La Navidad era una fiesta que a mí me parecía que pasaba de puntillas por Jerusalén. El espíritu navideño, al menos durante los años que vivimos allí, solo se respiraba en el barrio cristiano de la Ciudad Vieja. Había también un imponente encendido del árbol de la YMCA de la parte occidental de Jerusalén, pero allí era posible encontrarse, como les ocurrió a Ane y Telmo una vez, cuando salían de la piscina con las prisas de quien sabe que tiene una cita con Papá Noel, una manifestación de judíos ultraortodoxos que protestaban contra los sucios simbolos cristianos.
Una de las ventajas de vivir en Jerusalén era que cada Navidad podía acercarme al complejo de la Sagrada Familia, en el barrio de Zeitún de Ciudad de Gaza. Me habría encantado llevar a los niños a vivir unas horas de la Navidad gazatí, pero no era posible gestionar permisos de este tipo en la Franja. En la Sagrada Familia, los cristianos de Gaza tenían iglesia, escuela y residencia para los sacerdotes y para las hermanas del Instituto de las Hermanas del Rosario. Era un oasis cercado por altos muros dentro de la zona antigua. Allí me recibió en 2021 con los brazos abiertos el padre Gabriel Romanelli, religioso de origen argentino del Instituto del Verbo Encarnado, que llevaba casi tres décadas en Oriente Medio y estaba al frente de la parroquia de la Sagrada Familia. Romanelli junto con el sacerdote egipcio Yusuf Asad y su compatriota Jorge Hernández, un treintañero con experiencia como misionero en Túnez, Jordania y Egipto.
Cada año, se planteaba la cuestión de si Israel concedería o no los permisos de salida a los miembros de la comunidad cristiana en Gaza para que pudieran viajar a Belén enl Cisjordania, a unos ochenta kilometros de la paroquia, donde se hallaba el epicentro de la fiesta. La llegada de estos permisos era clave para una comunidad que soñaba con poder salir. Lo ansiaban sobre todo los más jóvenes, ya que el matrimonio se había convertido en misión imposible para ellos y la falta de permisos de salida era un castigo colectivo para una minoría asfixiada por la restricción de movimientos, con familias partidas y jóvenes obligados a emigrar a Egipto para intentar buscar pareja cristiana y casarse como la Iglesia manda.
—Las cosas han cambiado mucho desde que empezaron las operaciones militares a gran escala — me contó Elias Al Yelda, un lider sindical local que vivía junto a su mujer y tres vástagos muy cerca de la playa y que estaba preocupado por el futuro de su hija que acababa de cumplir quince años—. Los isralies han endurecido su política y no dejan viajar a los menores de treinta años a Ciscjordania. Cada vez es más complicado encontrar pareja en la Franja, por lo que algunas familias optan por casar a sus hijas con cristianos de Egipto y así pueden emigrar. Organizamos fiestas para los jóvenes, usan las redes sociales... Pero no es suficiente y cada vez somos menos. Por otro lado, ha crecido la presencia de salafistas y nos sentimos cada vez más amenazados.
Históricamente los cristinos de Gaza estaban conectados con Jaffa, Lod y Ramleh, en Israel, pero la mayoría acabaron expulsados durante la Nakba. También había muchos cristianos de Gaza casados con cristianos de Jerusalén, y de Ramala y Beit Sanour, en Cisjordania, pero esos emparejamientos resultaban cada vez más complicados debido a las restricciones israelíes. Se podía decir que había más cristianos gazatíes en Jordania que en Gaza.
La presión dentro y fuera de la verja de separación habían empujado a la mayoría de los cristianos a emigrar, y su número se había reducido de unos 3.500 en 2006 a poco más de mil en 2021. La mayoría eran ortodoxos griegos, pero entre ellos había también 134 católicos y algunos protestantes congregados alrededor del Hospital Al-Ahli, fundado a finales del siglo XIX por misioneros anglicanos y gestionado durante varias décadas por baptistas estadounidenses.
—Es curioso porque entre los denominados latinos [católicos] somos 14 religiosos y 120 laicos, un porcentaje de religiosos en relación mayor incluso que en el Vaticano— bromeó el padre Romanelli, que medía siempre sus palabras ante los reporteros para evitar problemas—. La vida no es imposible, pero es muy difícil y, si las cosas no cambian, entonces sí será imposible. Cuanto más tiempo pase todo irá peor. No se puede tener a dos millones de personas encerradas. El pueblo palestino tamibién tiene derecho a existir.
