En Nueva York la gente vende libros en las aceras. Instalan pequeñas mesas de playa y levantan librerías improvisadas. Son libros leídos, gastados, con subrayados ajenos. Libros de bibliotecas personales. Si quien reunió su colección tuvo buen gusto, ahí se encuentran tesoros. Al bajar de la Universidad de Columbia me detuve en uno de esos puestos y compré tres: la biografía de Oppenheimer, una antigua edición de 'Beloved' de Toni Morrison y 'Thinking, Fast and Slow', de Daniel Kahneman, un libro del que tanto había oído hablar pero que nunca había leído.
Llego a casa y me pongo a leer el de Kahneman. El Premio Nobel de Economía distingue entre las decisiones intuitivas y las meditadas. Cuenta que descubrió algo esencial mientras corría por el campus: al correr no podía pensar en nada más. Su mente quedaba en blanco, concentrada únicamente en el acto de trotar. Y creo que esa es la forma en que vivimos ahora. Corremos –como individuos y como sociedades– sin tiempo para detenernos a pensar. Cada día trae una novedad, una alarma distinta. Lo de ayer caduca al instante. Es el scroll infinito: un vídeo tras otro, una noticia tras otra, y al final apenas sabemos qué hemos visto. Mañana vendrá otra tanda.
La política se ha contagiado de esa velocidad. El gobierno de Estados Unidos genera una, dos, tres noticias diarias, decisiones que parecen contradecirse, golpes de efecto. Los medios amplifican ese ritmo y vivimos con la sensación de que el mundo se acaba cada día. Leí hace poco que China planea invadir Taiwán en 2027 y que, por tanto, Estados Unidos deberá defenderla. ¿Desaparecerá el mundo dentro de un año exacto? Vivimos reaccionando, solo respondiendo. Como si solo existiera el presente inmediato; como si el pasado fuese maleable al gusto de cada cual y el futuro, un horizonte siempre incierto. No veo un pensamiento a largo plazo. Responder a cada amenaza está bien, pero se nos olvidó pensar en un porvenir en común.
Es legítimo que cada uno defienda sus posturas, incluso las más radicales. Susan Sontag recordaba que lo radical no es necesariamente destructivo: muchas mejoras sociales nacieron precisamente de quienes se atrevieron a ir a la raíz de los problemas sin miedo. Zohran Mamdani, el joven alcalde de Nueva York, socialista y musulmán, ha sabido conectar con parte de la ciudadanía gracias a un discurso claro, centrado en preocupaciones concretas –la vivienda, el precio de la cesta de la compra, el transporte público– y formulado con un lenguaje empático e inclusivo que ha logrado ilusionar a personas antes desplazadas de la vida política. Ha puesto sobre la mesa una idea sencilla y, en el fondo, exigente: que la igualdad no se construye borrando las diferencias, sino encontrando la manera de darles cabida en un proyecto compartido.
El peligro no está en la radicalidad, sino en la renuncia al diálogo, en convertir al adversario en alguien a quien se insulta o se deshumaniza, algo que vemos con demasiada frecuencia en la vida política. La deshumanización es siempre el primer paso hacia la justificación de la violencia. Los gobiernos invaden, bombardean; la paz se confunde con la victoria y no con el encuentro, con la escucha, con el respeto. El respeto a todas las personas.
Por eso quería pedir algo sencillo: futuro. Que los jóvenes lo puedan imaginar con ilusión y emoción
Por eso quería pedir algo sencillo: futuro. Que los jóvenes puedan imaginarlo con ilusión, emoción y optimismo. Mis padres nacieron tras una guerra y crecieron en dictadura. Poco a poco vieron que sus vidas mejoraban. Lucharon por la libertad y la consiguieron; lucharon por el euskera y se fortaleció; por la igualdad y por los derechos de quienes eran marginados o racializados. Pasaron de un tiempo oscuro a uno más luminoso. Tenían la sensación de avanzar, de que las cosas iban a mejor. Hoy ese sentimiento se ha detenido: no se ve con claridad por dónde continuar. Aunque hay mucho margen de mejora, derechos conculcados y un planeta con muchos achaques, se perdió el consenso sobre qué mejorar y cómo hacerlo.
Y, sin embargo, la vida se compone esencialmente de eso: de ilusiones, de pertenecer a una comunidad que te arropa y te pasa el testigo para avanzar hacia una sociedad más justa. No se puede vivir sin un horizonte de expectativas personales y colectivas. Y es precisamente ese horizonte el que estamos perdiendo. Sigo creyendo que toda sociedad necesita un punto hacia el que dirigirse, aunque sea mínimo: una idea compartida que permita orientarse en medio de tanto ruido.
Pienso en los tres libros que compré a la mujer del puesto. Dejo el de Kahneman y ojeo los otros dos. Oppenheimer murió devastado por haber contribuido a crear una bomba; Morrison, en cambio, escribió un libro que devolvió dignidad a vidas que habían sido borradas. Un artefacto que destruye frente a una obra que repara. Dos maneras de estar en el mundo. Yo sé bien cuál elijo.
Pensar en ti y en el otro, en las personas que manosearon y subrayaron estos libros y en quienes los leerán.
Parar para pensar.
Es lo que la intuición me pide.