Elogio (comedido) de la ficción

Enviado por maestresala el Dom, 13/07/2025 - 00:32

Libros

 

De las sucesivas comparaciones entre textos de los denominados de ficción (novelas y relatos) y no-ficción (reportajes, filosofía, historía, sociología, auto/biografías) han resaltado más las semejanzas estructurales e intencionales de los segundos respecto de los primeros que las diferencias.

Ante esta constatación, quienes embridan los diversos tipos de textos reaccionan defendiendo, según una lógica propia, sus producciones sin que, por lo general, se permitan evaluar con el necesario sosiego las ventajas e inconvenientes de lo que escriben.

Mayormente son quienes escriben textos de no-ficción quienes se revuelven muy contrariados cuando se les muestra las similitudes estructurales e intencionales con respecto a los textos calificados como ficciones.

Así, y en primer lugar, y acaso en un lugar aparte, hay un tipo de autores, los teólogos, los teólogos conscientes o incoscientes que nutren las religiones tradicionales o las más modernas religiones civiles, que no solo abominan de toda interpretación de los textos verdaderos que han recibido, sino que, amparados en un autor máximo, frecuentemente una deidad (o, en las religiones civiles, un padre fundador endiosado), condenan cualquier intepretación ajena a la suya como herética y digna de ser combatida (y , como es conocido, no solo con palabras).

Por otro lado, quienes se dedican a la filosofía, sobre todo los creadores de grandes sistemas consideran que no se premió su gran esfuerzo por delimitar el territorio del logos racional más allá del mithos, y su autoestima, también profesional, se viene abajo con este tipo de constataciones.

Por último, se sitúan los cientificos, físicos y sociales que, al incorporar datos empíricos en sus textos, denuncian el establecimiento de comparaciones con el mundo de la ficción como una regresión hacia lo irracional y lo acientífico, cuando lo cierto es que en algunos casos como, por ejemplo, en el de la Sociología, sus practicantes debieron en sus inicios luchar con firmeza para que sus obras no fueran confinadas a un limbo para-literario (Lepenies, 1994).

Asimismo, no es infrecuente escuchar  a quienes ostentan la autoría de novelas o relatos la auto-atribución de cualidades didácticas que, por ejemplo, en palabras de Marío Vargas Llosa (1975) referidas a Flaubert y a su Madame Bovary, permitirían conocer mejor a través de las obras de ficción que por medio de los textos de la Historia.

Probablemente todos tengan razón, en el sentido de que todos tengan su parte de razón, pero es posible comprender que aceptar las similitudes estructurales e intencionales entre los textos de ficción y de no-ficción, ayuda a dilucidar el fondo de la cuestión que es, ni más ni menos, la verdad de las cosas. Y la verdad de las cosas, salvo que se disponga de un guardaespaldas metafísico como el dios judeo- cristiano o un equivalente lógico-científico, se dilucida entre palabras, entre las palabras de los humanos.

Así que, de entrada, comprender que, hasta el texto más científico, sea en el ámbito físico o social, puede operar como una buena narración o que la pretensión de llegar a la verdad por medio de una novela se articula en un supuesto de verdad no discutido y situado más allá de la ficción, significa acentuar el sentido crítico frente a todos los textos, cualesquiera que sea su naturaleza.

Además, descurbrir las semejanzas estructurales entre textos de diferente condición ayuda a desarrollar lo que Paul Valéry denominaba la sensibilidad formal,  y permite detectar maneras de decir - dispositivos retóricos estudiados desde la antigüedad (Lausberg,1976)- que van más allá de los contenidos y que apuntan a intenciones semejantes por mucho que pretendan ser muy diferentes.

En tal tesitura, no se trataría, pues, de hacer un elogio banal de la ficción ni una apología pírrica de la no-ficción, sino que más bien se apuntaría la conveniencia de aprovechar en un sentido crítico esta distinción surgida en el mercado literario para hacerse una idea de las posibilidades reales de configuración de verdades que sabemos ya temporales y aleatorias, pactadas al fin entre todos y todas, más o menos conscientemente.

Pero, en cualquier caso, escribiendo novelas o relatos, Historia o Sociología, una biografía o un dietario ¿dónde queda la figura de quien escribe? ¿Por qué escribe? ¿Y para quién o para quiénes se entretiene tanto, repasando y volveindo a repasar lo escrito?

 

El hilo de Ariadna de Vicente Huici Urmeneta

 

 

 

 

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