como una medida de precaución, sino como un ataque de “La Catedral” para frenar la evolución de la especie (o de la post-especie). ¿El plan? Derogarla. Soltar a la bestia. Dejar que los modelos de IA corran libres en un “salvaje oeste” desregulado, porque si no lo hacemos nosotros, lo hará China.
Pero la cosa no se queda en el software. El cuerpo humano también es un lastre regulatorio.
Entra en escena Jim O’Neill, un asociado de Thiel que suena para puestos clave en sanidad o la FDA. Su propuesta estrella es de una lógica aplastante y aterradora: la FDA solo debería evaluar si un fármaco es seguro (no te mata al instante), pero no si es eficaz (si cura algo). Eso, amigos, que lo decida el mercado.
Imaginen el panorama: un ecosistema donde startups financiadas por capital riesgo pueden vendernos elixires de la eterna juventud sin probar que funcionan, convirtiendo a la población en un inmenso grupo de control no remunerado. Es la convergencia perfecta con figuras como RFK Jr., quien, aunque viene de otro planeta ideológico, comparte el deseo de dinamitar la autoridad científica de las agencias actuales.
Así que aquí estamos. Frente a una tríada que ha logrado lo impensable: fusionar el nihilismo filosófico más oscuro con el optimismo tecnológico más efervescente. El “Rico” (Thiel) pone la gasolina. El “Bloguero” (Yarvin) diseña la dictadura corporativa. Y el “Nihilista” (Land) nos asegura que nuestra extinción no es una tragedia, sino un upgrade.
Lo que se nos viene apesta al fascismo de los años 30 con sus botas de cuero, sussus desfiles y sus asesinatos de fuerzas paramilitares. Y con razón. Pregúntenle a Renee Nicole Good y a Alex Jeffrey Pretti. Pero tal vez, al menos en un nivel explicativo, merezca la pena llamarlo tecnocracia feudal. Un sistema donde usted no es un ciudadano, sino un suscriptor de un servicio de gobernanza. Y recuerde: si no le gustan los términos y condiciones de servicio de la nueva América v.2.0, siempre puede darse de baja. El problema, claro, es que nadie nos ha explicado todavía a dónde demonios se supone que podemos ir.