Mutis (Los diablos rojos contra los ángeles blancos)

Enviado por maestresala el Jue, 06/11/2025 - 16:23

Perro ahogado de Goya​

 

Lo que mató a David Dyonisios fue la pieza necrológica que apareció al día siguiente de su muerte bajo la firma de Alfredo Venino. En lugar destacado del principal matutino el crítico pontificaba:

¿Quién, entre los que amamos el arte escénico tanto como nuestra vida,sería capaz de olvidar al súbitamente desaparecido? Nunca actor ninguno tuvo menos personalidad; jamás nadie que haya pisado las tablas se habrá encontrado en mejor disposición para representar al que no era que esa oquedad, que esa esponja, que ese hombre, que no era nada, que nada sentía, a quien, fuera de la escena, nada afectaba. Su pasmosa permeabilidad tenía los más sólidos fundamentos, a saber: ignorancia, insensilbilidad, apatía y memoría. ¿Quién, por tanto, entre los ...?

Después de haber reposado unas horas en el lujoso féretro en el que le habían tendido durante la madrugada, David Dyonisos se levantó no como resucitado (que así le habría parecido a cualquiera que se hubiese hallado presente en la cámara mortuoria), sino como el tarambana que ha pasado una noche algo intranquila. Dyonisos, al descubrir la parafernalia fúnebre que ocupaba aquel salón de su casa, pensó, con esa certera sensatez de la que sólo disfrutan los muy vacuos, que en los periódicos de la mañana encontraría alguna explicación al hecho de no haber dormido en su dormitorio. Sobre una mesa del vestíbulo estaban los periódicos y allí mismo comenzó a leer la necrológica que Venino le dedicaba, como cualquier mañana posterior a la noche de un estreno leía las críticas, aunque en aquel momento estaba maquillado por el maquillador de la empresa funeraria.

Apenas concluída la escena segunda del primer acto - narraba Alfredo Venino en uno  de los párrafos iniciales de su fúnebre oración - apareció en lo alto de la rampa del foro David Dyonisos y, conforme la bajaba, solemne y desenvuelto, cuando ya sus labios se movían para articular la primera fase de su papel, percibió, como puñalada mortal, el tumulto del pateo. Poco importa qué hizo estallar la ruidosa protesta del público, que sólo cabe impulsar a una de las múltiples necedades de que ya habían dado sobradas muestras autor y director en el tiempo transcurrido desde que se había alzado el telón. Lo decisivo fue - continuaba narrando Venino y, al leerlo, recordaba Dyonisos -  que Dyonisos cayó fulminado y rodó sobre las tablas, hasta quedar su cuerpo exánime y frenado por la concha del apuntador. Un silencio sobrecogido, con igual celeridad que la protesta.

David Dyonisos regresó al salón, sin dejar de leer la conmocionada prosa de Venino, encendió un cigarrillo en la llama de uno de los hachones que flanqueaban el ataúd y se sentó en el borde de la tarima, que lo sostenía y ensalzaba. Un incierto presentimiento le daba al cigarrillo ese sabor, inconfundible para todo fumador avezado, al último cigarrillo a pie de patíbulo.

...pues no era la primera vez (y una vez más sin culpa suya) que se encontraba en el ojo del ciclón del fracaso, igual que tantas otras noches se había encontrado (también sin mérito suyo) zarandeado por los huracanes del éxito. Y jamás esas eventualidades afectaron a nuestro actor, ser mortal, pero preservado de lo efímero por su naturaleza insustancial. En  consecuencia, sólo un intervalo de súbita lucidez pudo acabar con la vida de Dyonisos.

Mientras  fumaba, sentado en la tarima de su túmulo, David Dyonisos comprendió confusamente que Alfredo Venino, al que nunca había visto, había diagnósticado sin error la causa del paro cardiaco que la noche anterior le echó a rodar por el escenario. Unicamente se equivocaba el necrólogo en lo definitivo del accidente. Sin embargo, Dyonisos, impulsado por la sagacidad de Venino, forzó al límite los poderes de su memoría y, aunque descolorida y fragmentariamente, logró revivir aquella lucidez que, sin posibilidad de recitar su papel por el alboroto de los espectadores, le dominó en lo alto de la rampa del foro. Y decidió morir antes que seguir expuesto a experimentar de nuevo otro ataque de clarividencia.

Dyonisos regresó al ataud y llamó a la muerte con una persuasión sincera, no exenta de los recursos profesionales de quien tantas falsas muertes había vivido sobre el escenario. Nada más visitarle La Tramposa, ellos y nosotros nos precipitamos, pero llegó primero uno de esos gráciles mozalbetes - demasiado afectados, para mi gusto- del Coro número uno y el Querube nos birló aquella alma, que para poco les sirve, porque, además de tener atestadas las praderas elíseas, en el último siglo se ha puesto de moda entre actores de escasa mollera preferir la Gloria.

Siendo tan desconsiderados como diligentes, tan suyos, allí olvidó el Querubín el periódico y la colilla todavía humeante del cigarrillo de Dyonisos, descuido que pudo provocar el despido de algún empleado de la empresa funeraria, si no hubiese llegado yo a tiempo de poner en orden la cámara mortuoria. En esos menesteres de fregona me sorprendió Alfredo Venino.

Como Alfredo me vio bajo las apariencias de incitante actriz desconocida, llevo ya unos meses de meritoria en la antígua compañía de Dyonisos, llamándome Leonora y amancebada con el perspicaz crítico. Todo lo cual, sinceramente, a veces me gusta más y a veces menos que trabajar en el Servicio de Recogidas Urgentes como súcubo en expectativa de destino, situación en la que me tenían sancionado por alguna buena acción que debí de cometer en vida, cuando fui fontanero y me llamaba Nicolás.

 

Mucho cuento Juan García Hortelano

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