Las celebraciones de cada domingo eran una gran fiesta a la que no faltaba nadie, una cita a la que no faltaba nadie, una cita a la que acudían todos con las mejores galas. Cada comunidad tenía su iglesia y había tres escuelas cristianas a la que acudían también buéena parte de los descendientes de las familias de la élite de Gaza.Los ortodoxos contaban con San Portifrio y los católicos con la parroquia de la Sagrada Familia.
Tocado con su kufiya blanca y negra, el padre Hernández aseguró que sus relaciones a nivel institucional con Hamás eran buenas porque siempre tienen la puerta abierta para el diálogo. El problema llegaba a pie de calle ya que muchos imanes en las mezquitas insultan a los cristianos cada viernes y eso va dejando poso entre la gente. La gama de fundamentalismos, a todo esto, se había ido ampliando y los de Hamá no son los más duros. En el edificio más próximo a la parroquia de la Sagrada Familia habían izado la bandera verde de Hamás y había mezquitas en los cuatro costados, así que tenemos muy claras las cinco oraciones diarias, señalaba el padre Hernández, quien alertaba de la existencia de casos de conversios debido a la fuerte presión social. No le cabía ninguna duda de que ellos allí sufrían por partida doble, por cristianos y por palestinos.
Gaza es una ciudad que aparece con frecuencia en el Antiguo Testamento, en diferentes episodios relacionados con el conflicto permanente entre los filisteos y las tribus israelíes. Uno de ellos el de Sansón, el elegido para liberar Israel de las manos de sus enemigos. Según el relato biblíco, la madre de Sansón era estéril, pero un ángel se le apareció y le dijo que tendría un hijo al que no debía cortarle nunca el pelo. Sansón, gracias a su enorme fuerza, retaría y humillaría a los filisteos en numerosas ocasiones y sería durante veinte años el caudillo de Israel. Su perdición fue enamorarse de una joven llamada Dalila, a sueldo de sus enemigos, a la que confesó que su fuerza residía en su cabello, y que le traicionó cortándole el pelo en plena noche. Los filisteos lo capturaron, le sacaron los ojos y lo encerraron en un calabozo de Gaza, pero a Sansón pronto volvió a crecerle el pelo y recuperó su fuerza sobrehumana, los jefes que utilizó para derribar un templo con todos los jefes de los filisteos y él mismo dentro. Su tumba se halla a apenas cien metros de la parroquia de la Sagrada Familia.
Otro de los relatos bíblicos vinculados a Gazalo protagoniza David. que, antes de convertirse en rey de Israel, derrotó en un cara a cara al gigante filisteo Goliat en las inmediaciones de la actual Franja; fue el principio de una era de supremacía israelí en la que, por primera vez, Jerusalén se convirtió en el gran centro de poder. Gaza reaparece en el Nuevo Testamento, en concreto en el Evangelio de Mateo, como punto de paso de la Sagrada Familia en su huida a Egipto, después de que el rey Herodes ordenara matar a todos los varones de Belén de menos de dos años.
Tres siglos después de aquello nació en Gaza san Hilarión, considerado el santo de la abstinenciay del ayuno perpetuo, Este monje, porcedente de una familia acomodad y pagana de la ciudad fundó la primera comunidad de eremitas de Palestina. Su monasterio llegó a ser un de los más grandes de una región que en esos tiempos producía y exportaba vino (el llamado vinum Gazetum) más allá del Mediterráneo. Según el arqueobotánico israelí Daniel Fuks, de la Universidad Bar Ilán, era un vino blanco dulce de lujo, elogiado por los poetas mencionado en los relatos de los viajeros. Se envasaba en tinajas de cerámica, cuya forma larga y delgada las hacía apropiadas para el transporte en camello y barco, y de las que se han hallado restos en lugares tan lejanos como Gran Bretaña, Alemania y Yemen. Un testimonio del amplio atractivo de los caldos gazatíes que algunos cristiano del presente recuerdan con orgullo para mostrar la profundidad de sus raíces.
En el siglo XXI, poder seguir los pasos de Sansón y superar la verja levantada por Israel en torno a Gaza es un sueño para la inmensa mayoría de sus dos millones de habitantes, un sueño que cada Navidad apenas pueden cumplir quinientos cristianos por un período de tres semanas. Casi tan onírico como saborear una buena copa de vinum Gazetum bajo el control de Hamás.
Historias de Gaza Mikel Ayestarán
Menú de Gaza